Entre el voto y el veto cristiano

La adhesión de sectores cristianos al Pacto Histórico ha suscitado todo tipo de críticas y opiniones. ¿Por qué no es incoherente esta alianza?

Por: Ethan Frank Tejeda Quintero
septiembre 21, 2021
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Entre el voto y el veto cristiano
Fotos: Pixabay/Leonel Cordero

Tras horas y horas de escuchar a los medios afectos al Partido "Berde", (así con B de Plan B), tras leer los editorialistas de la "división" de la esperanza, surge una pregunta: ¿por qué les molesta tanto que los cristianos quieran votar por Petro? ¿Qué los mueve?, ¿los lugares comunes?, ¿los estereotipos?

Pensar que una alianza con sectores cristianos significa la renuncia a la defensa de los derechos civiles es casi como argüir que un proyecto que va de la mano de los judíos va a institucionalizar la circuncisión. Basta ya. No más sensacionalismo y ascos infundados. A pesar de la vileza "purista" que gobierna al país, hemos luchado contra el micromachismo y el endorracismo. A un alto costo, hemos intentado ir en contra del feudatarismo y del traqueterismo. A pesar de estar bajo el influjo que convierte a los seres en productos hemos hecho lo posible por valorar las diversas manifestaciones de lo humano. Entonces, ¿por qué por estos días en Colombia se ha normalizado la intolerancia por motivos religiosos?

Cuando hablo sobre la cristiandad con personas de diversas formaciones y orígenes afloran: "No sé, me causan desconfianza", "los cristianos son un peligro", "seguro quieren diezmar el Estado". Sin saberlo, obran reproduciendo la tendencia a ignorar. Me recuerdan a esas personas que juzgaban en el otro lo que naturalizaban en sí mismos por medio del lapidario: "Y eso que es cristiano".

Sin duda, en medio de la larga historia de la evangelización de Occidente, a nombre de Dios se dieron cosas injustas y horrendas, desde las cruzadas —nombre hoy localizado sobre movimientos juveniles— hasta la elección de Uribe como presidente para dos periodos en cuerpo propio y un tercero a través de un ávatar; desde las cacerías de brujas hasta los ametrallamientos de los barrios en el estallido social de 2021; desde los juicios de Salem hasta la proclamación como "líderes mundial" de sujetos como Bolsonaro, Mussolini, Díaz Ayuso, Pinochet, Franco. Tipos todos que pasaron de estar convencidos de "hacer el trabajo de Dios" a considerarse la encarnación de lo divino.

La tradición vil de la instrumentalización de la dialéctica entre identidad y religión y del pregón de dictadores que dicen "defender principios cristianos" nos hace perder de vista un hecho: resulta complejo que la palabra evangelio esté asociada a asuntos como El Requerimiento, los juicios de las cortes inquisitoriales, las actas de "normalización del mundo" a través de la unificación de la fe, o la carrera política o pública de reaccionarios como Escriva de Balaguer, esclavistas como Sergio Arboleda, fascistas como Alejandro Ordóñez y cínicos como Barbosa, Duque, Cabello, etcétera.

Hoy, y se entiende por el secuestro de la biblia por parte de los poderes fácticos, se usa la palabra "cristianizar" para localizar a los procesos de poda de las opciones en lo múltiple. Mientras se asume la identidad cristiana a lo retardatario y al apoyo ciego a proyectos inconsecuentes como el que desde 2002 gobierna al país. Algo errado, porque en el relato crístico es más importante la poética del sacrificio personal que el afán por imponerse sobre otros. No hay un solo atisbo de autocomplaciencia o justificación en el relato de Cristo. Él debe ser ajeno —no asociarse nunca— a las personas sumergidas en el culto a la personalidad.

Lejos del proselitismo religioso cabe decir que las parábolas del Nuevo Testamento están llenas de la sabiduría requerida para la significación y el reconocimiento de la diversidad. El Jesús que muchos usan en sus columnas es el que desaloja a los mercaderes del templo, al cual no complementan con el hombre que habla y reconoce a los individuos y pueblos que los mayores consideraban indignos. Nunca relatan al que transforma a especuladores y cobradores de impuestos. No mencionan a aquel que no soporta la muerte injusta, que abraza a los leprosos y le reconoce gracia y gloria a quienes son justos, sin importar si comparten con él o no el conocímiento de doctrinas. Nunca hacen por interpretar a aquel humilde maestro de caminos que pagó con un beso la traición.

No se les pasa por delante el sujeto que no se dejó defender a fuerza de espada. Por eso, es paradójico que Jesús sea el pretexto de ególatras y de capitanes. En medio de las columnas de opinión, no significan al hombre atado y suspendido que observa la ambición de los soldados y que sufre la humillación de los centuriones. La doctrina cristiana en sí no propende por la eliminación del otro. No busca la normalización en lo injusto, indigno y horrendo. Muchos filósofos, entre ellos Paul Ricoeur, retomaron la llamada regla de oro y estudiaron el 'Sermón de la montaña' para describir y descubrir las consecuencias de "orar por el corazón del otro".

La idea de "enemigo" y de "rival" es sembrada en medio de la historia de la cristiandad por los usos políticos y bélicos que se hicieran de las escrituras en los tránsitos entre los polípticos terrígenos —superviviente en Colombia por medio de la representación que en el Senado tienen los "corredores de cercas"— , tratantes —presentes en nuestra cotidianidad por culpa de esos que a la menor provocación arman o un cargamento o un ejército—, marchantes
—resistentes en Colombia, porque no hay mejor negocio que concentrar o problematizar las relaciones exteriores- y traficante— dueños del destino del país gracias a la idea "muchos carteles, un solo partido".

Aquí, como suele suceder en los entornos que nunca superaron la Conquista, el nombre de Cristo se convirtió en bandera de los ambiciosos, mientras que su mensaje resistía entre los más humildes o débiles. Esos que reconocen que no hay ni piedad ni solidaridad ni fraternidad en la obstinación de Julio Sánchez Cristo de llamar "Diosa" a la alcaldesa de Madrid —una persona que solo tiene a su haber la mentira y el éxito político—. Que representa a aquellas figuras cuyo encumbramiento les sirve a los fuertes en eso de reducir la cristiandad en empresa. A pesar de ello —y de ellos— la potencia de la voz de Jesús supervive para que las mayorías puedan asir la voluntad de entender el camino de abandono de las animosidades. Lo que hace posible que lo mejor de lo humano prevalezca.

Por eso, asumir a la cristiandad las desconfianzas y los resquemores que el brutismo significa quizás una acción similar —en actitud y en discurso— a la de asumir al socialismo todos los equívocos y brutalidades del militarismo. Es triste que la imagen pública de la cristiandad en Colombia se origine en aquellas denominaciones —líderes y congregaciones— que aún no pudieron superar el Deuteronomio. Es patético que la idea que tenemos de Cristo provenga de aquellos que tienen vivas en los ojos a las escenas de padres sacrificando hijos, de hermanos matando hermanos y de comunidades expulsando leprosos. Es una evidencia del deseo por el "siempre" en lo y para lo injusto el negar la probabilidad de asumir que el ahora en la fe tiene muchas diferencias con la narrativa que muchos entienden como "deber ser" y que quien estudia a las diversas doctrinas sabe en función de una dinámica de perfectibilidad del ser. Dios sigue siendo el mismo, pero su relato se ha transformado. Muy a pesar de aquellos que se lucran de extraviar el entendimiento de lo que son las ofrendas y los testimonios.

No les voy a pedir fe, sería un atrevimiento de mi parte, pero sí les insisto en no caer en eso de pensar que en Colombia la cristiandad no va a sobrevivir al uribismo. Despreciar el voto cristiano es un error. Deberían saber que quien es cristiano se cuida de idolatrar y no ve con buenos ojos la ostentación. Los cristianos se habrán de sumar en la elección de sujetos que no necesiten llevar en sus viajes un número de escoltas tan elevado como los que se requieren para llenar un tablero de ajedrez en vivo ni verán con beneplácito a esos que son gustosos de que todos los miembros de su delegación se pretendan discípulos.

Los hombres y mujeres de fe hoy merecen participar de la reconstrucción del país en el posuribismo. No es justo solo localizarlos en el ánimo de "restauración" (no queda mucho que restaurar tras la confusión de los intereses de los diversos focos de la corrupción con el proyecto de Nación). Los cristianos saben que quien obra para el mérito no se angustia por ver su rostro en monedas de oro ni se enloquece por la posibilidad de escuchar su nombre entre los versos del himno. Quien conoce la doctrina cristiana sabe que hay propaganda que repare a un pésimo testimonio.

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