Opinión

Esculturas en bronce de Jorge Correa

Noticias de la otra orilla

Por:
junio 01, 2019
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Esculturas en bronce de Jorge Correa
Jorge Correa, esculturas en bronce, galería La Aduana

Dos interesantes series de esculturas en bronce tituladas La Magia Guajira y Dreamers estuvieron expuestas durante este mes de mayo en la Galería de la Aduana de Barranquilla, en el marco de la programación cultural de la Biblioteca Piloto del Caribe. El artista es un joven escultor nacido en Montería que está radicado desde hace varios años en México en donde ha desarrollado su carrera creativa dedicado a fondo a la creación escultórica.

En esta, que es su primera exposición individual en Colombia, Jorge Correa armó un interesante discurso museográfico para sus dos series con el propósito de plantear y proponer su visión personal y escultórica de un universo de formas poéticas que él mismo llama “realismo mágico contemporáneo”.

“La escultura no es un objeto, es una interrogación, una cuestión, una respuesta. No puede estar terminada ni perfecta”. Este pensamiento del gran maestro de la escultura moderna Alberto Giacometti, nos ayuda en mucho a enfrentar lo que nos dice esta sala que alberga los trabajos de Jorge Correa. La exquisita dimensión técnica de sus piezas, su feliz finalización escultórica de las mismas no agota todas las preguntas no halla todas las respuestas. Sin embargo, esa “misteriosa carencia” que nunca se sacia es la mejor manera de expresar su esencia y su sentido.

 

 

Por una parte, la exposición está integrada por un conjunto de dieciséis piezas logradas por virtud de una sobresaliente factura técnica que nos regresan a esa indefinible dimensión poética del bronce, tan profundamente inserto en la gran historia de la creación escultórica clásica y moderna a través del tiempo, pero tan poco trabajado ya hoy; o no tanto como se deseara.

Como dice el gran artista español Jaume Plensa, poeta, escultor, dibujante, grabador, escenógrafo y profesor, “lo maravilloso de la escultura es la imposibilidad de describirla y la relación directa, primaria, con la materia; tocarla para hablar de cosas que están por encima de nosotros”, que es lo que yo encuentro en este relato doble de las imágenes mágicas de Jorge Correa.

 

 

Lo que sorprende de este artista colombiano es su apuesta por buscar, en este consagrado material del bronce, como si quisiera reivindicarlo, como si quisiera devolverlo a días mejores, son los elementos fundamentales de un discurso de formas propias, en términos, digamos que técnicos, y al mismo tiempo la inscripción en una narrativa que quiere contar algo más allá de lo que dicen individualmente cada una de las figuras de estas dos series. Es una especie de todo articulado, interdependiente, que termina comunicando un entorno, una atmósfera argumental que el artista ayuda a crear con una museografía de luces y sombras en las que las figuras terminan cómodamente habitando el espacio expositivo, aunque el espectador sufra un poco sin los reflectores habituales de una iluminación convencional.

Correa cuenta entonces dos historias conectadas que se fundamentan y se inspiran, por una parte, en una profunda inmersión en la vida, el territorio y la cultura guajira, que el artista realizó durante algún tiempo en esa región, que es la magia Guajira; y por otra parte, su serie Dreamers, que alude a un tema de siempre, pero hoy reactualizado dramáticamente en la vida contemporánea con fuertes connotaciones humanas, culturales y políticas como es el caso de los migrantes soñadores que caminan el mundo de hoy traspasando las fronteras geográficas y legales, creando con ellos una serie de personajes míticos que le comunican a la idea artística de Correa una interesante fuerza creativa y conceptual.

Ambas ideas están inmersas en el reclamo de una conciencia climática, medioambiental, cuya crisis amenaza la belleza dolorosa de esa magia guajira y expulsa también a cientos de miles de personas de sus territorios, de sus ciudades, de sus países como consecuencia de una política que tiene una terrible visión del crecimiento y el desarrollo, nacional y planetario, que amenaza a una idea civilizada de la humanidad.

 

 

Los personajes de Correa parecen estar todos en una cierta actitud de espera, algunos, los migrantes, enmascarados con largos picos que parecen otear en el aire un improbable destino; y las mujeres guajiras “añingotadas”, sentadas o de pie, con sus mochilas cargadas con la frente, llenas de alguna cosa mítica y sustancial, pero desafiando con su desnudez y con su espigadas figuras el arquetipo étnico y cultural que gravita en el imaginario que todos tenemos de las mujeres en esas complejas sociedades del Caribe colombiano.

La muestra de Correa, desde su exitosa noche inaugural el pasado diez de mayo, hasta las visitas cotidianas que recibió durante los veintidós días de exhibición que terminaron el  viernes 31 del mismo mes, llamó la atención de legos y especialistas que pudieron acercarse a la galería de La Aduana, y movió el ánimo de coleccionistas que se llevaron casi la mitad de las piezas expuestas.

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