"Hay que dejar que los pobres se maten entre ellos"

"Está claro que así se define la psicología del colombiano. Aprendimos a situarnos en los extremos para sobrevivir. Y esa actitud no solo es patrocinada, sino estimulada"

Por: Luis Miguel Ariza
marzo 04, 2020
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Foto: Amnistía Internacional

No es reciente la batalla en redes de colombianos pobres contra otros colombianos pobres, los unos defendiendo al gobierno de tendencia extremista ultraderecha y los otros defendiendo a opositores, posibles extremistas de tendencia ultraizquierdista.

Lo bueno, o lo malo, según la necesidad de la psiquis del colombiano, es que tendemos a olvidar con facilidad, especialmente si lo que hay que olvidar afecta las emociones. Esta es una de las razones por las que cada escándalo que se destapa en alguna entidad gubernamental o no gubernamental, al poco tiempo deja de tener interés, y la tendencia es pasar la página casi en una especie de saturación o fastidio, ejemplo reciente, Odebrecht. Ya casi nadie le para bolas a lo que encierra y la actitud es de “no me importa o no me afecta”, a pesar que está intacto el delito y sus posibles culpables.

Aunque la historia de Colombia es la misma desde poco después de la tal liberación de la corona española, olvidamos con facilidad y parece que estamos inventándola a cada rato.

Desde entonces nos han dividido en extremos. Matábamos porque eran liberales, matábamos porque eran conservadores. No había opciones intermedias. La tendencia no ha variado hace más de dos siglos.

El mejor retrato lo hace Eduardo Caballero Calderón en su novela “Siervo sin tierra”. Para los que nunca la leyeron, Siervo Joya es un campesino pobre y analfabeta que regresa a la calle después de haber cumplido con el “honor de servir a la patria”. En tales días, los gamonales y terratenientes despojaban de los predios a sus legítimos dueños en nombre del partido de turno, como ahora. Él se arrima al terrateniente del pueblo, quien le otorga en arriendo un pedazo de tierra improductivo y le cobra como si le hubiese arrendado toda la finca. En elecciones, los ánimos se caldean por lo mismo de ahora, liberales y conservadores. Siervo Joya, en un estado de ebriedad y salido de coraje porque los de la oposición a su patrón arman una trifulca en la cantina, asesina a uno de ellos. Es tomado preso y el patrón nunca intercede por él ante los tribunales, aunque le da muestras de solidaridad, luego es olvidado hasta que cumple la condena, como ahora.

Actualmente vivimos peores momentos en cuanto a las sensaciones. Se mata de un lado y la ley se porta como si nunca hubiese sucedido, se mata del otro y la ley sigue igual. El asunto es que olvidamos tan pronto aparece otro muerto o un posible escándalo.

Sin embargo, la impresión es como si todos los colombianos deseáramos asesinar a otro, al que no comulga con los ideales, al que es de otra religión, al que critica al patrón, al que no lo hace, al que se sospecha que piensa, al que no, en fin. Intolerancia es la palabra utilizada, pero hasta esta ha perdido sentido, sólo deseamos que otros se mueran, eso es todo.

Una explicación del término extremista es utilizado para describir acciones, ideologías, individuos, grupos, instituciones, agentes, partidos o movimientos políticos que se sitúan, bien a sí mismos o bien por quien los describe, muy alejados del centro político o del espacio social del consenso.

Está claro que define la psicología total del colombiano. Nos han enseñado a situarnos en los extremos para sobrevivir. Y esa actitud no solo es patrocinada, sino estimulada por los gamonales de turno, “que se maten entre ellos” es la consigna, como en aquel entonces.

Y no los estamos desilusionando, hay deseos homicidas en casi todas las publicaciones y respuestas que se ven en las redes sociales, odios, rencores, todos estimulados, al parecer, por un gobierno sin interés en el consenso, como lo dice la explicación.

El extremismo se nota hasta en lo religioso y solo falta la absolución legal como aquella que se vive en ciertos gobiernos de tendencia radical para que corra la sangre a nombre del dios que se sigue.

Todos los gobiernos extremistas saben dos cosas. Una, que están errados de cabo a rabo y la otra que si cejan en nombre de las leyes, estas se pueden revertir en su contra. Esa es la razón por la que insisten en persistir, muy a pesar de que saben que se pisa un hilo delgado susceptible de romperse al menor descuido, al cabo quienes se encargan de dar vida al término extremista son los que se matan. Nunca veremos a un gobernante asesinar personalmente a un opositor por muy extremistas que ambos sean. De eso se encargan los Siervos Joyas de la actualidad.

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