Opinión

Farsa o sainete

Por:
noviembre 24, 2014
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No dudamos un instante en denunciar el secuestro del General Alzate como una farsa, o un entremés, o un sainete, o una parodia. En todo caso, como tantas cosas en Colombia, asunto gravísimo y nada serio.

El tiempo y los acontecimientos nos han venido dando la razón. El secuestro de un General tenía que conmover al mundo, y lo conmovió; tenía que poner en el primer plano de las noticias mundiales el tema de la paz en Colombia, y lo puso; tenía que darles a los narcocriminales de las Farc ocasión para que demuestren su voluntad de resolver el “conflicto”, y se las dio; y tenía que utilizarse como elemento distractor de los problemas que agobian la imagen del Gobierno, y así  ha ocurrido.

No han fallado en nada nuestras previsiones. Ahora solo falta el discurso de Timochenko, quien dirá la última palabra, la orden de libertad de los cautivos, después de su consabida retahíla de marxismo trasnochado  para insistir en todo lo que ha dicho siempre y nadie quiere creerle: que de lo que se trata es de resolver las causas objetivas de la guerra, discutir a fondo el modelo económico y social vigente, liquidar el Ejército y crear un nuevo orden democrático, tan popular y eficaz como el de Cuba.

El Gobierno tomará solo la última palabra, la de la libertad, y pasará por encima de todas las demás, para que no nos demos cuenta de lo que nos corre pierna arriba. Ya está listo el nuevo discurso de Humberto de la Calle, el Mirabeau de estos tiempos, y cada tiempo y cada circunstancia tienen el Mirabeau que se merecen, exaltando el ánimo de reconciliación de la guerrilla, su espíritu fraterno y generoso, su voluntad de reconciliación y por supuesto, cómo faltaría, la exaltación de las dotes de estadista de Juanpa y de su “varonil aliento”, que permitió superar la crisis.

Terminados los discursos, devueltos el General, los soldados el cabo y la jurista acompañante, nuestros plenipotenciarios volverán a Cuba, en medio de sones y fanfarrias, para reiniciar su glorioso trabajo al servicio de la Patria.

Cumplidas esas ritualidades, insalvables y aún más espectaculares de lo que anticipamos, queda abierto el camino para discutir a fondo las primeras cuestioncillas a las que se les haría ambiente en medio de la farsa. La primera, cómo no, la del cese bilateral del fuego. El Gobierno se ha mostrado firme en negarlo, pero es el momento de ceder. Por la paz. Por el futuro de Colombia. Por la tranquilidad del Universo, conviene esa terapia. Y no será muy complicada, porque ya hemos avanzado mucho en esa dirección.

El Ejército está entregado, confuso, espiritualmente vencido. Los generales Rodríguez y Lasprilla acabaron lo que empezó con Bolívar, con Córdoba, con Rafael Reyes. Ese triste papel les cabrá para siempre en la Historia de Colombia. El Ejército no combate, porque no sabe por qué ni para qué combatir; no busca al enemigo, por pereza de encontrarlo; no persigue la gloria, porque sus hombres se conforman con que no los metan a la cárcel como al General Uscátegui; como al General Arias Cabrales; como al Coronel Plazas; como al General del Río; como al Coronel Mejía Gutiérrez y también, dentro de muy poco, como al General Posada; y finalmente se cuida al extremo de no producir una baja enemiga, pues que vale por auto cabeza de proceso en su contra o de efectuar una captura, pues que siempre las hace como no les gusta a los jueces de garantías. De ahí al cese bilateral al fuego, no hay ni un paso completo.

El otro tema, ya está anunciado, es el del nuevo concepto del delito político. Una primorosa noción que comprende las violaciones a las niñas reclutadas, la siembra de minas, las voladuras de oleoductos y torres de energía, la destrucción de pueblos, los secuestros y las bombas y asesinatos contra los periodistas rebeldes.

Lo demás, ya está pactado. Con la extinción de dominio a las tierras inadecuadamente explotadas, con las zonas de reserva campesina, con la nueva modalidad de democracia profunda en los lugares apartados, con la entrega a las Farc del problema del narcotráfico, todo está hecho. Quedamos para engrosar la lista de las naciones neobolivarianas, es decir, tiranizadas, es decir, silenciosas, es decir, arruinadas, es decir, gobernadas desde Cuba.

Los próximos previsibles capítulos de la parodia están a las puertas. El vuelo de los helicópteros de la libertad, las declaraciones emocionadas de Piedad Córdoba y de Fabrizio, el mamerto de la ONU, los discursos de Timochenko y Juanpa, la salida de De la Calle, Jaramillo y Compañía para La Habana, todo está presto.

Solo falta saber si Colombia, de la que dijo el poeta Rubén Darío que era tierra de leones, se traga esos sapos.

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