¿Fue injusta la expulsión de Cuba de la OEA en 1962?

En la octava reunión de consulta de la organización, celebrada en Punta del Este, se acordó la exclusión de este país por "incompatibilidad con el sistema interamericano"

Por: Eduardo Mackenzie
julio 03, 2019
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¿Fue injusta la expulsión de Cuba de la OEA en 1962?

El 31 de enero de 1962, al final de una reunión de nueve días, los cancilleres de la Organización de los Estados Americanos, en Punta del Este (Uruguay), votaron la expulsión de Cuba del organismo continental. Para tratar de bloquear esa medida, Fidel Castro envió a una de sus fichas de confianza: Raúl Roa. Pero el vociferante ministro de asuntos exteriores, conocido por haberse unido al bando fidelista a última hora, fracasó. La votación fue clara: 13 votos a favor, uno en contra (Cuba) y seis abstenciones (Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Ecuador y México). Colérico, Fidel Castro insultó la decisión y nunca cesó de quejarse. Él pretendía que la expulsión había sido injusta y que Cuba había sido castigada por “mostrar el camino” a los otros países, por estar haciendo “tremendos progresos” sociales gracias a la “revolución”. La realidad era muy distinta.

Diez meses antes, el 13 de marzo de 1961, el presidente John F. Kennedy había creado la Alianza para el Progreso, un programa de desarrollo económico y libertad política financiado por Estados Unidos para contrarrestar la influencia soviética en el hemisferio. Cuba fue invitada a la Conferencia de Punta del Este del 5 al 17 de agosto de 1961 donde los países de la OEA firmarían el programa de la APP. Si bien los partidos comunistas atacaron violentamente el plan de Kennedy mostrándolo como una “venta de la soberanía de los pueblos”, todos los gobiernos, salvo el cubano, firmaron el programa. Lamentablemente, el asesinato de Kennedy, el 22 de noviembre de 1963, y la guerra de Vietnam, obligaron a Estados Unidos a reducir años después sus aportes a la APP y regresaron a la ayuda bilateral.

Ernesto Guevara, el nuevo ministro de la Industria de Cuba, conocido por los atroces fusilamientos de La Cabaña, que él observaba fumando tabacos sobre un muro, viajó a la reunión de la APP para denunciar la “maniobra anticubana”. Al no poder refutar la acusación de que el gobierno cubano estaba maltratando la población y acabando con las libertades, Guevara habló de otra cosa. En un tedioso discurso apeló al tema de los supuestos “éxitos económicos de la revolución” pero se ridiculizó al decir que mientras algunos países latinoamericanos tenían un crecimiento del 2,5%, Cuba preveía un crecimiento anual del 10% “para los años venideros” y que la isla tendría, en 1980, algo así como “3000 dólares de ingresos per cápita, un índice más alto que el de Estados Unidos”. Soñar con cifras futuras ante la ausencia de cifras actuales no convenció a los delegados. Pese a ello, Guevara insistió: Cuba quiere “convivir con la familia latinoamericana” y “damos la garantía de que no exportaremos revolución” (sic). Antes de lanzar otra frase, gran modelo de duplicidad: “No se moverá un solo fusil de Cuba para ir a luchar en ningún otro país de América”.

Quien decía eso era el mismo que, en 1960, había publicado un manual sobre guerra de guerrillas y ayudaba a sembrar el terror en varios países del continente. El mismo que, en 1966, irá a Bolivia a matar y morir. El voto final en Punta del Este mostró que los delegados habían recapacitado sobre frase central de Guevara, lanzada como si nada, al final de su patética alocución, para indicar la verdadera línea de Fidel Castro: “La cordillera de los Andes será la Sierra Maestra de América”.

Esa amenaza era congruente con el desastre que estaba ocurriendo en Cuba. El periodo 1959-1962, tan mal conocido, no podía ser peor. Fidel Castro había impuesto la censura más estricta: nadie podía difundir noticias que no fueran aprobadas por el nuevo poder. Los 60 diarios “burgueses” del país, los 20 canales de televisión y las 106 estaciones de radio, habían sido cerrados y sus recursos técnicos puestos al servicio de la propaganda castrista en mayo y julio de 1960. En su visita a Washington, en abril de 1959, Castro había mentido sobre la libertad de la prensa que existiría, según él, en la isla. La confiscación de bienes y la captura de comerciantes e industriales que no habían pagado el “impuesto revolucionario” del Movimiento 26 de Julio, las rebajas de salarios y hasta el encarcelamiento de sindicalistas, puso a toda la población a temblar. La educación había sido nacionalizada y la tierra confiscada. La propiedad privada fue prohibida. Una reforma agraria improvisada, lanzada en mayo de 1959, redujo las zonas de cultivo de caña de azúcar lo que llevó a la caída de la producción agrícola total, como lo reconocerá el mismo Fidel Castro… en 1970. Todo bajo la creencia de que “liquidar el latifundio” y “redistribuir el ingreso” aportaría la igualdad. Meses más tarde, la crisis agrícola quedará al descubierto. Las cifras mostraron que la zafra de 1962, bajo la dirección del inepto Guevara, no había llegado sino a las 4,8 millones de toneladas, cuando la del año anterior había sido de 6,5 millones de toneladas. Tales resultados desataron la ira del “líder máximo”.

En 1961, los casinos fueron cerrados y los intelectuales fueron llamados al orden: nada de arte por el arte, sino arte al servicio de la revolución. En junio, Virgilio Piñera Llera, un poeta homosexual, fue encarcelado. En 1969, le prohibieron publicar, orden que mantuvieron hasta su muerte diez años más tarde en La Habana y en la miseria.

Así comenzó la opresión y la ruina de la isla y la ruptura de las relaciones con Estados Unidos y con el resto del continente.

Todo eso ocurría apenas nueve meses antes de la crisis de los misiles (octubre-noviembre de 1962), creada por la locura furiosa de Fidel Castro. Creyendo que eran serias las gesticulaciones de Nikita Khrushchev, del 9 de julio de 1960, de usar misiles soviéticos en caso de una intervención de Estados Unidos contra Cuba, Castro decidió que pondría de rodillas a la Casa Blanca con un “ataque nuclear preventivo” sobre una gran ciudad americana. Las pruebas de ese cálculo demente fueron descubiertas décadas después cuando pudieron ser leídas las cartas que el dictador cubano había intercambiado en esa época con Khrushchev.

La expulsión de la OEA tuvo no solo esos motivos. Desde el primer día de la “revolución” hubo asesinatos, destrucciones, pillajes, purgas y exterminio de líderes anti batistianos y anticomunistas (como el comandante William Morgan) y de disidentes (incluso de niños por hacer pintadas contra Fidel). Hubo torturas y cerca de 600 fusilamientos de pretendidos “esbirros”. Ernesto Guevara no solo decía quién podía vivir y quién debía morir sino que participaba en los interrogatorios y escogía a quien aterrorizar con fusilamientos simulados, como el que sufrió Faustino Menocal.

El 15 de diciembre de 1959, Huber Matos, un gran líder de la lucha contra Batista, fue condenado a 20 años de cárcel, en un proceso bufonesco en el que Fidel Castro lo acusó de “traición y rebelión”. La verdadera razón: Matos, un demócrata convencido, había rechazado la orientación comunista que tomaba el régimen de Castro. Un mes y medio antes de ese veredicto, otro líder revolucionario, no marxista, Camilo Cienfuegos, perdía la vida cuando su avioneta Piper estallaba en el aire.

Fidel Castro creó desde el comienzo un “gobierno oculto”, mientras nombraba a otros, como Manuel Urrutia y José Miró Cardona, para dar la impresión de que Cuba era gobernada por una coalición plural. Wayne Morse, un senador demócrata de Oregon, reveló ese juego y denunció el baño de sangre que sufría Cuba. Iracundo, Fidel Castro respondió que si no le gustaba eso Washington podía “desembarcar sus infantes de Marina y entonces habrá 200 000 gringos muertos”.

Castro modificó la Constitución de 1940 mediante un simple decreto, y creó el INRA (Instituto de la Reforma Agraria), como el “principal instrumento de poder absoluto” y de refuerzo de su “gobierno oculto”, como lo reveló Tad Szulc, un periodista americano no acusable de ser anticastrista, en su afamada biografía de Fidel Castro.

Fue también el periodo de la llegada a La Habana de un centenar de agentes soviéticos de origen hispánico. Fidel y Raúl Castro tenían, desde 1948, vínculos con diplomáticos soviéticos y agentes del KBG como Fabio Grobart, Nikolai Leonov y Gumer Bashirov (durante la época de la Sierra Maestra, Moscú había adoptado un perfil bajo). En ese mismo periodo, el “líder máximo” envió 400 cuadros comunistas a Moscú para que aprendieran, bajo control de Raúl Castro, Ramiro Valdez y Osvaldo Sánchez, los rudimentos del contraespionaje.

En la primavera de 1959, Fidel Castro envió a su hermano Raúl y a Guevara a Moscú para obtener asistencia militar. En marzo de 1960, Castro reiteró en secreto al representante del KGB en La Habana su voluntad de adoptar el modelo soviético. Siete meses después, Guevara, a título personal, definió como marxista el proceso cubano pues sólo, hasta después del fracaso de la invasión de la bahía de Cochinos, Castro declaró “socialista” la revolución, en abril de 1961.

En agosto de 1960, los cubanos se retiraron de la conferencia interamericana de ministros en San José, Costa Rica, para protestar por una resolución que criticaba la intromisión cubana en Latinoamérica. Para vengarse de la reducción de compras americanas de azúcar cubana, Fidel Castro, entre junio y octubre de 1960, expropió las compañías extranjeras como Shell, Texaco, Standard Oil y Esso, quienes rehusaban refinar el petróleo importado de la URSS, así como la compañía de teléfonos, 36 refinerías de azúcar de firmas americanas, y dos minas de níquel, una de la cual era de propiedad americana.

Creyéndose invencible por lo de Cochinos, el “líder máximo” decide operar a mayor escala y organizar falanges subversivas en varios países. Las entrena, financia y envía a realizar atentados dinamiteros en las ciudades latinoamericanas, salvo en México. Cuba llegó a enviar a Venezuela oficiales del ejército fidelista, disfrazados de guerrilleros. Cuando Caracas descubre que La Habana dirige la formación de un “frente de liberación nacional”, y prepara una ulterior invasión armada para apoderarse del petróleo, rompe relaciones diplomáticas con Cuba, en noviembre de 1961.

Colombia fue otro de los países más atacados desde el primer momento por el aventurerismo criminal de Fidel Castro. Desde enero de 1960, un reducto armado y fomentado por Cuba se parapeta en la región de Gaitania. Desde allí organiza emboscadas contra patrullas de la policía. El presidente liberal Alberto Lleras Camargo, enfrascado en un incierto proceso de paz, no atiende las denuncias del líder conservador Laureano Gómez quien en el Senado denuncia la aparición de “repúblicas independientes” en varios puntos del país. El ejército es enviado a reducir el foco de Gaitania, con poco éxito. El FUAR y el MOEC, creados con ayuda cubana, y otras bandas armadas, en el Magdalena Medio, Vichada, Tolima, Cauca y Valle del Cauca, llegan a cometer, sólo en 1962, 2 270 asesinatos. La prensa revela que el PCC recibe cada mes cerca de 25 000 dólares de La Habana para reforzar esas escuadras. El vacilante Lleras Camargo termina por abrir los ojos y decide romper relaciones diplomáticas con Cuba.

Ese era el ambiente que existía en vísperas de la reunión de la OEA en Punta del Este (1). La injerencia armada cubana era algo nuevo en el continente. Aunque hubo guerras entre unos pocos países, nunca antes un gobierno latinoamericano había organizado incursiones de guerrillas a largo plazo contra las fuerzas armadas de otro país. Desde 1960, la vida del continente fue desviada. La dictadura cubana, y su patrón soviético, pusieron fin a décadas de entendimiento interamericano. La dictadura de Fidel Castro fue mil veces más lejos que el dictador dominicano Leonidas Rafael Trujillo, quien llegó a organizar un atentado contra el presidente venezolano Rómulo Betancourt, el 24 de junio de 1960. Trujillo, a su vez, fue asesinado el 30 de mayo de 1961.

Intoxicada por la propaganda castrista, la opinión estimaba que la embestida castrista era una disputa transitoria entre Washington y La Habana. Después vieron que detrás de esas guerrillas se perfilaba una ambición más extrema y a largo plazo, la del imperialismo soviético, sin hablar del chino. Así, la doctrina de la no intervención de poderes extra continentales en los asuntos de los Estados americanos cobró de nuevo vigencia.

Finalmente, en diciembre de 1961, el presidente Lleras Camargo, luego de comprobar que había participación castrista en la violencia guerrillera, decidió romper relaciones con Cuba y convocó una nueva cumbre de ministros de la OEA para tratar en Uruguay el problema cubano. La iniciativa no vino esta vez de Estados Unidos sino de uno de sus aliados. La dictadura cubana insultó a la OEA llamándola “ministerio de colonias yanqui”, y no cesó de cobrarle a Colombia, incluso hasta hoy, sus tenaz resistencia anticomunista.

La avalancha en Cuba de violaciones a los derechos humanos no fue lo central en esa expulsión. Las peores dictaduras de esos años, como las de Haití y República Dominicana, también cometían crímenes. Pero esas dictaduras eran enanas si se las compara con el caso cubano: este tenía, por primera vez en la historia del continente, el apoyo de dos potencias totalitarias, la URSS y la China de Mao, y reconfortaba y servía la ambición de ambas de apoderarse de la América latina para romper los equilibrios del hemisferio, lo que afectaría inexorablemente, a corto plazo, la posición de Estados Unidos en el mundo. Pero Cuba, así como fracasó en su espacio nacional, perdió la partida a nivel estratégico.

(1) En junio de 2009, el socialista José Miguel Insulza, secretario general de la OEA, promovió, con al apoyo del presidente americano Barack Obama, levantar sin condición alguna la medida de expulsión de Cuba. La reincorporación efectiva a ese organismo fue rechazada por La Habana. El 5 de julio siguiente, los mismos actores propusieron suspender a Honduras de la OEA, por haber tomado medidas legales para desbaratar el golpe de Estado que realizó el presidente Manuel Zelaya, de orientación chavista. Honduras volvió a la OEA en 2011. El 31 de mayo de 2016, Luis Almagro, nuevo secretario general de la OEA, propuso invocar la Carta Democrática de la OEA para convocar a reunión "urgente" sobre Venezuela. La expulsión de Venezuela por los crímenes de la dictadura Chávez/Maduro contra su pueblo está al orden del día desde entonces.

 

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