¿Doble rasero o doble moral?

¿Por qué lo ocurrido con el hermano de Marta Lucía es un drama familiar, pero lo sucedido con otras personas en situación similar es otra cosa?

Por: ROBERTO JOSÉ GUTIÉRREZ CASTAÑEDA
junio 19, 2020
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¿Doble rasero o doble moral?

En la última semana la prensa del país se ha dedicado a difundir el doloroso caso del hermano de la señora vicepresidenta y justificar su silencio durante los 23 años del insuceso.

Suceso que nosotros, como gente del montón, también lamentamos y entendemos. Pero algo va del ciudadano anodino, anónimo y sin ninguna connotación política y social (como quien les habla) a la una persona que representa la dignidad de la nación y su vocería ante los organismos internacionales. La hoja de vida y la actuación de los funcionarios, sobre todo los que han obtenido su cargo por el favor del electoral, no puede tener claro oscuros y medias verdades, porque como dice el adagio popular “la mujer del César no solo debe ser pulcra sino que debe aparentarlo” y su actuación debe además coincidir lo que predica.

La doctora Marta Lucía Ramírez durante su vida pública, especialmente en las épocas electorales, proclamó que candidato aspirante a representación popular no debía tener familiar relacionado con el narcotráfico y trató a los dedicados a esos menesteres como lacras sociales... típica actuación del maniqueista que está convencido de que lo que para otros es una mancha o un pecado capital, para él se convierte en una experiencia, un simple borrón o un leve desliz.

De lo anterior y de las posteriores explicaciones de la vice surgen las siguientes preguntas: de haberle dado a conocer a los presidentes Pastrana, Gaviria o Uribe su drama familiar, ¿hubiera sido nombrada ministra o embajadora en esos períodos o hubiera sido escogida como fórmula presidencial? Tal vez sí, dada la laxa conducta de sus congéneres cuando la falta la comete uno de ellos. Aunque, cuando menciona que su caso familiar lo dio a conocer a Pastrana y Uribe y no a Duque, ¿esto implica que no lo consideró, a Duque, tan importante para decírselo?

En fin, la manera en la que la dirigencia capitalina ha tratado este caso demuestra el doble rasero o la doble moral que ellos usan para calificar los delitos y comportamientos: lo hacen de acuerdo no solo al estrato social sino a los habitantes de la provincia. Para ellos no existe el delito de sangre ni el delito por nacimiento o domicilio, pero para el provinciano sí. Por ejemplo, si el convicto hubiera sido mi hermano, él sería un vil traficante que debió pagar su pena en la más horrible de las mazmorras; no hubiera sido un lamentable drama familiar, sino la tendencia al crimen de la familia.

Además, cuando la actuación de un guajiro tiene el más leve tinte de sospecha la prensa capitalina y los investigadores escudriñan el pasado y presente del indiciado para conocer el currículo de la familia, como vemos cada vez que un alcalde, gobernador o congresista de la guajira es sujeto de la más leve sospecha. Si queremos enterarnos de la historia familiar de uno cualquiera de los que son o se creen dirigentes solo debemos acusarlos ante los organismos de control. De verdad, el solo hecho de haber nacido o criado en La Guajira es motivo de anatema para el andino, en este caso sí existe el deleito de sangre y de territorialidad; si es guajiro o familiar de un guajiro que ha sido condenado de una se convierte en carne de cañón. Ahora bien, este mismo rasero discriminatorio se aplica cuando sin ser guajiro se pertenece al estrato 1 o 2, o se es negro, indio, etcétera.

Para la muestra, sobre la cabeza del ingeniero Wilmer González pende la espada de Damocles dizque por corrupción del elector, mientras otros personajes de la política disfrutan de sus credenciales, a pesar de las declaraciones en juzgados de los comerciantes electoreros que juran que compraron votos para ellos... A los indígenas caucanos que por tradición cultural siembran coca o a los campesinos que lo hacen por imperativo deber de subsistencia, el Estado los persigue, los maltrata, los despoja de su posesión, pero si es un embajador el implicado, lo libra de toda sospecha y lo convierte en víctima de la circunstancias. Si esto no es doble moral o doble rasero para juzgar habrá que acudir a los miembros de la Real Academia de la Lengua, a los más insignes maestros del derecho o a los semióticos para que definan este comportamiento para no caer en la tentación de llamarlos como en la sentencia bíblica: ¡fariseos!

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