Héctor Lavoe y sus noches enloquecidas en Cali

La rumba de heroína y coca desde su primera Feria en 1977 por poco acaban con el salsero puertorriqueño que volvió a Cali su ciudad, hasta para buscar rehabilitarse

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diciembre 28, 2018
Héctor Lavoe y sus noches enloquecidas en Cali

La estrella de la salsa Héctor Lavoe se estrenó en Cali en la Feria de 1977. Se presentó solo en el Coliseo Evangelista Mora, colmado de gente. Allí estaba entre el público uno de sus ídolos, Andrés Caicedo, entonces un jovencito de aire Lewisiano que acababa de terminar Qué viva la música, una novela que se transformaría en una biblia para los salseros colombianos. Al jovencito escritor le quedarían tres meses de vida, al cantante 17 años críticos, 17 años en donde entregaría lo peor y lo mejor de su condición humana.

En Cali tocó sin contratiempos en esa feria también en las Vallas. A Héctor el fervor de la ciudad lo hizo repetir. Cali ya era la Capital Mundial de la Salsa. Fueron esa noche al Evangelista Mora siete mil personas. Hubo sobrecupo. Héctor tenía 31 años, 12 discos y una adicción a la heroína que terminaría destruyéndolo en la plenitud de su vida. El público esperó pacientemente. El rey de la puntualidad otra vez llegaba tarde. El concierto estaba pactado para las nueve de la noche y arrancó a la una de la mañana.

Tenía en sus manos unas maracas y estaba vestido con una chaqueta verde. Estaba en el mejor momento de su carrera. La maldición que le había roto la voz un año antes se la quitó con una contra: songorocosongo, cosas de santeros. Tocó tres horas y se dejó llevar por un fervor que nunca había encontrado en otro lado. Ni en Puertorro lo querían tanto. Ese día estuvo lúcido así hubiera desocupado entre canción y canción tres botellas de aguardiente Blanco del Valle.

Héctor Lavoe repitió dosis caleña en 1979. Esta vez tocó en el Hotel Petecuy y en Juan Pachanga en las casetas a la orilla del rio Cauca, prendió la fiesta en Juanchito, en el corregimiento de Candelaria que vivió, gracias al Cantante de los Cantantes, los mejores carnavales de su vida. En ese año su problema con las drogas aumentaba. En el Petacuy sólo quería cantar dos canciones. Estaba embalado y, cuando Lavoe se metía los pases, se le salían a flote los demonios.

En 1980 Lavoe regresaría con La Fania en tal vez el concierto de salsa más recordado en la historia de la ciudad. Para que Lavoe pudiera cantar lo metieron en una heladera. Lavoe, igual, lo pudo hacer sin problemas.

Su fervor por Cali se completaría en 1983 cuando se trasladó a vivir a la ciudad que lo enloqueció. Permaneció tres meses y, tal y como relata el escritor Umberto Valverde vivía más de noche que de día. Las puertas de Juan Pachanga en Juanchito estaban abiertas para que fuera a cantar cuando a él se le diera la real gana. Héctor se quedó en la casa del empresario Larry Landa y a veces se turnaba en la de Alfredo de la Fe en donde espantaba a los invitados haciendo demostraciones de cómo era que se chutaba un gramo de perica en las venas.

Héctor, en sus borracheras interminables, cantó en la plaza central de Santander de Quilichao en donde fue lanzado a la alcaldía por sus acompañantes. Lavoe sólo fue a Cali porque Larry Landa lo convenció de que se rehabilitara en la ciudad. No era el lugar idóneo. Sobre todo en diciembre en donde todos los bailadores se ponen las pistas de ruana. En Cali los dioses no tienen descanso

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