Opinión

Guerrillerización y paramilitarización perviven

Esos grandes flagelos sobreviven entre los grandes temas de campaña con que atizan los jefes sin grandeza la chimenea de las dificultades que enfrentará el próximo gobierno

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marzo 09, 2018
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Guerrillerización y paramilitarización perviven
25 municipios de la región caribe están asediados por bandas criminales y del narcotráfico interesadas en proteger, a sangre y fuego, sus actividades delictivas

Los tiempos en que la Costa Caribe colombiana era un remanso de paz desaparecieron. Ni en los días más sombríos de la violencia partidista se vieron, salvo en muy contados municipios de la región, abusos que perturbaran el sueño de la gente, mientras en zonas como el Quindío, el Tolima, Norte del Valle y Antioquia o Boyacá el orden público era una pesadilla para tirios y troyanos. El saldo de la violencia terrorista, a pesar de algunos avances conciliatorios entre el Estado y varios grupos insurgentes o contrainsurgentes, continúa pesando en detrimento de la seguridad.

Por desgracia, hay grupos y partidos peritos en predicar miedo para devengar votos y lograr, con ello, el deleite de aniquilar la voluntad de comunidades proclives a la abstención. El temor al petardismo político las paraliza y las erige en instrumentos de una trampa innoble, propia de apátridas hoscos que no toleran la diversidad y obligan, como decía Félix Grande (el gran poeta y periodista español), a la matemática y a la dialéctica, a encerrase en el desván de la historia. Como “todo vale”, todo es posible en el ofendido desconcierto de los mansos de nacimiento. No envidian la suerte del gajo desgranado de líderes comunales que mueren a diario.

No obstante, la intención de los grupos violentos con influencia en ciertas zonas va más allá de las trampas democrateras de baja ley, porque usan su capacidad de intimidación para obligar a los electores a votar, quiéranlo o no, por sus candidatos o por otros que ellos digan. Allí radica el peligro de jugar con la polarización, los extremos, los miedos, las mentiras y la sucesión de sorpresas desagradables. Después lloverán en torrente –entonces sería tarde– las voces enlutadas del remordimiento.

El atractivo que alcanzó la región caribe con el potencial electoral de sus ocho departamentos se ve, así, comprometido por los partidos y sus jefes en lugares de su territorio reacios a la lucha civilizada. Según el profesor Luis Trejos son 25 los municipios asediados por bandas criminales y del narcotráfico interesadas en proteger, a sangre y fuego, sus actividades delictivas, pues es su forma de impedir que la política les corte el chorro de las utilidades espurias. Es el gran reto de la cultura narco que se nos incrustó en la mentalidad nacional y en todas las capas sociales, y sin solución a la vista.

 

Bolívar, Córdoba y Cesar son los departamentos con mayor nivel de riesgo
por haber sufrido, indistintamente, guerrilla y paramilitarismo,
ante el vacío del Estado

 

Bolívar, Córdoba y Cesar son, de acuerdo con las conclusiones del profesor Trejos, los departamentos con mayor nivel de riesgo por haber sufrido, indistintamente, los flagelos de la guerrilla y el paramilitarismo ante el vacío del Estado. Aunque con algunas variables, mantienen su influjo malsano y es por eso por lo que, nunca como ahora, la política ha dado lo peor de sí en esta etapa de nuestra historia en que las pasiones de la sociedad civil pescan en el río revuelto de los reconcomios que la condicionan y determinan, con gravísimas secuelas.

Por mucho que la corrupción, la reducción de impuestos, el tamaño del gasto público y la sustitución de cultivos hayan poblado el panorama de las propuestas sensatas, la guerrillerización y la paramilitarización de la política perviven en la agenda de los temas de campaña, como si nos regresáramos de los partidos a las tribus. Con ese torneo de señuelos, válidos unos y malintencionados otros, atizan los jefes sin grandeza la chimenea de las dificultades que enfrentará el próximo gobierno, sea quien sea el presidente.

Tal como anda el orden público, los peores días del posconflicto están por venir. La gravedad de los problemas superará la saturación de las vanidades individuales y la dispersión de las preferencias electorales diluye el querer popular y lo alejará del sentido de unidad que urge una ciudadanía ansiosa de que, en nuestra democracia, el gobierno encauce y no desbarate el contenido de las instituciones. No hemos sabido arraigar en nuestra sociedad, ni en los giros positivos de su dinámica, un concepto racional del poder. Por lo mismo, evolucionamos en retroceso, desdeñando la energía que lo impulse como arte y como ciencia, ultrajando sus competencias yuxtaponiendo sus órganos en lugar de armonizarlos.

Pero bueno, como decía Voltaire, los errores históricos seducen a naciones enteras.

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