Opinión

Gracias, Espíritu Santo…

Noticias de la otra orilla.

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junio 06, 2020
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Gracias, Espíritu Santo…

Cuando llegué a Barranquilla a finales de los años setenta, recuerdo que leyendo los periódicos de la ciudad observé, con alguna extrañeza, que muchas veces, en el rincón más insospechado de cualquiera de sus páginas, podía aparecer un aviso anónimo que simplemente decía: “Gracias Espíritu Santo por los favores recibidos”.

Eran montones casi todos los días, especialmente los viernes. Tal agradecimiento hallado así por así de forma lapidaria, en una presentación estrictamente tipográfica, sin ningún ademán de diseño  ni nada por el estilo, siempre se me antojó como una vaina rara. En muchas ocasiones llegué a pensar que era una forma de comunicación en clave de alguna secta religiosa.

Una lectura sin malicia nos decía que podría tratarse en efecto de una forma de agradecer públicamente, pero al mismo tiempo con discreción, sin hacer aspaviento del milagro ni de la identidad del agradecido, alguna de esas intervenciones milagrosas que por los días de Pentecostés puede obrar la divina providencia a través del Espíritu Santo.

Pero la aparición de tales mensajes de agradecimiento, a decir  verdad, no parecía estar ligada a ninguna coyuntura religiosa del calendario cristiano. Porque la ocurrencia de aquellos mensajes podía manifestarse cualquier día y en cualquier página, al parecer dependiendo de la capacidad de pago del anunciante y de la disponibilidad de las tarifas y las páginas disponibles en el periódico.

Hasta que intrigado preguntando aquí y allá empecé a recibir respuestas con diversas hipótesis:

la primera tenía que ver, en efecto, con gente devota de esa divinidad que hacía un esfuerzo pequeño o grande para dejar constancia anónima de una gratitud de la que no era posible imaginar siquiera a qué clase de favor obedecía. Misterio absoluto. La segunda, estaba relacionada con el agradecimiento que los traficantes de marihuana del Caribe colombiano, los “marimberos” de otrora, pagaban para agradecer a la misma divinidad el haberles concedido la gracia inconmensurable de haber “coronado” algún embarque. Y así, entonces, el tamaño del aviso dependía de la naturaleza y dimensiones del “corone”.   La tercera parecía una locura total, y combinaba las dos anteriores, es decir eran familiares de los titulares del embarque, de los acompañantes y miembros del equipo que hacían fuerzas para que el embarque llegara a buen puerto y no tuvieran ningún inconveniente personal.

Los anuncios podían tener dimensiones que estaban desde los tres centímetros por cinco hasta las dos columnas por diez centímetros o más… y el mensaje era tan elemental y conciso que parecía estar regido por alguna norma inflexible que no permitía ninguna variación de estilo. No recuerdo haber visto nunca un texto redactado de forma diferente. Hasta que dejaron de aparecer…

¿Por qué traigo esto ahora a colación? Pues porque a mediados del mes pasado, en razón de la fecha de mi cumpleaños recibí ese día una gran cantidad de mensajes de familiares, amigos y conocidos, especialmente en mi cuenta de Facebook, que rebasaron con creces lo que yo hubiera podido imaginar. Y, al día siguiente, con cierta socarronería y “mamadera de gallo” quise agradecer el buen gesto de tantas personas, pero eran demasiados y me resultaba imposible hacerlo individualmente. Quise entonces hacer un mensaje general que me sirviera para dejar constancia de mi complacencia y gratitud, y no se me ocurrió otra cosa que traer del recuerdo aquellos mensajes sospechosos que nunca supe al final qué era lo que querían decir y qué otra significación ocultaban. Y lo hice. Escribí ese 18 de mayo en mi muro el bendito mensaje: “Gracias Espíritu Santo por las felicitaciones recibidas”.

Y fue peor. O mejor. Hubo quienes no se habían enterado del motivo y aprovecharon para enviar sus mensajes atrasados; pero hubo otros, muchos, que seguramente imaginaron que en mi confinamiento por la pandemia,  a lo peor desesperado en mi soledad, triste quizá, quién sabe si enfermo, la estaba pasando muy mal y entonces había recibido aquellos mensajes de felicitación y plácemes como verdaderas lenguas de fuego del Espíritu Santo, y por eso mi gratitud.

Pues ese día siguiente recibí más mensaje que el día anterior, pero éstos tenían un énfasis más amoroso, más solidario, casi conmiserativo, que en principio no podía entender a qué se debían, ni supe cómo interpretar. Hasta que ya casi al anochecer empecé a sospechar del tono de muchos textos que no parecían ya de cumpleaños sino de condolencia y resignación, hasta que más tres amigos y mi propio hijo me preguntaron de frente que qué diablos significaba ese agradecimiento al Espíritu Santo que los tenía preocupados y desconcertados.

Y no tuve más remedio que soltar la carcajada y cerciorarme que muchos de mis contemporáneos nunca habían leído aquellos mensajes; no sabían que eran tan frecuentemente publicados en los periódicos locales, y por tanto no podían hacer la asociación con lo que yo había escrito y lo tomaron con cierta literalidad.

Y me pongo a pensar de nuevo en la complicación de las palabras.

 

 

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