¿Estamos condenados a cooperar en el Sistema Internacional?

El debate es largo, pero lo que sí queda claro es que los sujetos de derecho no son tan libres como se ha sugerido a lo largo del tiempo

Por: Felipe Lozano Rodríguez
Diciembre 12, 2018
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¿Estamos condenados a cooperar en el Sistema Internacional?
Foto: Pixabay

Al revisar La evolución de la cooperación (Axelrod, 1986), obra del PhD en Ciencias Políticas de la Universidad de Yale, Robert Axelrod, se pueden sacar diferentes conclusiones, que de una u otra manera desembocan en el grado de racionalidad del ser y su accionar.

En la actualidad se puede observar que el Sistema Internacional y las relaciones personales giran en torno a las preguntas, ¿cooperamos o no? Y si lo hacemos o no, ¿por qué? Ante estas interpelaciones académicas, el autor en cuestión, arguye, que con el objeto de tener éxito en un eventual resultado, en el marco de la cooperación mediante el juego del “Dilema del Prisionero” (extensivo a cualquier tipo de relación y nivel), se deben aplicar cuatro sugerencias de forma imperativa: 1. No ser envidioso. 2. No ser el primero en no cooperar. 3. Devolver tanto la cooperación como la defección. 4. No ser demasiado listo (Axelrod, 1986).

En perspectiva y de acuerdo a los resultados obtenidos por la sistematización del problema, evidentemente estas recomendaciones garantizan el éxito, aunque el mismo autor se contradice al manifestar que “el objetivo del juego es lograr una buena puntuación para sí mismos” (Axelrod, 1986); con lo que sus cuatro postulados pierden fuerza en la medida en que, de acuerdo al objeto del juego, el factor preponderante serían las utilidades.

De esta manera si se parte del hecho, en que las utilidades son la razón del juego, y haciendo esto extensivo a la cooperación, quedamos frente a la elección racional del ser (Becker, 1971) en aras del cumplimiento de su propósito, que supone, de un lado que la cooperación en todo sentido responde a un egoísmo racional, en donde se tiende a maximizar su utilidad-beneficio y a reducir los costos o riesgos; con lo que se puede obtener por resultado una elección encaminada a lo mejor y alejada de lo que cause un mal.

De otro lado, permite constatar una disparidad entre la racionalidad colectiva e individual, en tanto que si se planteara para un grupo de individuos se enfrentaría con la Tragedia de los Comunes (Hardin, 1968), donde un conjunto de individuos, actuando independiente pero racionalmente y estimulados por el interés personal acaban por destruir un recurso común aunque a ninguno de ellos, ya sea como individuos o en conjunto, les convenga que tal destrucción suceda.

Para esto, la evidente relación colonial del centro y la periferia, por ejemplo, Estados Unidos y Colombia, producto de la interdependencia compleja (Nye & Keohane, 1989) entre el segundo y el primero, permite constatar cómo no se propende por el beneficio común sino por el individual, donde se responde a los intereses particulares de las élites o señores feudales, para ser más precisos, y se da lugar a una de trampa social en la que se enfatiza un conflicto social sobre el uso de los recursos comunes al implicar una patente contradicción entre los intereses o beneficios de los individuos y los bienes comunes o públicos.

Lo anterior permite concluir que, en primer lugar, los sujetos de derecho no son tan libres como se ha sugerido a lo largo del tiempo; en segundo lugar, que la cooperación per se no es mala, lo malo es la forma en que se ejecuta y a los intereses que responde y cómo responde; en tercer lugar, es evidente que este círculo desastroso lleva a que, en palabras del psicólogo estadounidense Barry Schwartz, los ricos estén sobreconsumiendo y los pobres esperan impacientes a unírseles, hechos en cadena que nos dejan al frente de una condena irreconciliable bajo las condiciones hoy existentes, convirtiéndonos en palabras de Amartya Sen, en unos imbéciles sociales.

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