En el Meta hay una música que no se aprende: se hereda. Se cuela entre el polvo de las sabanas, en el trote de los caballos y en el sonido agudo del arpa que, más que instrumento, parece latido. Ese pulso volverá a sentirse con fuerza entre el 13 y el 17 de agosto, cuando Villavicencio reciba una vez más el Torneo Internacional del Joropo, un evento que, lejos de ser solo un festival, se ha convertido en una declaración de identidad.

Serán 58 años de historia los que se celebren en esta edición. No es poca cosa. Desde que en 1962 el legado de Miguel Ángel Martín ayudó a sembrar esta tradición, el torneo ha sobrevivido a cambios políticos, económicos y culturales, manteniéndose como uno de los escenarios más sólidos del país. Pero lo que ocurre en el Meta no es nostalgia: es evolución.
La gobernadora Rafaela Cortés lo tiene claro. Por eso, en medio de anuncios que apuntan a fortalecer el turismo y la proyección cultural del departamento, decidió que el homenajeado de este año fuera Jhon Onofre, un artista joven que ha logrado lo que muchos creían imposible: hacer que el joropo dialogue con nuevas generaciones sin perder su esencia.

El reconocimiento no fue un acto protocolario frío. Ocurrió en un ambiente familiar, cargado de emoción, como si el territorio mismo le hablara al artista. Y es que el joropo, en el fondo, sigue siendo eso: una conversación íntima entre quienes lo viven.
El joropo que se baila, se estudia y se reinventa
El Torneo Internacional del Joropo no es un evento de una sola cara. Es, más bien, un ecosistema cultural. Mientras algunos lo viven desde la danza o la música, otros lo estudian, lo investigan y ahora también lo filman.
Por un lado está el Joropódromo, que este año cumple 25 años y que se ha convertido en uno de los espectáculos dancísticos más impactantes del país. Más de 3.000 bailadores, organizados en más de 200 grupos, tomarán las calles de Villavicencio en una coreografía masiva que mezcla disciplina, tradición y una energía difícil de explicar. Desde niños hasta adultos mayores, todos caben en ese desfile que recorre la ciudad como una especie de río humano.

Pero el joropo también se piensa. La versión número 20 de Joropo Académico demuestra que la tradición no está reñida con la reflexión. Allí, investigadores, músicos y académicos dialogan sobre el pasado y el futuro de este género que, aunque profundamente arraigado en lo rural, ha encontrado nuevas formas de existir en lo urbano y en lo digital.
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Y como si fuera poco, el festival se abre a otros lenguajes. El cine, por ejemplo, se suma con el Festival Internacional “Pele el Ojo”, una apuesta que busca contar el llano desde nuevas narrativas audiovisuales. No es casualidad: las historias del Meta ya no solo se cantan, también se filman.
Un territorio que apuesta por su cultura como motor
Detrás de toda esta maquinaria cultural hay una idea clara: la cultura también es desarrollo. El Meta no solo está organizando un evento, está construyendo una estrategia.
La reciente declaratoria de las carretillas frutícolas de Lejanías como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación es una muestra de ello. No se trata únicamente de exaltar el joropo, sino de reconocer todas esas prácticas cotidianas que le dan forma a la identidad del territorio.
En ese contexto, el torneo se convierte en una vitrina. No solo para los artistas, sino para todo el departamento. La gastronomía, los paisajes y las tradiciones se alinean con una apuesta turística que busca atraer visitantes nacionales e internacionales, en un momento en el que Colombia compite por posicionarse como destino cultural en la región.
Y ahí es donde figuras como Jhon Onofre cobran relevancia. Su trayectoria, marcada por la capacidad de innovar sin romper con la tradición, simboliza ese punto de equilibrio que el Meta está intentando construir: respetar el pasado, pero sin quedarse atrapado en él.
Porque el joropo, al final, no es una pieza de museo. Es una expresión viva que se transforma, que se adapta y que sigue encontrando nuevas formas de sonar. En Villavicencio, durante cinco días de agosto, ese sonido volverá a tomar las calles, recordando que hay territorios donde la cultura no es adorno, sino raíz.
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