Gabriel García Márquez desde el infierno

Gabo jamás habría desaprovechado una inmersión con tal de contar una buena historia al momento de llegar al cielo, su punto final de embarque hacia la presencia de Dios

Por: Carlos Roberto Támara Gómez
marzo 06, 2019
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Gabriel García Márquez desde el infierno
Foto: Gorup de Besanez - CC BY-SA 4.0

Después de la llegada de Fidel, qué pique, nada tiene de raro que lo haya ido a acompañar un rato, si es que Castro ha estado por allá, que curiosidad no ha debido faltarle también. ¡Eran cucarachas del mismo calabazo! Claro, siendo Gabo, Gabo y Fidel, Fidel, ni más faltaba

Y ahora ambos conversan como si estuvieran en la Tierra, el paraíso de los planetas. Podrían estar comentando lo aburridor que se está poniendo esto acá en la Tierra.

—Oye, ya casi el cambio climático pasa a ser una consigna ambicionada del C.D. ¡Increíble!

— Pero, es que de tanto andar de pipí cogido con Trump algo habría de pegárseles. Además, fíjate que es una manera de empobrecer a todo el mundo. ¡Es que son seres superiores, lo demás es pendejada!

— ¿De pipí cogido? No entiende el otro.

— Bueno, de lo que ha podido dejarle parado Stormy Daniels.

Y el New York Times se ha acordado que hoy cumpliría G. G. M., 92 años. ¡Y cuánta falta nos hace!

Pero cuál habría sido la crónica de García Márquez desde el infierno. Es posible que su sorpresa mayor pudiera haber sido que por esos lares hubiera encontrado también a sus personajes. Como el infierno es el lugar ideal para, digamos, una temporada de verano chévere, que los encontrara asoleándose en algún espacio de alguna Cartagena ya fenecida e inexistente hoy sería paradigmático. Gabo no cedería a su asombro de caminar por aquellas callejuelas que cantaría mucho antes que el Tuerto López.

— Nojoda, y de lo que me estaba perdiendo por estar vivo. Yo no conocía esta Cartagena.

Y al encuentro con el Tuerto López y de allí salido a buscar a Mauricio Obregón y a Álvaro Cepeda Samudio. Toda la patota aquella, bebiendo cervezas y ron tres esnaquis. ¡Coño, tu madre!

De por allá surge Ernest Hemingway que trae en la mano un delicado adminículo de regalo, su súper especializado Shit Detector. El aparato ya viene vibrando y no cesa, se está recalentando.

— Como supe que han de estar hablando toda la mierda del mundo, traje mi detector ya perfeccionado.

—Tu shit detector has debido regalárselo a Fidel durante alguno de sus discursos interminables en la Plaza de la Revolución, le sopla García Márquez.

Por allá aparece la Mama Grande con los camajanes de Rebolo, las prostitutas de Guacamayal, los Gaiteros de San Jacinto, los brujos, hechiceros y chamanes de la Sierpe, los contrabandistas de La Guajira, las lavanderas de San Jorge, atarrayeros de Ciénaga, salineros de Manaure, chalanes de Ayapel, papayeros de San Pelayo, improvisadores de piquerias de las sabanas de Bolívar, bogas del Magdalena y tinterillos de Mompox, las lavanderas del San Jorge.

— ¡Coño! Y qué hace toda esta gente tan buena y noble por aquí.

— ¡Chico, eso es cosa del imperialismo yanqui!

— Pero, ¿hasta acá llegará la influencia de esos cabrones?

— Mira chico, si esos tipos fueron capaces de ir hasta la Conchinchina a joderle la vida a Ho Chi Minh, también se meten aquí. Si yo fuera el diablo desde hace mucho los hubiera mandado al paredón. ¡Cosa más grande, chico!

Hemingway se ha hecho el loco. De alguna parte desmadeja un puro cubano.

— Míralo, dice Fidel, ¡está listo para mandarse su escopetazo!

Gabriel ante esa insinuación observa más detenidamente a Hemingway y piensa si acaso éste se ha autorecetado el Shit detector, es decir, cuando supo que no podía escribir una página mejor, se mandó su balazo. García Márquez recuerda haberse percatado en vida que la edad es traicionera y sobre todo el Alzheimer que te borra la memoria y te deja tembloroso, en un santiamén.

Y entonces va Fidel, recién llegado a sus primeras vacaciones en el infierno y dice.

— Oye, Gabriel, pero este veraneadero, aquí está muy bueno.

— No, y es que todavía no te has percatado del mujererío tremendo e impresionante que hay por estos lares. La otra vez me topé con Elizabeth Taylor. ¡Qué bocatto di cardinale! Acá se ha rejuvenecido y está como en aquella película, te acuerdas, La Noche de la Iguana. ¡Qué fastuosa!

— Tienen razón, tercia Hemingway que ahora se ha encontrado con Truman Capote y Scott Fitzgerald.

— Oye, no estoy viendo que nos acompañe Edith Piaf, dónde estará, dice Fitzgerald.

— No, no está ella, pero estoy yo, va y dice sorpresivamente Celia Cruz.

— Y yo, dice Lola Flórez

— Y yo, dice la Tongolele que se asoma con un vestido playero contoneándose como si acabara de bajarse de bailar un mambo de Dámaso Pérez Prado que también se insinúa por allá con su propia gallada de músicos y cantantes. ¿Benny Moré? Está por ahí, Benny Moré.

— Oye y entonces los muertos ilustres son más que los vivos. ¡Coño! El día que lo sepan los vivos van a querer venirse todos para acá.

— Quién dijo eso— pregunta alguien.

— Eso da para una novela, dice otro.

Gabo parece aburrirse. Se acerca aún más a Fidel y le saca un puro de los que guarda en algún bolsillo de su eterno uniforme militar.

— Creo que ya va siendo hora de regresar.

— Que no vayan a creer que nos estamos amañando acá.

— Si aquí no se encuentra un aire acondicionado ni para remedio.

— ¡Coño, Gabriel qué imaginación!

Gabriel columbra a su padre y a su madre. Se pone muy tierno y lloroso. Avista a su hermana.

Gabriel se escabulle. En alguna parte se ha asomado Wittgenstein.

— Buenas tardes, maestro, le dice al filósofo austriaco.

— Leí tus novelas desde acá, le espeta el otro, sin más.

García Márquez espera pues sabe que Wittgenstein es muy parco y de todas maneras la literatura no fue su fuerte, si es que cabe semejante improperio.

— Siempre me enredó eso de los límites del lenguaje, maestro, dice mohino García Márquez.

— Es apenas natural. En qué cabeza te hubiera cabido jamás que el infierno era así de chévere.

Gabriel no se sorprende que Wittgenstein conozca la palabra.

— Por algo dijo, maestro, que la ética y la religión no van más allá del mundo que cada cual crea.

Gabriel vuelve donde Fidel. Se han acercado Camilo Cienfuegos y el Ché Guevara. El índice de Gabriel se dirige hacia alguna dirección hacia donde todos ellos miran.

— Sí, es Carlos Marx, dice Fidel.

García Márquez se transforma y ya no cabe en su calcinada piel.

— ¿Crees que me conceda una entrevista? Gabriel saca un bloc de notas, por reflejo condicionado.

— No lo dudo, dice el Che, pero yo de ti no lo intentaría.

— Sí, tiene algo más de ciento cincuenta años de estar revisando El capital. ¡Es incansable! ¡Está que bota candela!

Pero Gabriel García Márquez va. ¡Va!

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