¿Hacia la boca del lobo?

Con las condiciones actuales de Latinoamérica nuestros pueblos son el escenario perfecto para que las potencias diriman sus intereses bélicos, económicos y estratégicos

Por: Jorge Ramírez Aljure
septiembre 18, 2018
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¿Hacia la boca del lobo?
Foto: Pixabay

La endémica incapacidad de las élites y la eterna dependencia política y económica que de allí se desprende podría llevar a los pueblos latinoamericanos —particularmente a Colombia y su entorno— a una conflagración bélica inimaginable, sin que los múltiples ejemplos de dolor, con lujo de detalles sombríos, que nos ha enseñado la historia de antes y ahora hayan valido de nada.

Si bien es cierto que la situación de sometimiento para nuestro caso se ha ejercido en un aislamiento relativo del resto del mundo, en el que solo nos ha preocupado el perenne subdesarrollo y la pobreza por este generada, aunada a la pérdida de recursos naturales estratégicos, poco nos ha servido de lección la tragedia humana reciente ocurrida ante nuestros ojos en los pueblos de África y el Medio Oriente.

Estas son naciones que por su ubicación geográfica, cercana a los países que lograron el desarrollo económico, debieron soportar su intervención temprana, sufriendo además del colonialismo, la explotación y exacción previas al capitalismo, la interminable guerra posterior que aquellas como grandes potencias militares y nucleares han desatado en sus juegos de poder estratégicos sobre sus inermes pueblos.

Pero como no hay fecha que no se cumpla con sus peores presagios para quienes permanecen al margen de cualquier responsabilidad histórica, ahora toda esa macabra condición, casi invencible para esos pueblos castigados que hemos tenido de ejemplo, amenaza con sumirnos en unas circunstancias semejantes o peores de descripción inconcebible.

La penosa refrendación por parte del señor Luis Almagro, secretario general de la OEA, hecha precisamente en los límites fronterizos entre Colombia y Venezuela, de que no se descarta una intervención militar en Venezuela para librarla de la dictadura de Maduro, confirma apenas la tendencia a la intimidación armada que ha marcado nuestra relación con el país hermano desde el mandato de Álvaro Uribe, de la mano del no menos abominable expresidente gringo George W. Bush.

Solo que aquella vez la diatriba guerrerista no se dirigía contra un país quebrado y políticamente incorrecto sino contra un gobierno bolivariano, por entonces triunfante y popular, que había decidido comprometer con su petróleo a buena parte de Latinoamérica en un proceso de soberanía respecto de las directrices gringas propagadas desde la misma OEA, desde donde se les han asestado a nuestras aisladas veleidades libertarias los más grandes golpes y hoy se nos invita a la violencia abierta entre hermanos.

Conflagración que los pueblos deben saber no se limitará a la intervención militar desproporcionada y rápida de los Estados Unidos —previa difusión consensuada por medios y gobiernos cautivos del hemisferio de las bondades de la intervención— sobre el país condenado, que en pocos minutos pasará, una vez asesinados o presos a rayas sus protagonistas, de ser un bastión del terrorismo y el narcotráfico a una democracia plena.

Dadas las condiciones actuales de la región se convertirían a nuestros infelices pueblos en escenario perfecto donde los intereses bélicos y económicos de Estados Unidos, China, Rusia y la Unión Europea diriman sus intereses estratégicos y experimenten en una masacre lenta e infernal sus últimas tecnologías de muerte y disuasión sobre nuestras cabezas impotentes, superando en mucho el horror extremo de que han sido víctimas países como Irak, Libia y Siria, del que hemos sido testigos informados por televisión y prensa.

Ante los preámbulos de tiempos aciagos e inmerecidos para los pueblos latinoamericanos solo caben los llamados a quienes nos tengamos que quedar a sufrirlos —clases medias, jóvenes y trabajadores con sus hijos, niños y hermanos— a detenerlos con la presencia categórica de una sociedad civil que deberá reemplazar, en la última hora, a quienes la lideraron y representaron malamente, y rechazar cualquier posibilidad de que la demencia del poder del fuego y del dinero de las superpotencias, jueguen con la sangre, el dolor y la angustia de nuestras gentes, una de sus postreras partidas.

El establecimiento siempre cínico y siempre incompetente dirá que son sacrificios normales en la defensa de la libertad y la democracia, y que su problematización solo constituye la entrada de todo el hemisferio a una confrontación posmodernista novedosa, advenimiento que en su complejidad no les era extraño a nuestros grandes conductores, pues Uribe lo previó a tiempo con sus alevosas actuaciones diplomáticas y el nobel Santos no se quedó atrás, pues nos vinculó también a tiempo, así fuera por la puerta de la cocina, a la OTAN como demostración de su precaución y sabiduría por lo que veía venir. Genialidades de estadistas por las que les quedaremos debiendo.

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