En tiempos que dan para preocuparse... ¿De qué se ríe, señor candidato(a)?

Si fuera publicista propondría que los candidatos salieran muy serios, con el rostro adusto y preocupados por la situación, en vez de aparecer muertos de risa

Por: German Peña Cordoba
febrero 21, 2022
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En tiempos que dan para preocuparse... ¿De qué se ríe, señor candidato(a)?

En un abrir y cerrar de ojos la ciudad se colmó de vallas publicitarias. Igual fenómeno se da en pueblos y demás ciudades de Colombia. Desde enero de este año que corre y vuela, comenzó la actividad que ahonda la contaminación visual existente: es la ostentosa propaganda política generada por la proliferación de candidatos lanzados de manera voraz a la conquista de una curul, en Cámara o Senado del Congreso de la República.

Se percibe un exceso de candidatos con deseos de servir a su pueblo desde el Legislativo. Llenos de fervor, entusiasmo y bondad, desean sacrificar unos años de su vida, para ofrecerlo y dedicarlo al servicio público. No es ironía; es lo que en condiciones normales podría pensarse en una sociedad con cultura política, civilizada, justa y equitativa. Pero como claramente no es nuestro caso, entonces sí, podría interpretarse como ironía.

Atrás quedaron los afiches de propaganda política pegados en los postes de energía, que para enterarse de su total contenido había que darle juiciosamente la vuelta al poste; atrás también quedaron los afiches en los infames muros urbanos de cerramiento, donde podíamos leer de frente la publicidad y estos a su vez creaban las condiciones para tal fin.

Otrora, un ejército de jóvenes sin futuro, pero con muchas ganas de vivir, venían armados de una brocha y un balde lleno de engrudo, eran los encargados de pegar los afiches de papel ordinario con la imagen del candidato, elaborados a un ínfimo precio en las rotativas de Barrio San Nicolás de Cali.

En esos afiches baratos se podía, observar el nombre completo del candidato, una fotografía en blanco y negro, leer su programa y sus ejecutorias. Era una información básica, publicitariamente efectiva y lo más importante: cumplía con el objetivo comunicacional a muy bajo costo.

Los muros en toda su longitud y los postes de la energía en toda su área circular, amanecían empapelados con la propaganda política del candidato.

Pasadas las elecciones los bomberos con sus potentes chorros de agua daban buena cuenta de ellos, dejando los muros limpios y en espera de la próxima elección o la próxima propaganda de conciertos de Salsa o la promoción del espectáculo de la lucha libre.

Hoy día, elegantes señoritos y señoritas, lucen su mejor diseño de sonrisa compuesta de blancos dientes en perfecta hilera, ataviados con sus refinadas pintas, en costosas y grandes vallas que se instalan, respondiendo a la más adecuada estrategia de ubicación. Desde luego que, aspiran a cautivar un electorado de por si suspicaz, escéptico y desconfiado ante tanto gasto superfluo y engaño reiterado.

A leguas se nota que es más importante el diseño de la valla que el programa que no proponen. Observando esta publicidad me pregunto: ¿De qué se ríe el señor candidato o la candidata en la valla? Si fuera publicista propondría que salieran muy serios, con el rostro adusto y preocupados por la situación, en vez de aparecer muertos de risa.

Propondría que salieran con una mirada lejana, mirando al cielo, angustiados por la paz destruida, salir serios tratando de descifrar el futuro incierto, en vez de reírse. No es tiempo de reír, es tiempo de estar sumamente preocupados como candidatos y eso lo debe reflejar la valla publicitaria.

Aparte de la cautivadora sonrisa, la valla deja ver rasgos de la personalidad y tendencia ideológica del candidato, cuando se observa el logo del partido que lo acoge en su seno, una espuria calidez y cercanía tratan de transmitir, cuando suponen que el elector votaría a su favor, cuando solo colocan su apodo o su nombre y no su apellido: vote por "Pacho", "Toño, el mejor", "Daniel al Senado", "Duvalier: confia", "Alberto a la Cámara". ¿Y quién es Alberto?

El recelo con que uno como elector mira esas vallas es inevitable: no responden a una política de austeridad en tiempos de pandemia; es insoslayable no compararlas con los viejos tiempos vividos. Esto nos retrocede indefectiblemente al tiempo del afiche y el perifoneo y se hace inevitable no confrontarlas.

La elección ya no la asegura quien instale más vallas costosas, en un derroche de vanidad y de gasto; las circunstancias cambiaron y muchos parece no se han percatado: ser elegido hoy, va más allá de una superflua publicidad. En este momento histórico, la elección depende de que tan comprometido se encuentra el candidato con un justo cambio, que irreversiblemente viene en camino y no lo para nadie.

Independientemente de todas las prevenciones que se pueda tener contra Roy Barreras y Armando Benedetti, es innegable que supieron leer el momento. Dicen que: "solo los idiotas no cambian de opinión, cuando las circunstancias ya no son las mismas".

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