El fútbol de los ricos

El fútbol terminará por desconocer los principios elementales que lo forjaron hace casi doscientos años y traicionará su esencia para satisfacer los deseos del capital

Por: Adrián Peña
junio 09, 2017
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El fútbol de los ricos
Foto: Pexels

Hubo una época afortunada en la que el fútbol era un deporte más justo y equilibrado. La posibilidad de armar buenos equipos no estaba reservada  para los clubes todopoderosos, lo cual daba lugar a una verdadera competencia que a la postre podía producir resultados impredecibles. En aquellos tiempos el fútbol no era la súper industria que es hoy; los mercaderes del deporte intuían que este juego tenía un grandioso potencial para transformarse en una fuente portentosa de riqueza, pero sus pretensiones se veían constreñidas por  un desarrollo tecnológico incipiente, incapaz de explotar las posibilidades que el fútbol y los negocios podían ofrecer. En aquellos —ahora lejanos— años del siglo XX, el desarrollo del sistema capitalista se encontraba aún en su fase de perfeccionamiento y expansión, permitiendo que algunos campos de la experiencia humana —entre ellos el fútbol— se mantuvieran ajenos en parte a la lógica acumulativa del mercado.

El fútbol mantenía entonces vestigios de su inocencia primigenia. El mundial de fútbol, por ejemplo, era una realidad palpable, pero se trataba de un evento mucho más sencillo, menos ostentoso y sin los alcances mediáticos de los que goza hoy en día. Las plataforma informativas eran aún tan primitivas que las noticias podían durar días en llegar a los distintos rincones del planeta. En ese contexto, era difícil hacer del deporte rey un espectáculo de repercusiones internacionales. El fútbol, como la humanidad, era prisionero de su época.

Harían falta décadas de constante desarrollo para que este noble deporte llegara a conquistar al mundo entero. Pero, entre tanto, estábamos aún en los tiempos en que el gran Millonarios podía darse el lujo de derrotar en su propia casa a un encopetado Real Madrid; episodios como esos son hoy solo un dulce recuerdo de días perdidos para siempre en el limbo de lo irrecuperable. Basta ver la ignominiosa derrota que el mismo Real Madrid le infligió al Millonarios más de medio siglo después en el promocionado retorno del equipo embajador a tierras españolas para disputar el torneo Santiago Bernabéu. Un contundente 8 a 0 fue el lapidario recordatorio de que la historia había cambiado para siempre. Y es que el fútbol, al igual que todas las actividades humanas, camina al mismo ritmo que el sistema capitalista. La concentración de la riqueza no es un fenómeno que ataña solo a las empresas transnacionales o a los estados; el hecho de que en tiempos pretéritos se pudiera producir más a menudo la coronación de equipos “chicos” en torneos de gran relevancia, no obedece a una mera casualidad del destino. Los eventos ocurren solo cuando las circunstancias previas posibilitan su existencia. En el mundo de hoy en día -salvo escasas excepciones como la coronación del Leicester como campeón de la liga inglesa en la temporada pasada- este tipo de milagros casi no ocurren y cuando ocurren son simplemente eso, milagros que se cuelan por la estrecha rendija de las probabilidades.

El fútbol de hoy, es por tanto el fútbol de los ricos, de los potentados. La Liga de Campeones de Europa es un torneo que se reparte entre un pequeño grupo de superpotencias: Real Madrid, Barcelona y Bayern Munich acaparan el protagonismo. Además de esos tres, cada año se cuela uno que otro  comodín, llámese Atlético de Madrid, Juventus, Borussia Dortmund, PSG o Manchester City. Pero, en general, al inicio de la temporada, podemos predecir casi con certeza que la copa será levantada por uno de los grandes potentados de Europa. Esa realidad contrasta con los tiempos en que equipos hoy casi desconocidos para las grandes masas de fanáticos a este lado del Atlántico podían atreverse a levantar la orejona. El Steaua de Bucarest, el Estrella Roja, el Nottingham Forest, el Hamburgo o el Celtic de Glascow pudieron ser campeones de este torneo en tiempos en que los equipos grandes que conocemos hoy en día ya eran grandes, pero no eran monstruos invencibles respaldados por el poder del dinero.

El fútbol colombiano de los últimos tiempos no escapa a esa realidad. En años recientes, el título ha sido acaparado por el Atlético Nacional, lo cual, lejos de ser una casualidad o una hazaña, es una muestra fehaciente del poderío que puede llegar a tener un equipo cuando sus dueños son representantes de una aristocracia que ha logrado apoderarse de medio país. En este caso, el fútbol colombiano es un reflejo fiel de nuestra sociedad.

¿Qué futuro le espera al fútbol? En Europa, se rumora que los grandes equipos de las ligas más importantes planean fundar una superliga en la que solo ellos podrán competir, para escapar de las regulaciones impuestas por la UEFA y así repartirse entre ellos los cuantiosos beneficios económicos que la comercialización universal de un torneo de esas proporciones puede ofrecer.  Cuando las reglas son un obstáculo para el crecimiento de la riqueza, los poderosos no dudan en desconocerlas; es una realidad válida en el fútbol y en la vida. De aquí en más, seremos testigos de situaciones similares en todos los ámbitos de la realidad humana. América tristemente continuará siendo una fuente constante de materia prima para las grandes potencias, tanto en el aspecto futbolístico como en el económico. Nuestros mejores jugadores seguirán engrosando la larga lista de expatriados que buscan en el viejo continente lo que el nuestro no puede ofrecerles, contribuyendo así al empobrecimiento de la calidad futbolística de nuestros torneos, cada vez más huérfanos de estrellas y de calidad.

Si la economía se dirige a una etapa de desconocimiento de los principios más elementales de la dignidad humana, el fútbol caminará por una senda similar: terminará por desconocer también los principios elementales que lo forjaron hace casi doscientos años en los patios de las universidades inglesas y traicionará su sublime esencia en aras de complacer los deseos del capital. Ya hay ejemplos  palpables de ello: comenzaron a dejar de existir los tiempos remotos en que los equipos eran nombrados con el entrañable nombre de un barrio o un pueblo. En cambio, algún ingenioso empresario decidió que era bueno darle a sus equipos el nombre de una empresa: Red Bull Salzburgo o Red Bull Leipzig; da igual de que ciudad sean o a quien representan, lo importante es que son Red Bull.

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