Opinión

Grafiteros: los maestros invisibles

Al intervenir la ciudad, el grafitero sugiere una nueva agenda de conversación, de temas y personajes que considera importantes, o de cierta forma, descuidados por el debate público

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enero 26, 2020
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Grafiteros: los maestros invisibles
“El Abrazo”, obra ejecutada en San Salvador por los artistas Vertigo Grafiti, y los salvadoreños  Abraham Osorio, Darwin Flores y Zury One

Cuando el pensador Walter Benjamin reflexionaba sobre el personaje del coleccionista de arte parisino del siglo XIX, y en particular, destacaba su fetiche por la transformación de su espacio interior, con la acumulación emocional (¿inútil?)l de obras, lanzó una conclusión implacable: “habitar significa dejar huella”. Y aunque faltaban algunas décadas para que las paredes de París se llenaran de consignas y poemas, es inevitable -e imprescindible- considerar que las palabras de Benjamin podrían sobreponerse a la actual necesidad de entender al grafiti -y su dócil colega, el arte urbano- como herramientas alternativas (y primarias) de aprendizaje de los nuevos “habitares” que propone, sugiere -e incluso obliga- la ciudad contemporánea.

No obstante, para que el ejercicio de aprendizaje sea posible y no se estropee en los mismos lugares comunes de siempre: la religiosa ilegalidad, los gustos estéticos y los apetitos ideológicos, bastará amplificar el universo de comprensión del grafiti desde el (incómodo e inquietante) rayón hasta el (aplaudido y fotogénico) mural En efecto, la premisa deja de evaluar la materialidad de lo expresado y se traslada a un análisis mucho más panorámico: el gesto de intervenir la calle o el espacio público. Sea quién, dónde y cómo sea.  Por tal razón, en este texto utilizaré la palabra grafiti y grafiteros como sinónimos intactos e intercambiables de arte urbano y artista urbano.

Adicionalmente, se requiere ubicar al grafitero en una nueva dimensión: el maestro invisible (una figura mencionada con frecuencia por el profesor Antanas Mockus). Aunque su protagonismo no se reduce en la experiencia urbana, por supuesto, se transforma. En esa medida, la lección introductoria que -sin quererlo- nos brindan aquellos que intervienen la calle, es una demostración de cómo se puede (¿debe?) habitar la ciudad desde una perspectiva más comprometida, nerviosa y vivencial. La huella no es otra que una manifestación emocional y práctica sobre un entendimiento del espacio público como un lugar con un evidente -y urgente- potencial de transfiguración. La ciudad de todos es la ciudad que todos puedan transformar; tal y como esos juegos de niños donde las piezas eran el inicio de un ejercicio de creación que conllevaba a cierta y pasajera autoría: la ciudad es mía. La ciudad es nuestra.

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Se requiere ubicar al grafitero en una nueva dimensión: el maestro invisible (una figura mencionada con frecuencia por el profesor Antanas Mockus)

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Sin embargo, al observar con más detalle el ejercicio del grafitero se descubre -sin mayor esfuerzo- su verdadera sustancia pedagógica: la orgánica e inmediata capacidad para servir como moderador de diálogos sociales. En otras palabras, al intervenir la ciudad, el grafitero sugiere una nueva agenda de conversación de temas o, personajes que consideran importantes o también y de cierta forma descuidados por el debate público (casi siempre predecible y organizado exclusivamente por intereses económicos). En ese sentido, y de ahí la importancia protagónica en la renovación y replanteamiento de los diálogos sociales del grafiti; el grafitero propone y pone a disposición del público mensajes (que podrían bien llamarse detonantes) sobre su visión propia de lo que lo rodea (su experiencia emocional por antonomasia).

En consecuencia, el arte urbano se articula en el proceso de conformación de ciudadanía como un bálsamo para reducir la confrontación y la indiferencia ante el universo de lo público. La experiencia artística desde los maestros griegos fue considerada necesaria como ejercicio de reconocimiento: una ficción humana que nos enseña a través de la representación (el mundo imaginado) a situarnos en nuestras propias existencias. Llorar sin llorar.

Por lo tanto, si se crearan o dispusieran escenarios u oportunidades de aprendizaje (los reconocidos saldos pedagógicos de Mockus) donde la relación comunidad y grafitero se estrechara y se labrara a partir de la confianza, la interlocución y la ejecución colectiva (y los envejecidos pactos ciudadanos), es muy posible que la capacidad privada y colectiva de entender y explicar al otro (empatía), tenga otra alternativa para consolidarse. Por supuesto, dichas acciones no serían novedosas, y ya se han puesto en marcha con diversos resultados en Bogotá y el resto del país, lo que en cualquier caso ha permitido reconocer y confirmar la necesidad primaria de la sociedad contemporánea: hallar -por fin- a sus verdaderos y genuinos voceros. Pasar de la sospecha a la resignificación: grafiteros como maestros visibles. Unir desde la experiencia, como también decía Benjamin, a quien cuenta la historia con quien la escucha.

@CamiloFidel

 

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