Gardeazábal le canta la tabla a Cali

Para el escritor la capital del Valle del Cauca es repelente, pretenciosa y extravagante. A continuación publicamos un prologo que nunca vio la luz.

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enero 09, 2014
Gardeazábal le canta la tabla a Cali

 

Qué paradoja, yo que he sido el menos urbano de los escritores vallecaucanos contemporáneos y que después de casi dos docenas de libros sólo escribí una novela, “Pepe Botellas”, sobre Cali y sus gentes, debo abrir este libro que colecciona los recuerdos que tienen  los mejores escritores que han pasado buena parte de su vida en Cali y hecho de sus experiencias caleñas mas de un tema literario. Seguramente no soy pues el mas indicado, pero como viví en Cali mi vida universitaria, tanto como alumno como profesor, y fui concejal y diputado por Cali  bajo las banderas del inolvidable y sorprendente Movimiento Cívico de Pardo Llada, además ejercí la Gobernación del Valle desde la ciudad capital del departamento, me parece que debo advertir  sobre mis recuerdos y dejar sentado muy en claro mi posición sobre Cali.

Recordar la vivencia citadina cuando uno ha nacido y vivido buena parte de su vida y su infancia en un poblado pequeño como Tuluá, en donde se hibridizan las tradiciones rurales con las ganas de ser ciudad, obviamente que no puede ser igual a como hace remembranza quien ha vivido siempre en una urbe como Cali que, dando saltos o bandazos, siempre ha sido gran ciudad, ciudad capital y sobre todo imán de atracción de muchísimos habitantes de las regiones geográficas vecinas. Yo podría entonces haber corrido la suerte de haberme sentido tan caleño cuando fui a vivir a Cali, como lo es uno de esos negros de Aguablanca  que tienen sus ancestros en las orillas de los ríos de la Costa Pacífica o sentirme tan desarraigado en los ámbitos caleños como se pueden considerar los miles de indígenas que llegaron desde el Cauca a pelear por el espacio en las barriadas con los nariñenses, o los tolimenses que se abrieron campo atraídos por una gran ciudad  de tierra caliente en donde encontrarían trabajo y futuro. Pero aunque me igualo con el origen rural o provinciano de todas aquellas gentes creo haber percibido a Cali por aquellos días y, desde entonces, en la perspectiva de  un ser humano a quien traumatizó su visión de vida y no como el  esperanzado habitante que siempre espera que por alguna de sus calles o el viento de las tardes aparezca la panacea anhelada.

Cali es una ciudad repelente que terminó bailando el ritmo extranjero de la salsa porque nunca admitió que podía reflejar musicalmente sus propias raíces. Cali es una ciudad con ganas de ser cosmopolita pero que no ha pasado de ser una ciudad dividida en dos guetos por una avenida, la Simón Bolívar. Al oriente, el guetto mayúsculo de Aguablanca y sus agregados con la mayor población negra, al oeste la ciudad antigua con sus cada vez mas rancias pero más escasas familias blancas que con una pretendida generosidad les han permitido a otro poco de gente de estratos sociales superiores convivir con ellos en circunstancias muchísimo mas cómodas que las del otro gueto.

Cali podría ser considerada como un amasijo de vertientes negras  e indígenas muy definidas, de ancestros blancos feudales y de inmigrantes blancos, morenos y mestizos llegados desde campos y veredas, de municipios cercanos. Sin embargo nadie puede negar que buena parte de sus negocios son manejados por colonias venidas de más lejos como las marinillas, las nariñenses o las tolimenses. De esa revoltura es de donde surge la repelencia de Cali para no ser una ciudad turística, de donde nace la absurda incapacidad de su pretendida clase dirigente, y de donde debe haber salido el sentimiento de antipatía que Cali me genera.

Hice buena parte de mi proyección vital desde Cali. Desde allí me hice conocer y leer. Fue en ella donde libré las feroces batallas de supervivencia y reconocimiento. Pero acaso porque las heridas que tales combates me dejaron no he podido cerrarlas, cada que asumo la posibilidad de entender a la capital vallecaucana me encuentro con un sentimiento de repulsa que no he podido entender pero que no puedo negar de ninguna manera.

Recordar a Cali cuadra por cuadra parece ser el objetivo de este libro. Si yo hubiera sido parte de él tendría acaso que recordar mi apartamento en cercanías de la Galería Alameda, desde donde construí los parapetos para banderillar esa sociedad perversa, para hurgarle en sus secretos y desnudarla ante la faz de mis lectores. Pero como solamente debo abrir la puerta a los recuerdos seguramente gratos de  tantos escritores  que se nutrieron de ella, yo apenas si puedo limitarme a  decir que  todos los años de vivencia en Cali me permitieron descubrir una vacuna polivalente, para no dejarme embaucar de sus bellezas y querenduras ni mucho menos caer en sus maluquerías extravagantes.

Este libro es un tributo a la ciudad que maldigo en mis sueños. Leerlo entonces puede llevarlos a entender su éxtasis  y hasta caer una vez mas en él, para ser desde lejos, víctima de su especial manera de arropar con  repelencia.

Gustavo  Álvarez Gardeazábal, 2009

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