¿En serio crees que no se puede cambiar el país? (I)

No todos los aspirantes a esta contienda son escorias politiqueras, algunos son buenas personas que necesitan el acompañamiento del electorado para no torcerse en el camino

Por: Javier Arias Londoño
octubre 10, 2019
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¿En serio crees que no se puede cambiar el país? (I)
Foto: Twitter @Registraduria

De nuevo estamos próximos a unas elecciones regionales en Colombia y considero que estas tienen más repercusión directa en nuestro día a día que las nacionales, incluida la presidencial, porque estos elegidos administrarán la plata y el destino de nuestros territorios.

Entonces empieza uno a revisar los candidatos así como los partidos que los avalan para llegar a la conclusión de que detrás de esas caras de “somos el cambio que necesita nuestro municipio” está, y aquí me perdonarán mis lectores, la peor escoria que infelizmente comparte con nosotros este hermoso paraíso llamado Colombia. En total, según la Registraduría Nacional, elegiremos 20.428 funcionarios seleccionados entre 121.194 candidatos.

Del otro lado estamos nosotros, los 36.481.558 cuyo nombre no aparecerá en un tarjetón pero sí en los listados de votantes: 51.57 del género femenino y el restante 48.43% del masculino, porque aquí somos más católicos que los mexicanos, donde ya al menos aparece una tercera casilla que dice “otros géneros” (pero ese no es el tema de hoy).

Mi tema va a que no todos esos 121.194 aspirantes a cargos públicos regionales hacen parte de la escoria, es más, podría atreverme a establecer una hipótesis: la gran mayoría son de verdad personas de bien, amparadas en un sueño casi individual de querer transformar las vainas en los territorios; gente de todas las edades, géneros, razas y orígenes que día a día lucha por modificar lo que está mal; incansables guerreros que con las uñas intentan convencer con hechos aplaudibles a sus compañeros de vecindad de que es posible evolucionar hacia un estado mejor de las cosas, que todo no está perdido si nosotros mismos decidimos que se puede.

No obstante, cuando mi hipótesis no aplica porque muchas veces cuando pasan las elecciones empieza de nuevo la rueda de la rutina a rodar, el oro que tanto brillaba en los tarjetones resulta ser solo un oropel (lámina fina de latón que imita al oro). Ahí comienzan los fiscales a negociar con los corruptos y los medios (hasta los pasquines de pueblo) a gastar tinta para narrar cómo el presupuesto financiado con nuestros impuestos empieza a caminar desde la cuenta del banco del erario público hacia los bolsillos de los funcionarios, dejando apenas unas migajas para las obras necesarias en las comunidades.

Como se ve, la mayoría de los elegidos no son esos muchos incansables guerreros sino de nuevo la escoria. Y salta entonces otra hipótesis (sí claro, hay mucho fraude, es cierto): ¿la escoria somos en realidad nosotros?, ¿los que pudimos con nuestro voto cambiar la situación? La respuesta empieza a aclararse cuando vemos que de los 36 millones de habilitados para votar, 14.5 millones se bajan del bus y no votan; aun así casi 21.5 millones son suficientes para elegir buenos funcionarios.

En mi experiencia personal nunca he votado por alguien que considere mal candidato, pero he perdido la mayoría de veces. Y en las pocas que he podido celebrar con júbilo inmortal, la alegría se me termina rápido, mi "mejor candidato” pronto se alinea con la escoria y allí le doy la razón a quienes no votan. Como me dice siempre una gran amiga que en veinte años de ciudadanía nunca ha votado: “Deme una razón y voto”.

Entonces esa es la gran to be, or not to be, that is the question que plantea Hamlet. ¿Cuál es la cuestión entonces?, ¿votas por quien crees que es aunque luego se tuerza?, ¿no votas y brindas espacio para que el fraude y el voto amarrado elijan al corrupto?, ¿damos cabida a los pocos “incansables guerreros”, aunque luego los vivos intenten comérselos en las corporaciones y encuentren los presupuestos amañados en la intrincada red de contratistas que los devoran?

Lastimosamente, hay una realidad que no es posible transformar en el corto plazo: nuestro sistema electoral, mediante el cual tú le delegas a otro tu derecho a decidir qué hacer. Sin embargo, hay una que sí y es quizá allí donde se resuelve la that is the question. Si bien el que nos representa se puede torcer (es lo corriente), lo cierto es que la mayoría de veces es porque lo dejamos solo para que él decida, olvidando el compromiso que establecimos en elecciones: estar juntos. Entonces la pregunta que no se hizo Hamlet es why I leave it alone?

Los espero en la segunda parte de estas reflexiones, por ahora les recuerdo lo que ocurre en nuestra hermana república del Ecuador, donde hay un pueblo emberracado que exige a su elegido presidente constitucional.

Parte II: cómo convivir en un sistema representativo y salir airoso.

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