Hambre y humillación: venezolanos acorralados en Bogotá por la pandemia

Llegaron huyendo de la pobreza en el régimen de Maduro, pero ahora están peor, arrumados en cambuches por toda la ciudad viviendo de limosnas a la espera de poder retornar como sea

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julio 13, 2020
Hambre y humillación: venezolanos acorralados en Bogotá por la pandemia
Foto: Leonel Cordero.

Yacarí López, su esposo, Darwin De la Rans; y sus tres hijos, de 12, 14 y 17 años, caminaron por más de 10 horas desde Bosa Porvenir, sur de Bogotá, hasta llegar al improvisado campamento de venezolanos que piden ayuda para abandonar el país, levantado desde hace más de un mes en el separador de la Autopista Norte, frente a la Terminal Salitre del Norte.

Llegaron cansados, con hambre, sin un solo peso en el bolsillo y sin saber dónde o cómo pasarían la noche. Cinco bolsas negras para la basura y unos plásticos que les regalaron son el techo y las paredes de su hogar desde ese momento, hace 39 días.

En el campamento hay unas 350 personas, 98 de ellos son niños. Con intervención de la Alcaldía hace tres días fueron trasladados desde la amplia zona verde que está entre los carriles norte y sur de la autopista hasta el interior de la terminal de buses.

Yacarí López llegó a Colombia junto con su familia en 2018. Foto: Leonel Cordero.

La pobreza es notoria. Parece un pequeño barrio de invasión que en vez de casas de madera y latón está formado de carpas apiñadas.

La tristeza y desesperanza están dibujadas en los rostros de los más grandes. Los niños corren y juegan en lo que podría llamarse el gran patio comunal. Unos distraen el caminar del reloj jugando cartas, parqués, dominó; otros lo hacen hablando en corrillos y contando historias. Otros solo esperan bajo sus carpas o plásticos que llegue la hora en que les digan que su viaje humanitario y gratuito es una realidad.

Los adultos tienen en común un paso fracasado por Colombia, país al que llegaron con el sueño -no cumplido- de tener mejor calidad de vida. Huyeron de la crisis social y económica en la que está Venezuela con el gobierno chavista de Nicolás Maduro.

Samuel Serrada, de 80 años espera junto a su esposa y sus nietos el  bus que los acerque un poco más a su casa, en Carabobo Venezuala.  Foto: Leonel Cordero.

Hoy son más pobres de lo que llegaron. Están la calle, abandonados a su suerte y comiendo de la caridad de algunos bogotanos y fundaciones que se han conmovido con su situación. La Alcaldía de Bogotá y otras entidades oficiales también han ayudado.

Ruegan llegar a su país donde dicen al menos tener familia que les extienda la mano para levantarse de nuevo. Algunos terminarán su viaje en casa de sus padres o hermanos y otros en casas propias que dejaron al cuidado de familiares o amigos.

El campamento fue la primera y última opción que Yacarí y Darwin tuvieron para pasar la noche junto a sus hijos, luego de ser echados del pequeño apartamento que tenían en arriendo en la localidad de Bosa. No pudieron seguir pagando una mensualidad más. Es una historia que se repite carpa a carpa.

350 personas viven en este campamento desde hace más de un mes. Foto: Leonel Cordero.

Uno de los primeros en instalarse frente a la Terminal del Norte fue Cecilio Zárraga, un hombre de 30 años que a mediados del mes de mayo echaron a la calle -también- por no pagar el arriendo. Vivía en el barrio Moralba, sur oriente de la capital colombiana.

Al dueño de la casa no le importó que Cecilio se hubiera quedado sin trabajo. Tampoco le importó los difíciles días que se están viviendo por cuenta de la pandemia desatada por el Covid-19; así como tampoco que Cecilio y su esposa tuvieran un bebé de tan solo cinco meses de nacido.

Cecilio llegó a Colombia en septiembre de 2018. Al cruzar la frontera, en Cúcuta, se montó en un bus y al siguiente día ya estaba en Bogotá. Contó con suerte y a la semana estaba trabajando en una empresa como operario. Creyó lograr estabilidad y le dijo a su esposa que migrara. Tiempo después su condición de indocumentado –como está, según datos oficiales, el 56% de los venezolanos que ha ingresado al país– le pasó factura. Lo despidieron.

Cecilio Zárraga fue uno de los primero en llegar al campamento, es uno de los líderes. Foto: Leonel Cordero.

Encontró trabajo como montallantero. No ganaba mucho. A veces completaba los 800 mil pesos mensuales. Con lo aportado por su esposa, una cantidad similar, pagaban 500 mil pesos de arriendo, servicios y les quedaba dinero para comer. Para nada más alcazaba.

La situación se empezó a apretar, pero al menos estaban en un país en el que no había escasez de comida ni medicinas y en el que el dinero ganado, así fuera poco, alcanzaba para cubrir lo necesario. En Venezuela el salario mínimo está 150 mil bolívares, –unos 30 mil pesos colombianos– con lo que se puede comprar un kilo de carne, uno de cebolla, uno de tomate, uno de arroz y uno de masa para hacer arepas.

La crisis pandémica los golpeó aún más. Cecilio, convertido en uno de los líderes del campamento, perdió el trabajo y su esposa, estrenada como madre, tampoco tenía cómo aportar ingresos.

En el campamento hay 98 menores de edad y 130 mujeres. Foto: Leonel Cordero.

Las historias de Cecilio y Yacarí se repiten como una fotocopia. De los casi dos millones de Venezolanos que han ingresado a Colombia desde 2015, tras la crisis económica y social desatada por el Covid-19, unos 40 mil se han devuelto para su país, según datos de Migración Colombia y el ministerio del Interior.

El 29 de mayo Cecilio se acercó a la Autopista Norte con un par de maletas y sin saber qué hacer. Decenas de familias de venezolanos fueron llegando poco a poco. Con el sonar de su estadía en las redes sociales las ayudas aparecieron. También aparecieron más y más venezolanos que veían en este lugar una opción de pasar noches, al menos un poco más seguras, pero sobre todo un espacio donde calmar el hambre propia y la de sus hijos.

Personas de buen corazón y fundaciones hacían la caridad. Hasta hace tres días, cuando estaban en la calle, frente a la terminal, les llevaban desayuno, almuerzo y cena. Allá les donaron las carpas en las que habitan, que los últimos en llegar, como la familia de Yacarí y Darwin, no alcanzaron a recibir.

Desde que están en la Terminal del Norte, niños y adultos solo reciben una comida al día. Foto: Leonel Cordero.

Aunque dentro de la terminal cuentan con baños, duchas, la seguridad privada de las instalaciones y sus carpas están sobre el pavimento y no en la zona verde, que es más fría y húmeda, el bienestar alimentario de los venezolanos atrapados en Colombia ha desmejorado.

Afuera les llegaba las tres comidas diarias y hasta más. Dentro de la terminal solo les han dado almuerzo. Hace tres días no reciben desayuno y muy pocas veces cenan, a veces en horas de la tarde les dan un pequeño refrigerio que es llevado por ONG´s autorizadas.

María Alejandra, madre de dos niños de 3 y 2 años, dice, con el rostro agachado, que sus hijos, así como los de otros, lloran de hambre y que a veces no tiene que darles de comer. Cuenta también, y coincide con otras voces, que el frío bogotano en este sector de la ciudad -que parte de la sabana- hiela los huesos y poco deja dormir, mucho menos cuando la lluvia acompaña las negras noches.

La Alcaldía de Bogotá, ONG´s y personas naturales están uniendo fuerzas para pagar los pasajes de los 350 venezolanos.

-Esto es muy berraco- dice mientras cuenta que -también- perdió su trabajo como mesera en una panadería, que fue echada de la pieza en la que vivía en Fontibón, y que no halla la hora de tocar el suelo de su país, para sentirse un poquito mejor.

Entidades sin ánimo de lucro y algunas empresas privadas están interesadas en ayudar económicamente para pagar el viaje de los 350 venezolanos. Integración Social, de la Alcaldía de Bogotá, y Migración Colombia están organizando el retorno de los venezolanos, que se podría dar en los próximos días. Serán llevados hasta el puente fronterizo Simón Bolívar.

Al romperse el sueño colombiano y sus expectativas quedar en el suelo, solo quieren llegar a sus casas y darle la vuelta a la página. Muchos de ellos dicen que recordarán su paso por este país como una decisión mal tomada o una anécdota no tan grata. Estaban seguros que su paso por Colombia sería diferente.

"Solo queremos llegar a nuestras casas. Es muy difícil poner la mano en una tierra que no es la propia", Martha Cáceres. Foto: Leonel Cordero.

Vivir en la calle, poner la mano para alimentarse y devolverse a su casa sin dinero no era parte del plan. Coinciden en que prefieren soportar la actual y difícil situación de su país que aguantar hambre y humillaciones en una tierra extraña donde aparte de sentirse derrotados sienten el miedo de la soledad.

 

 

 

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