Opinión

Espacio público y ciudadanía

¿Cuántos miles de kilómetros cuadrados de ciudadanía nos hacen falta en este país para enfrentar entre todos el reto de construir la paz?

Por:
Octubre 23, 2016
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Por estos días de emociones fuertes y de tantas preguntas sobre la política, la participación ciudadana y sobre el significado de lo público, he recordado un hecho que viví cuando apenas iniciaba mis responsabilidades en el Concejo de Medellín.

Como presidente de la Comisión Permanente y ponente del Plan de Desarrollo 2008-2011, tuve la oportunidad de participar en el estudio y la discusión de un plan que contempló asuntos tan diversos como la Equidad, la lucha contra la pobreza, la cultura, el medio ambiente, la movilidad, la competitividad, la participación y el espacio público.. El plan es una hoja de ruta y un marco conceptual y legal para las inversiones y la transformación del territorio y de su gente y colaborar en su elaboración es una oportunidad sin igual para conocer un territorio a profundidad.

Son muchos datos, líneas bases y cifras las que se incluyen en una herramienta de planeación para definir los objetivos, pero recuerdo, entre muchos temas que me interesaron, uno que me impactó porque derribó una idea acerca de mi ciudad por la que había, además, sacado pecho anteriormente.  ¡Medellín tenía 4mt2  de espacio público por habitante y el referente nacional era de 10mt2!  ¿En serio? Nuestra ciudad, que en apariencia tenía tanto verde y en la que lo público se venía resignificando y posicionando con los parques bibliotecas, los museos, la recuperación del Jardín Botánico y los proyectos urbanos integrales ¿estaba tan quedada en términos de espacio público?

En el segundo año del periodo se presentó una buena oportunidad de incidir en el indicador de espacio público de la zona con el mejor índice de desarrollo humano de la ciudad, pero con uno de los peores en espacio público (2mts2 por habitante).  La Dirección Nacional de Estupefacientes le vendió al Municipio un terreno muy bien localizado, grande y lleno de árboles que perteneció a un gran capo del narcotráfico.   En compañía del Área Metropolitana y de la Dirección de Planeación iniciamos los estudios y primeros diseños de un parque ambiental que cambiaría la cara del barrio, de una parte de la comuna y que abriría un bien que representó el poder de la cultura mafiosa y de la violencia al uso público y la conservación ambiental.

Con planos, propuestas, programas, explicaciones y posibles socios llegamos a la primera reunión con un grupo de vecinos del lote.  Nuestro objetivo era nutrir el proyecto con sus ideas y propuestas.  Llenos de emoción empezamos la presentación, pero rápidamente nos interrumpieron con acotaciones como “¿Por qué quieren hacer un parque justo ahí?”  “Eso se va a llenar de marihuaneros y vendedores ambulantes.”  “¿Cómo podemos parar ese esperpento?”  “¿Quién me asegura que los atracadores no se esconderán allí?”  A pesar del impacto inicial por el tono negativo y las advertencias, explicamos las ventajas urbanísticas, ambientales, educativas y los beneficios en temas de convivencia y esparcimiento que significaban esos 30,000 mts2 de bosques, senderos y aulas planeadas.  “Yo prefiero cinco torres llenas de apartamentos a un parque,” dijo una señora en tono retador.  “Eso es que ustedes tienen un torcido con los que quieren hacer uso de las aulas” sentenció otro señor de seño fruncido en la última fila del salón comunal.  “¡No nos van a dejar dormir!” señaló otro vecino.

 

“¿Por qué quieren hacer un parque justo ahí?”
“Eso se va a llenar de marihuaneros y vendedores ambulantes?”
“¿Cómo podemos parar ese esperpento?”

Llegué a mi casa devastado.  No entendía cómo un proyecto que permitiría abrir y proteger ese hermoso terreno para que el uso  de familias y niños de manera gratuita y que era único en este lado de la ciudad se recibía con tal grado de agresividad y desconfianza.  El proceso de participación siguió en otros lugares y, salvo algunos vecinos que profundizaron en el tema y acabaron trabajando por mejorar el proyecto desde las propuestas, el común denominador fue la desconfianza y la oposición.

La Frontera

De la mano de la institucionalidad y del mencionado grupo de vecinos que se encargó de acompañar el proceso, el parque finalmente se construyó y es hoy un referente de ciudad y un gran espacio de encuentro. Hay una explicación profunda y perturbadora que da cuenta de las reacciones iniciales (y finales) de algunos vecinos:  el espacio público nos expone a otras vidas, a la necesidad de acordar y respetar unas normas básicas y a la prueba real de convivencia en la que compartimos de manera sana y edificante un espacio y un tiempo con personas diferentes a nosotros.

En este contexto de incertidumbre yo me pregunto (algo angustiado) ¿Cuántos miles de kilómetros cuadrados de ciudadanía nos hacen falta en este país para enfrentar entre todos el reto de construir la paz?

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