Grandes problemas para soluciones superiores

El pasar de los días nos repite que la situación económica de nuestro país está cada vez más comprometida, pues la caída de los índices económicos aumenta inexorablemente

Por: Jorge Ramírez Aljure
junio 19, 2020
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Grandes problemas para soluciones superiores
Foto: María Fernanda Padilla Quevedo

No importa si el dato lo da la Ocde, el Banco Mundial o uno de nuestros centros de pensamiento económico, todos están dedicados a alimentar variables de un sistema inamovible dentro del cual siempre seremos víctimas pasivas del capitalismo financiero internacional.

Y tan irrecusable es esta condena que de los mismos campos de donde impera el economicismo ha resurgido la idea —por lo demás de vieja data— de que una renta universal para los más pobres se hace necesaria. Y se adjuntan razones que a primera vista suenan justas, más cuando se encaminan a beneficiar a los que solo tienen su propia miseria y que después de la pandemia carecerían de cualquier oportunidad dentro del sistema.

En contra de apotegmas capitalistas criollos, como el de que no existe almuerzo gratis, la propuesta incluso ha tocado a las puertas del Alberto Carrasquilla sin que la hubiera rechazado de base, lo que indica que por lo menos su sugerencia no parece contrariar las reglas básicas del sistema neoliberal, de las que el ministro es fervoroso cancerbero, y que de llevarse a la práctica lo hace en su provecho y no para remplazarlo.

Un instrumento practicado en alguna proporción durante el imperio del sistema como forma de paliar, en ocasiones críticas, sus inequidades mayúsculas, y que hoy, ante la precarización económica y social a que ha llevado a millones y millones de seres humanos —agravada al máximo por el receso del coronavirus— a más de asegurar un consumo que ha venido de capa caída desde hace largo tiempo, parece forzoso como herramienta para conservar un orden social manejable en tiempos de dificultades imprevistas.

De ahí que permitir a muchos pobres y miserables —1.360 millones según el Banco Mundial— algún ingreso para que se acerquen al consumo y no alienten problemas humanos desestabilizadores mientras el hipercapitalismo financiero internacional profundiza sus procesos de monopolización por lo alto, no parece descabellado, y menos si aquella ayuda o regalo —como lo llamen— se adelanta con un sesgo demagógico en favor del mismo.

Pero qué pasará en los denominados países subdesarrollados que como tales no gozan de la infraestructura orgánica y suficiente para enfrentar la crisis por su cuenta. Y que para no frenarse en seco necesitan del comercio internacional que —deprimido el mercado de materias primas por largo tiempo— los obligará a endeudarse sin freno en el exterior para mantener alguna modernidad.

Y quién asumirá el costo —que no será pequeño— de la renta para los más pobres en países con problemas presupuestales insolubles, previendo que el capital financiero internacional no lo hará, pues no renunciará al proceso de acumulación y menos al agresivo de concentración de riqueza en que se encuentra.

Sin duda los estados nacionales encargados para entonces de cubrir los grandes faltantes que surgirán por medio de impuestos sobre los cada día más escasos miembros de las élites, clases altas, medias altas y medias acomodadas de cada país. Alguna de las cuales fue acusada finalmente por los propagandistas del libre mercado —dogma tras el que se encubre al más fuerte— de extractivistas y únicos culpables, cuando solo fueron socios menores, de las demasías y el estancamiento de estos pueblos.

La sana intervención del Estado, cuya bondad hoy se hace patente en la crisis de la salud mundial, se desdibujará en la nueva normalidad al asumir oficios poco gratos como el de feroz alcabalero, aunque su participación se hará cada día más imperiosa para salvar al hombre del caos económico y de la crisis climática inevitable que tenemos a la vista.

Pero no esperemos que lo haga desde el comienzo como sería lo sensato ni que nos garantice por ello la superación de un drama humano inédito, pues el hipercapitalismo como religión universal todavía es fuerte y no cejará en su empeño de ningunear su participación, hasta que aquella se haga incontrovertible, ojalá no demasiado tarde para la especie.

Una situación extrema la que enfrentamos, a menos que, a tiempo, quienes por un acaso adverso nos encaminamos a ella, logremos resucitar un Estado eficiente y sustituir el crecimiento económico contrahecho que han favorecido las élites políticas, y que no ha permitido mirar los recursos naturales extraordinarios, incluidos dos mares, con que cuenta el país, para con trabajo multiplicado de los colombianos producir el valor agregado suficiente que soporte un desarrollo económico autónomo y sostenible.

Un camino donde algunos de sus frutos cuentan, en este preciso momento, con demanda asegurada. Nuestros bosques —según los especialistas mundiales del ramo— son irremplazables para captar CO2 de la atmósfera que salve al planeta de la crisis climática. Y conseguir y producir comida siempre será esencial, más aún en un periodo de dificultades inimaginables para todo mundo.

Nos quedaría por delante lo que jamás hicimos por dedicarnos a lo que jamás nos haría competentes: estudiar y aprovechar la incomparable biodiversidad que nos rodea.

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