Texto escrito por: Juan Pablo Gómez
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El fuego recorría el pico de la montaña sinuoso; en plena caída del sol era una serpiente de fuego zigzagueando camino a la montaña sagrada de Iguaque. Es difícil en una imagen así no recordar a los dioses antiguos que se manifiestan en sus mil maneras, y a los antiguos moradores de estos cerros hermosos no llegar a la conclusión de que la serpiente Molá está trabajando con su fuerza en reformar este territorio. La tierra está agrietada, los árboles secos y el fuego va tomando fuerza.
El primer día que llego con las brigadas de combate me siento un poco perdido, en especial porque siempre he tenido con el fuego una relación divina, en el sentido místico del término. Aprendí a adorarlo, como sanador, como figura elemental, y entregué al fuego, o lo sigo haciendo, mis miedos y temores, porque los devora, y a cambio me habla, en su voz, esa voz que ruge ligero y resquebraja, ese tintineo agudo con que nos cuenta que está rompiendo la madera y luego la voz que lanza al aire, que es más bien un batir de alas, una voz desde la garganta de un dios colosal. Después el fuego también me ha mostrado cosas: con su manera de pintar el mundo va diseñando figuras oraculares que me han dado guía. Que me han dado luz, aunque suene tonta la figura que uso, es así. Y ahora, el fuego es el enemigo, la bestia que debemos combatir. Hombres contra dioses, a sabiendas de nuestra mortalidad y de su fuerza.
Lo primero que encontré en la base fue a la Comandanta Majo; me gusta ese nombre con que la llaman porque, aunque parece un diminutivo, me recuerda a un guerrero navajo. Ella es fuego; aunque de nuevo suene tonto el símil, lo es, es pura candela, y se enciende con la adrenalina de la aventura que resulta que le regala la oportunidad de cuidar la montaña. La voz de Majo es mando y no hay quien se detenga a cuestionarla. Entonces me manda con un primer grupo a bajar por las faldas de la montaña en búsqueda de fueguitos que han quedado huérfanos, pero que deben extinguirse antes de que el viento los arrastre hasta convertirlos en otro anillo de la serpiente.
Aquí es cuando me detengo a pensar en las películas bélicas que todos tenemos en la memoria. Difícil no sentirlo así. Un grupo de ocho hombres, todos con uniforme de guerra, machetes al cinto —como espadas bárbaras—, hachas y cascos, caminando en fila, en silencio, conmovidos por la fuerza devastadora de un paisaje apocalíptico: lo que antes era un frondoso bosque nativo, ahora son columnas de palos ennegrecidos y un tapete blanquecino, que más parece una postal de un paraje de las estepas rusas en invierno. No parece quedar ninguna señal de vida, al menos en la superficie. Cada paso levanta una nube de polvo que nos recuerda una y otra vez que eso somos, que ese es el sentido de todo, que ese fuego es absoluto y nosotros insectos, hormigas alineadas para enfrentar al monstruo.
El primer fuego que veo logramos combatirlo con eficacia, pero es apenas el inicio. El comando con el que vengo lo rodea y pronto termina ahogado en tierra. Una última bocanada de humo sale del suelo y nos vamos. Satisfechos, pero sabiendo que en unas horas más tarde o al día siguiente podría despertar de nuevo; con un soplo divino se levantará de entre los muertos más enfurecido y con sus propios aprendizajes para atacar de nuevo.
El día uno es agotador, andar la ladera de la montaña siempre empinada destruye las piernas. Los tanques de agua de espalda son rígidos y pesados y se hacen más duros cada vez que uno es arrastrado por un deslave de tierra y cae al fondo con el propio peso más el peso del agua, que nunca fue tan importante como ahora, nunca una gota de agua me pareció tan vital como en esta batalla. En cierto punto me separo del grupo por accidente y me pierdo entre el bosque. Esa soledad de las batallas es un recordatorio de la vida misma. Es tonto convertirlo todo en un mensaje vital, pero inevitable, imposible negarse a hacer esas reflexiones cuando uno está en medio del cadáver de sus bosques amados, que tanta vida respiraban, haciendo conciencia de la soledad y la impotencia.
Tuve que caminar largo con el equipo al hombro hasta que escuché una voz gritando en la profundidad buscando ayuda. Esa ayuda sería mutua. Ella, una mujer que no me dijo nunca su nombre, me saludó como si nos conociéramos de siempre y hombro con hombro trabajamos un par de horas hasta acabar con el enemigo en la zona. Luego me miró a los ojos, con la complicidad de quienes tienen objetivos comunes, y se fue, a perderse en el cadáver del bosque en búsqueda de más fueguitos que atacar. Yo encontré uno pequeño que quise apagar solo, pero el fuego fue creciendo y creciendo pese a mis esfuerzos o gracias a ellos hasta hacerse grande y amenazante. Cuando sentía que ya me estaba venciendo llegaron de la nada cinco hombres vestidos de amarillo, armados hasta los dientes, un comando especial de la defensa civil que escuchó el crujido de la madera y llegó corriendo a atacarla con la precisión de un grupo de élite.
El siguiente día María viene conmigo, esperamos trabajar de la mano. Dejamos a los niños para podernos concentrar en esta misión y nos enfrentamos a estos fuegos huérfanos un buen pedazo de la mañana. Dejándose resbalar por las paredes de ceniza hasta el fondo de un cañón para atacar los humos de fuegos agonizantes antes que el soplo divino los levante. A medio día llegamos a la base a encontrarnos con el resto del escuadrón. Ahí estaba Majo, la comandanta, aguzando la mirada desde la terraza para detectar con precisión de predador cualquier pequeño hilo de humo que se dejara ver. Junto a ella siempre está Pablo. Él me da confianza porque conoce a la perfección la geografía de la zona, la ha andado mil veces. Y conoce de nudos y cuerdas y escaladas, y tiene además el ímpetu de la comandanta. Es fácil entender por qué se quieren tanto, si comparten esa furia de la juventud y ese amor por la montaña.
Los Apus los miran con cariño, los acarician con la mirada, con esos dedos viento suave que a veces sueltan por sus laderas para tocarnos y darnos aliento. Pablo y yo miramos la punta del cerro y sin decir mucho sabemos que es necesario subir a apagar ese fuego que parece propagarse. Sabemos que hay un batallón atacando el fuego más grande, uno que se cuela por la cuchilla de un desfiladero que llaman Tintal. Pero del otro lado, unos kilómetros al sur de ese abismo, hay un fuego huérfano que cada vez se ve más poderoso y que nadie está atacando. Nos ponemos cada uno un tanque en la espalda, una espada al cinto y nos trepamos a la montaña. El cerro es empinado, duro de andar. El suelo se ha estado deslavando por la falta de árboles que lo agarren, cada pisada puede ser polvo. Pero subimos. Unos kilómetros más tarde las piernas ya empiezan a pasar factura de la acumulación de millas, pero el fuego ruge y nos llama con sus ojos de volcán. Pablo es fuerte, de paso firme, acostumbrado a estas rutas. Yo no quiero perderle el paso y aprieto los dientes como puedo convencido de que el cansancio puede domarse con la mente. Aunque a veces las rodillas me recuerden lo contrario. Cuando finalmente logramos coronar el cerro, nos paramos un momento a respirar. Desde ahí, desde la altura de los ojos del Apu se domina el valle. Un halcón nos ronda y canta. No sé si está buscando su nido o dándonos aliento para lo que viene, pero nos da varios giros, varios gritos de guerra y nos mira, sin duda nos mira fijamente.
Aquí debo recordarle a los que no lo saben que Iguaque es un cerro sagrado, de su laguna salieron los primeros chibchas, pobladores de esta zona, su laguna es vientre de donde nacimos todos convertidos en serpiente para luego alzarnos en dos piernas y habitar este hermoso valle que ella siempre materna.
Ahora estamos ahí, en Iguaque, en la cima del cerro, viendo el mundo que la laguna mira, viendo el horizonte que el Apu controla.
Pablo amarra su cuerda a una roca y del otro extremo se ata la cintura para descolgarse por la ladera para atacar un fuego que no parece querer rendirse pronto. Yo soy muy temeroso de la altura, y pisar sobre pendiente es difícil, se amarra uno con los sóleos y los dedos de los pies a una tierra que se va lanzando de a poco por el despeñadero. Desde donde puedo disparo algo de agua hasta que el fuego parece adormecido, pero no muerto. Entonces salgo de ahí, porque escuchamos que arriba hay un fuego más fuerte. Rodeo el pico de la montaña hasta encontrar un árbol ardiendo. Evito el humo para atacarlo por el costado, contrario al viento, donde el enemigo no pueda olerme.
Me voy agazapado por el cañón despacio, camuflado por el mugre y la hojarasca. Encuentro un difícil acceso empinado que debo bajar con precaución, dejándome arrastrar por pequeños tramos, calculando que la caída se va frenando de una rama a la otra hasta llegar a una zona donde puedo asirme y clavar los pies con cierta fuerza. Ahí miro al fuego a los ojos, ese fuego que adoro y que me mira ahora sin verme, ocupado de su propio proceso, alimentando su hambre, andando su propio y egoísta camino de dioses. Con mi machete, enfurecido lanzo zarpazos para abrir camino y quitarle líneas de escape a ese fuego que cada vez se ve más grande. En el fondo de la montaña escucho más sonidos del metal trabajando contra el tiempo, y ese sonido me anima, me hace saber que no estoy solo, que hay un batallón del otro lado trabajando en silencio. La respiración se agita y se hace difícil, pesada, densa. El humo a pesar de las gafas enceguece. Entonces cuando ya abrí un poco el camino, me acerco a los pies de ese fuego para golpearlo, caminando con peso, porque los pies se entierran en la hojarasca como se entierran en la nieve, unos treinta o cincuenta centímetros de hojas secas que hacen cada paso más duro para las piernas. Lanzo un golpe con la pala para atacar un fuego y este me responde con el resoplido de un dragón. Escupe una bola de fuego enfurecida que se levanta dos metros sobre el suelo y me advierte de su contraataque.
Ahí por donde entré a esa madriguera de la bestia con tanta dificultad tengo que salir huyendo en segundos, agarrado de las pocas raíces que quedan enterradas, en segundos antes de que una bocanada sea escupida a mi espalda. Alcanzo a sentir el fuego que me abraza, mi gorra se enciende y corro, a ponerme a salvo. Ahí me encuentro con Pablo y con Majo. Ellos están en su propia batalla, descolgándose por el risco con sus cuerdas. Mi pequeña historia es una historia más, de las que cada uno va juntando en esta tarde de trabajo. La bestia está enfurecida ahora, no se detiene, no tiene tiempo para pensar en nosotros, solo atiende su propio apetito. Majo, Pablo y los demás me dan agua, comida, apenas un abrazo y se lanzan a seguir trabajando. Yo me siento frustrado y vencido. El camino de regreso es largo, mientras yo bajo, con las piernas adormiladas por ese último esfuerzo, decenas de personas van subiendo. No me conocen, pero me dan agua, fruta, aliento, van caminando juntos, el camino que yo subí. Sé el esfuerzo que llevan encima, sé a lo que se van a enfrentar, pero yo me siento rendido. Siento que no hay manera de calmar a la bestia, no este día, al menos. Entonces escucho la llegada de los helicópteros, y no puedo evitar recordar Apocalypse Now cuando llegan los helicópteros tocando La cabalgata de las valquirias, ellos sembrando fuego, nosotros apagándolo. Dos helicópteros rodean la montaña y sueltan unos escupitajos de agua en la boca del dragón. Solo espero que sean suficientes para adormilarlo y no aliento para que tome más fuerza.
Al volver a la base está María esperándome. Sus ojitos brillando me dan fuerza. Ella viene de su propia batalla. Las suelas de sus botas de trabajo están derretidas por el calor del piso, su cara tiznada, sus brazos adormilados por las herramientas. Sentarme a agarrarla de la mano viendo la montaña es un final perfecto para una tarde frustrante. Miramos la montaña. El Apu nos mira. Somos hormiguitas en la panza de dioses hambrientos. Una mujer nos dice: a veces la montaña es más lista y nos entrega enseñanzas que nos cuesta entender. Detrás de ella veo una línea de hormiguitas que suben por el camino por el que bajé, cargando agua por montones, con sus espadas al cinto, sus botas de trabajo y el fulgor en su mirada, convencidos de que aunque no nos conozcamos unos a los otros, estamos tejidos, una mano detrás de la otra, enfrentando dioses, seguros de nuestra mortalidad y pequeñez, pero invencibles, porque seguimos subiendo, uno tras otro, cada cual seguro de que hará la diferencia, mientras el fuego arde, ruge, aúlla, como un lobo en el cañón de La Colorada.
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