Fulana, Mengano, Zutano y Perencejo

"Primera semana de pandemia, y me di cuenta de que el mundo era muy diferente a como yo lo percibía". Relato

Por: Mauricio Restrepo Posada
julio 27, 2021
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Fulana, Mengano, Zutano y Perencejo
Foto: Leonel Cordero

Empecé a mirar cosas y personas que siempre estuvieron a mi lado, ignoradas por mis sentidos, invisibles a mis sentimientos. Al confinarme pude salir de mi encierro, las ventanas me permitieron ver lo invisible y por ellas las sensaciones entraron a borbotones en mi vida. Los para mí intrascendentes habitantes del barrio y de la calle empezaron a ser vecinos, se humanizaron, adquirieron la importancia que siempre les negué. Y a varios empecé a quererlos y admirarlos.

Fulana, la recicladora del barrio, anda con una perrilla, flaca sobremanera, sarna perrosa con figura de animal, como diría José Manuel Marroquín. Ambas fieles, buenas e inseparables compañeras. Al mirarlas entendí que no solo andaban juntas; juntas trabajaban, juntas sentían. Fulana y yo empezamos a saludarnos como camaradas y no pasó así con la perrilla, que con desdén y desconfianza me miraba de soslayo. Ninguna de las dos se afectó con la pandemia.

Por Mengano, el portero del edificio contiguo, me di cuenta de la importancia de los empleados del barrio. Amable sin exagerar, denotaba placer cuando era saludado. Supe entonces que hay personas que saben mucho y que están siempre dispuestas a servir y a conversar, si bien no cuentan con muchas palabras. ¿Puedo coger uno de esos ajíes de su árbol?, le pregunté una mañana. Se puede llevar la mata entera, me respondió. Tampoco se afectó con la pandemia.

A Zutano sí lo conocía desde tiempo atrás. El querido indigente de la cuadra vive de cuidar carros en la iglesia del barrio y de la “colaboración”, como él dice, de los vecinos del sector. Colabóreme con una liguita, Mauro (o don Mauro cuando si voy acompañado). ¿No tenés unos pantaloncitos viejos por ahí? Voy a ver, hermano. Alcohólico desde joven, dejó de beber en demasía después de una crisis que casi lo mata. Menos viejo de lo que parece, en su tranquila mirada se nota un cansancio tan grande, que seguramente lo arrastra desde antes de nacer. Solo su sonrisa muestra algo de alegría en su dura vida. Cuando cerraron las iglesias por la pandemia, a Zutano se le vino abajo el negocio. No estuvo nunca en las estadísticas del gobierno, sobrevivió sin quejarse.

Perencejo, al contrario de los anteriores personajes, nunca sonríe y no por eso es antipático. Es el tendero del barrio, importante por ello, dueño de una tienda en la cual todos los vecinos hemos buscado alguna cosa de esas que se nos acaban y no nos acordamos cuando hacemos las compras en el supermercado. Me faltan doscientos pesos, cuando pase se los pago; no hay problema, vecino. Alguna vez le conté el mejor de mis chistes. Esbozó en su cara un pequeño gesto que yo creí que era una sonrisa. Como siempre le hizo conejo al pico y cédula, la pandemia no le hizo ni un rasguño.

No sé dónde viven mis nuevos mejores amigos, ni sé si tienen familia o pasan solos sus noches. Sé, eso sí, que se volvieron importantes para mí. Me enseñaron que el entorno real es tan valioso como el imaginario.

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