Encuentros y desencantos en el Metro de Medellín

"En la ciudad más innovadora del mundo no hay un metro para personas, parece más bien para ovejas"

Por: Daniel Valencia Yepes
agosto 14, 2014
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Encuentros y desencantos en el Metro de Medellín
metrodemedellin.gov.co

El metro de Medellín es para esa ciudad toda una institución y más allá de eso, se ha convertido en un motivo de orgullo que representa los así llamados ‘valores tradicionales de la cultura paisa’: la pujanza, el espíritu emprendedor, la organización, la verraquera y, yo diría, el sentimiento de exclusividad y el ser insuperables –“la raza paisa”, como el metro, son únicos en este país-. Claro que no todos los antioqueños hoy en día pensamos así y, por supuesto que hay que decirlo, el metro es un excelente sistema de transporte.

El metro de Medellín es uno de los más bonitos y bien tenidos en el mundo, de eso se precian en la ciudad. Y de hecho si se lo compara con el metro de Berlín, New York o Barcelona, es posible constatarlo: no hay rayones o grafitis, las sillas del tren, los vagones por dentro y las estaciones están limpias, no se siente olor a humedad, etc. Sin duda la pulcritud y las ‘buenas costumbres’ reinan en el transporte estrella de la ciudad, ¿pero a qué costo?

Cultura Metro es como se ha denominado la campaña de buen comportamiento y sentimiento de pertenencia promovida por los operarios del sistema, para que los usuarios sientan empatía por él y se comporten de una manera cívica. Cualquiera que haya utilizado el metro de Medellín estará familiarizado con frases como: Ceder el puesto es muy fácil, cedámoslo a mujeres embarazadas o personas de la tercera edad o con discapacidad; Guardar silencio para no molestar a los demás es signo de buena educación de la Cultura Metro; No consumir bebidas ni alimentos dentro del tren hace parte de la Cultura Metro; entre otras.

Efectivamente, los paisas y los que vienen de afuera no tocan el metro ni con el pétalo de una rosa, ni lo maltratan, ni lo ensucian, ni hacen ruido, ceden el puesto, en fin. En parte por la campaña, en parte porque la gente se siente orgullosa de contar con el único metro que tiene el país. Y está bien reforzar un comportamiento cívico a través de la pedagogía, pero la repetición constante de mensajes que dicen qué hacer y qué no y la super vigilancia en el metro, no estoy seguro de que sean los mejores métodos –los más conductistas y disciplinarios sí-. Sin embargo, no es un secreto para nadie que la Cultura Metro y el mediano nivel de civismo de la mayoría de las personas no llega sino hasta las registradoras de la entrada y muchas veces ni siquiera hasta ahí: del metro hacia afuera se nos olvida todo y pasamos por encima del que sea.

El día jueves 7 de agosto de la semana pasada un joven músico abordó uno de los vagones del metro en la estación Industriales y empezó a tocar una pieza folklórica colombiana con su violín. Los usuarios, gratamente sorprendidos, lo grababan con sus teléfonos celulares y lo escuchaban y algunos decidieron darle una propina. Al joven, que ni siquiera estaba pidiendo dinero a los viajeros, dos agentes de la policía y un trabajador administrativo del Metro de Medellín le pidieron que se bajara. Como no quiso hacer caso y los esquivó decidieron usar la fuerza, agarrarlo por el cuello, maltratarlo innecesariamente y expulsarlo arrastrado aún ante la indignación de los pasajeros que decían que no lo trataran así porque no estaba haciendo nada malo y, ante los gritos del propio muchacho que pedía que no lo agredieran y no le dañaran el violín.

En los subterráneos de otras ciudades en el mundo siempre pueden encontrarse músicos tocando los más variados instrumentos y piezas: acordeonistas tocando polka, pianistas interpretando a Mozart, arpistas tañendo melodías medievales, jóvenes cantando Hip-hop, en fin, guitarras a ritmo de rock, tango o música folklórica de cualquier parte del mundo. Los músicos hacen parte del paisaje y la cotidianidad urbanos y, las personas que viven en metrópolis con este sistema de transporte, saben que los encontrarán ahí independientemente de si les dan plata o no o quieran escucharlos o no. (ver ejemplos Postdamer Platz Berlin, París, Berlín 1, Berlín 2)

Pero no en Medellín, no en la Cultura Metro¸ no en la ciudad ‘más innovadora del mundo’, no; aquí lo que se salga un poco de la norma es un problema y un crimen. El metro se mantiene limpio y en silencio, sí, pero al precio de maltratar a los ciudadanos que hagan algo distinto a lo que dictan los mensajes de esa disque ‘cultura’, aunque sean demostraciones artísticas, bellas e inofensivas.

¿Hacen esto pensando en la imagen del metro, en el qué pensarán afuera o en qué? Si un extranjero que vista la ciudad por la Feria de las Flores se encuentra con esta escena bochornosa y patética, seguro se llevará la peor impresión de la ciudad. No es un metro para personas, es un metro para ovejas.

Como mencionaba, en esas otras ciudades los trenes suelen estar rayados, sucios e incluso tener olores extraños, pero por lo menos son más acogedores y abiertos a sus ciudadanos. Si uno se ha tomado unas copas (incluso si está borracho) y no puede conducir o vive muy lejos y no tiene como pagar un taxi, puede contar con el metro que lo lleve a casa seguro. Los metros son un punto de encuentro y de intercambio donde personas de todo tipo, clase y estilo confluyen y viven su ciudad.

Yo por ejemplo nunca he visto a un indigente o un travesti utilizando el metro. En Medellín se promueve desde la institucionalidad que no se consuma alcohol y se conduzca un vehículo y, claro, se quejan de la alta accidentalidad y endurecen las penas y los castigos, pero el sistema cierra temprano y no permiten subir a personas alicoradas… Ningún tipo de muestra artística o social es permitida: el Día sin Pantalones (más allá del contenido de fondo que tenga esta demostración) no permitieron que muchos usuarios se desplazaran en el metro por no vestir pantalones (por puro moralismo y pacatería, estoy seguro), pero al mismo tiempo a lo largo del recorrido pueden observarse decenas de avisos publicitarios con mujeres y hombres mucho más ligeros de ropa que los personas a quienes negaron la entrada.

Dice un comunicado oficial del metro publicado  el 12 de agosto: “Cualquier manifestación que se realice por fuera del ordenamiento de la Empresa, estará incumpliendo la norma y el reglamento del usuario […] Se invita a los artistas y a los diferentes colectivos de la ciudad, a que cualquier manifestación cultural se realice de manera coordinada y concertada con el Metro para garantizar la seguridad y el bienestar de todos los usuarios”. ¡Uy sí, seguro que todos los pasajeros ese día vieron su integridad física amenazada por el violinista y sintieron un malestar terrible! Se habla mucho de educación, de cultura, de innovación, de Medellín una ciudad para la vida, del arte, de la innovación, pero se trata como a un criminal a un músico que se sube a tocar violín al metro. Todo esto me hace decir: ¡Qué doble moral tan… descarada! –Por no decir otra cosa-.

Para sacar al joven violinista a las patadas, para parar a las personas que se sientan en el suelo a esperar el próximo tren o para sacar a los usuarios que esperan en la plataforma si no abordan el siguiente vagón, los administradores del metro y la policía están ¡siempre prestos, a la orden y en servicio! Y en cambio, mientras normalmente a las seis de la tarde el sistema colapsa por completo y la algarabía y el desorden se apoderan en las estaciones –llegando a ser peligroso- y sí se necesita de su presencia y gestión, nadie aparece, dejan los puestos vacíos y simplemente permiten que el desorden y los atropellos reinen en el sitio. ¡Me encanta la Cultura Metro!

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