¡Estudie algo que le dé plata, por favor!

La historia de un joven al que sus padres le cortaron la inspiración

Por: Eduardo Menco González.
octubre 06, 2014
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Al recuerdo de un Valle, un Mar y otros Monstruos.

En el año 2011 en plena clase discutíamos con alumnos de 10° sobre las angustias más comunes de los jóvenes próximos a terminar sus estudios de bachillerato. Interesante debate aquel. Mientras unos argumentaban que su mayor angustia era cómo llevaban la relación con sus padres, otros se referían a temas afectivos, consumo de sustancias sicoactivas, sexo, noviazgo, depresión, amigos, dinero y otra serie de aspectos de amplia relevancia.

Avanzada la discusión, percibí a Andrés en una posición inadecuada para la ocasión. Su cabeza gacha y su permanente manoseo en los ojos captaron mi atención, al punto que di por concluida aquella sesión académica antes de lo previsto indicando al grupo que retomaríamos el asunto la próxima clase. Al retirarme de aquella aula, hice seña al muchacho para que saliera y poder conversar con él; cuando se acercaba observé cómo sus enrojecidos ojos empezaron a aguarse hasta derramar unas cuantas lágrimas; era más que evidente que el chico estaba pasando por algo delicado. Me acerqué a él, coloqué mi mano derecha sobre su hombro izquierdo, y en un gesto de consolación descargué sobre él la usual expresión “tranquilo, lo que sea pasará”.

Después de haberse calmado un poco, lo invité a la cafetería del colegio, donde le manifesté que mi intención era apoyarlo en la medida en que él así lo permitiera. La verdad yo estaba preocupado, porque pensaba que se trataría de alguna situación bastante compleja. Fue así como después de comer algo, me empezó a contar que el motivo de su llanto respondía a lo que actualmente estaba viviendo en su casa, particularmente con su padre. Me dijo que por fin en su vida tenía algo claro, y que justo en el momento en que quiso compartirlo con los suyos, ellos reaccionaron sorprendidos, negativos y reacios a la idea que su hijo les estaba manifestando. Le pregunté entonces qué era eso tan grave para que sus padres reaccionaran de esa forma; Andrés, con lágrimas en sus ojos de nuevo y su voz entre cortada, dijo: “anoche en plena cena, cuando estábamos juntos en familia, papá me preguntó si ya sabía a qué me dedicaría; yo le respondí con una gran sonrisa en mis labios que si de algo estaba seguro era que definitivamente quería estudiar filosofía”.

¿Filosofía? Respondió su padre en un tono de burla y como asumiendo que su hijo estaba haciendo una broma de mal gusto. Sí pá, filosofía reafirmó el chico. Cuenta Andrés que inmediatamente su padre se levantó de la mesa, sin terminar su comida, y con una mirada inquisidora le manifestó al joven que él debía estudiar algo que realmente sirviera en esta vida, algo que le diera suficiente dinero para ser alguien, algo que le permitiera ser visto por los demás con suficiente importancia; que él se había “jodido” demasiado en la vida para que ahora su hijo menor saliera con semejante estupidez, y que se metiera en su cabeza que ese tipo de carreras eran para “maricas y viciosos”.

Al preguntarle por la reacción de su madre, el estudiante reinició el llanto inconsolablemente manifestando que ella, aunque no había expresado nada con sus labios, lo había dicho todo con sus ojos aceptando y aprobando de alguna o gran manera lo que su padre había acabado de decir.

La historia de Andrés no termina obviamente con la reacción de su madre; quizás sea una historia de nunca acabar justamente porque a diario seguimos viendo casos similares. Cuántos jóvenes manifiestan a sus padres querer estudiar alguna carrera relacionada con las Ciencias Sociales, Humanas o Artísticas y el primer gran obstáculo al que se deben enfrentar son precisamente sus progenitores quienes creen que dichas profesiones son sinónimo de desprestigio, poco reconocimiento social y para fracasados que no sueñan con tener una excelente calidad de vida. Como consecuencia entonces encontramos un número no despreciable de jóvenes que inician su mundo universitario, y a los dos o tres semestres terminan desertando de la carrera que les tocó asumir por pura complacencia en su momento; conozco de casos donde inician a estudiar alguna ingeniería por ejemplo, y justo cuando cumplen sus 18 años interrumpen manifestándole a sus padres que ya tienen la edad para decidir por sí mismos; o casos en donde al terminar el joven la carrera que nunca quisieron, inician la que verdaderamente les llena el corazón y sus expectativas personales.

Es lamentable ver cómo todavía en nuestra cultura que dice llamarse avanzada se encuentran este tipo de mentalidades; aunque también hemos de reconocer que se trata de un problema que hunde sus raíces en un hecho histórico que marcó el destino de nuestra sociedad. Quién se imaginaría que después del medioevo como época, el mundo le abriría campo a las ciencias exactas de tal manera que las otras ciencias (las del espíritu en palabras de Dilthey), aquellas que no podían comprobar nada, terminarían siendo rezagadas a los anaqueles del recuerdo o a lo sumo a la sombra de un conocimiento más importante del cual dependería todo lo demás

Lo triste es que aún seguimos siendo víctimas de esa mala herencia, o de una herencia mal comprendida. No cabe duda que el caso de Andrés como el de muchísimos otros pone en evidencia esta realidad; pero además deja al descubierto, al menos tres asuntos sobre los cuales vale la pena reflexionar:

1. El tipo de relación que se vive entre padres e hijos en términos de autonomía, libertad, independencia y respeto por el verdadero desarrollo de la individualidad como expresión de la dignidad. Se lamenta aún cómo algunos padres siguen pensando con sus actos que los hijos son prolongación de sus vidas en todo el sentido de la palabra.
2. Un modelo de sociedad basado en estereotipos que generan desigualdad y que poco contribuyen a la construcción de una cultura equitativa y justa.
3. La constatación de que vivimos en un mundo que día a día se enferma más; un mundo que a falta de comprenderse asimismo por miedo a descubrirse recurre a sofismas de distracción que sirven de elementos paliativos ante un panorama cada vez más débil. Esto queda comprobado en el hecho de saber que es más importante dedicarse a una ciencia que propende por el hacer más que por el ser.

Se guarda siempre la esperanza de que exista un intento por encontrar un equilibrio o una intención por armonizar la vida a través de lo que hacemos, sin necesidad de irnos a los extremos y polarizaciones que en nada contribuyen al respeto por la diferencia social e individual. Nuestros jóvenes merecen más respeto, como respeto merece nuestro mundo que cada día se cansa más de un vida basada en el poder y el tener.

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