Esto fue lo que dejó el show mediático de la trágica muerte de Yeison Jiménez

La muerte de Yeison Jiménez desató un duelo masivo que evidencia cómo la música popular, los medios y el mercado convierten la tragedia en mito y espectáculo

Por: Lizandro Penagos
enero 19, 2026
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Esto fue lo que dejó el show mediático de la trágica muerte de Yeison Jiménez

Como es apenas lógico la muerte de Yeison Jiménez (Q.E.P.D.) se convirtió en un gran espectáculo mediático, otro más en esta vertiente de la música popular cuya senda rinde tributo a la herencia que nos dejó, primero, el ciclo de oro del cine mexicano, luego, la violenta turbulencia del narcotráfico que no cesa y, finalmente, la explosión de resentimiento social que eclosiona en el pueblo con letras donde alcanzar éxito, fama, gloria y dinero, viniendo de la exclusión, la marginalidad y la pobreza, es de un heroísmo extraordinario, al margen de que sea legal o ilegal.

Porque debe reconocerse que la mayoría de las canciones de este y todos los géneros populares que se convierten en éxitos indiscutibles lo logran por el nivel de identidad con las mayorías que, si bien son aupadas por los medios y otros factores sociológicos, es finalmente el pueblo quien decide lo que es o no es exitoso. Y aquello con lo que se identifican o no, aunque pueda parecer una decisión estrictamente personal, es también una construcción colectiva que se teje con los hilos muchas veces invisibles de la manipulación, pues si algo le dio Yeison al monstruo de las pantallas, fue carne para que en sus fauces rumiara toda su vida.

Ahora bien, las condiciones de tragedia y juventud del cantautor fallecido perpetúan esa proclividad tan humana a endiosar a quienes pierden la vida de forma prematura y dan paso a la deconstrucción del ser humano y el levantamiento del mito. Con la muerte de Darío Gómez (2022), considerado el Rey del Despecho, en la misma línea musical de Yeison Jiménez (aunque él la denominó “música regional colombiana”), el fenómeno de masas operó de manera diferente, pues ya había adquirido ribetes casi míticos. Los homenajes no fueron organizados de manera tan formal, aunque el de la Industria de Licores de Antioquia enarboló uno de los mandamientos del género y el consumo de aguardiente se duplicó en el departamento en los días de las honras fúnebres.

Después vino la novela, como en los casos de Joe Arroyo (2011) y Jairo Varela (2012), referentes nacionales de la salsa o Diomedes Díaz (2013) el mayor vendedor de discos en la historia del vallenato, que murieron por cuestiones médicas asociadas con sus hábitos y la edad; y a los que, si bien se les rindieron homenajes porque sus aportes trascendieron incluso nuestras fronteras, no alcanzan el nivel desatado con Yeison Jiménez, sus frases, sus ‘premoniciones’, su pasado, su riqueza, su particular filosofía de vida, dimensionada por las redes sociales de donde se nutría y, reitero, por su condición de tragedia aérea, que solo había cobrado en Colombia la vida del acordeonero Juancho Rois en 1994; porque en accidentes automovilísticos la lista es larga: Patricia Teherán (1995) Kaleth Morales (2005) Martín Elías (2017) y Romualdo Brito (2020), entre otros.

La cuestión es que el espectáculo con la muerte de Yeison Jiménez -y parte de su equipo de trabajo- ya bordea el hastío y el martirio. La transmisión en vivo del concierto/homenaje es entendible (el pueblo necesita ese ritual de veneración porque se identifica, porque vive ahora lo que él cantó, porque él lo ha había vivido y de ahí ese fervor a su narrativa de superación), así como como los féretros vacíos con las fotografías de las víctimas fatales; pero la reiteración incesante de una información que comienza a vaciarse de contenido cuando no hay nada nuevo qué decir, resulta verdaderamente insoportable, incluso revictimizante y no para el ídolo, sino para quienes murieron junto a él en el accidente, para sus familias.

En ese territorio imaginario de la realidad compartida con el héroe caído en desgracia por la tragedia, el pueblo evidencia una resistencia cultural que encierra muchos matices: el emocional, por ejemplo, e incluso el económico, porque recoge unas banderas identitarias que lo conectan con el origen común, con sus historias de vida (llevadas a sus canciones, videos y redes), con la humildad y la cercanía a esa sociedad a la que le cantó, pero también para la que él diseñó una imagen anclada en la vecindad; pero en el fondo con estrategias de consumo y mercadeo, ancladas en esa esperanza que se defiende en medio de la escasez para salir adelante.

Yeison Jiménez hizo parte de un fenómeno social desatendido y que no se ha pensado de forma crítica, y ese es que la música popular se ha convertido en la escuela emocional de amplios sectores sociales en Colombia, porque ni la familia ni la escuela han brindado esa posibilidad que otrora forjó cánones afectivos mejor elaborados. De ahí ese duelo colectivo, pero también de ahí, un legado emocional, sentimental, económico y hasta filosófico, que de a poco ha impuesto unos modelos de comportamiento frente al amor, las pérdidas, los duelos, las luchas, el trabajo, la amistad y la traición, entre muchos otros.

Y no es una cuestión menor, pues una sociedad que no comprende y maneja bien sus emociones es vulnerable y proclive a muchas otras problemáticas. Pero son temas que a los medios no les interesan y siguen su festín de carroña y dándole a sus audiencias más de lo mismo.    

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