En los próximos años, viajar en avión podría ser una tortura

Tras el COVID-19, la aviación probablemente sea distinta. Sin embargo, como pasó tras el 9/11, los pasajeros serían quienes más sufrirían las consecuencias

Por: Juan Esteban Guzmán A.
mayo 26, 2020
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En los próximos años, viajar en avión podría ser una tortura
Foto: Pixabay

Ya pocos lo recuerdan, pero viajar antes de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 era una experiencia distinta a la que vivimos en los últimos 20 años. Los controles de seguridad eran rutinarios, por no decir laxos. Se podía ingresar a los aviones todo tipo de líquidos, navajas, cuchillos pequeños y no había inconveniente. Ya en el avión, los pilotos eran abiertos a permitir que los pasajeros, en especial menores de edad, conocieran la cabina incluso durante el vuelo ya que la puerta que los separaba del resto del avión permanecía en muchos casos abierta. Para las comidas se implementaban cubiertos de aluminio o plata y el vino se servía en copas de vidrio. Era un ambiente tranquilo y de camaradería. A muy pocos se les hubiese ocurrido que esto pudiera ser aprovechado para secuestrar el avión y estrellarlo contra edificios emblemáticos repletos de personas.

Pero sucedió, y la aviación cambió para siempre. Con la declaración de la guerra contra el terror por parte de Estados Unidos ese mismo año, el mundo tuvo que implementar nuevas medidas y a partir de allí montarse a un avión se convirtió en todo un dolor de cabeza. Lo permitido se convirtió en la excepción y lo prohibido en la norma. No es sino ver las largas filas, la degradación de los viajeros que pasaron a presumirse culpables y las urnas con elementos confiscados en los puestos de seguridad de los aeropuertos para darse cuenta de la magnitud de dichas políticas. Sin embargo, y a pesar de que los que pagamos los platos rotos fuimos los pasajeros, nos convencieron que era la única forma de garantizar que no habría armas de ninguna clase abordo.

Hoy estamos ad portas de un nuevo cambio. ¿Cuánto durará? No lo sabemos, pero es posible que en unas décadas ya ni nos acordemos cómo era volar en las épocas pre-COVID-19 tal como lo hacemos hoy con la era pre-9/11.

Para empezar, se acabaron los paseos familiares al aeropuerto donde iban primos, tíos y abuelos a despedir al viajero. A partir de ahora, los aeropuertos solo dejarán entrar a personas con una reserva en la mano o que laboren allí mismo. Se les exigirá tapabocas en todo momento y tendrán que estar haciendo uso permanente de desinfectantes y alcohol. Sumado a lo anterior, es muy posible que aquí haya una primera toma de temperatura para todo aquel que pretenda ingresar.

Seguido a esto, los tiempos de espera en los aeropuertos se van a incrementar. Lo que se había ganado con la tecnología al poder imprimir los pasabordos o mostrarlos en el teléfonos para ir directo a la sala de abordaje, se perderá de nuevo ya que se requerirá que todos los pasajeros pasen por el counter en harás de hacer una revisión exhaustiva que incluirá: toma de temperatura, indicación de sintomatología, diligenciamiento de formularios y revisión de certificados de salud recientes que demuestren que la persona se ha hecho las pruebas y no sido portador del virus. Para algunos este será el equivalente a la nueva visa, ya que más temprano que tarde, será un requisito que los diferentes países pedirán a sus visitantes.

Una vez superado este tortuoso proceso y se dé luz verde al pasajero para pasar a la sala de abordar, se deberá hacer el tránsito por la zona de migración y seguridad. Las filas se harán extensivamente largas y tediosas. De acuerdo con un informe publicado por The Financial Times, para un vuelo de 189 personas, si se guardan los espacios que los epidemiólogos y autoridades de salud están solicitando, se extendería por alrededor de 380 metros. Aquí cabe preguntarse si habrá espacio suficiente para esto, o habrá que recurrir a nuevas técnicas para garantizar la distancia social sin sacar a la gente del aeropuerto.

Adicional a lo anterior, nuevos controles se le añadirán a los ya conocidos. Además de quitarse los zapatos, correa, sacar las monedas, llaves y demás elementos de metal, de meter los elementos de aseo en bolsas transparentes y pasar maquinas body scanner que lo hacen sentir a uno como protagonista de un episodio de Alerta Aeropuerto, cámaras térmicas monitorearán la temperatura corporal de los pasajeros y cualquier sospechoso será separado para mayores controles. Algunos aeropuertos llegarán hasta el punto de hacer pruebas aleatorias en el lugar a los viajeros para mantener un control más estricto.

Ya en la sala de abordaje las incesantes filas se repetirán. Si antes era difícil conseguir una silla cerca de la puerta del avión, ahora, con la mitad de las sillas fuera de circulación la conglomeración se trasladará a los pasillos. Antes de abordar, posiblemente un nuevo chequeo de temperatura para no dejar nada al azar. En el avión, es casi seguro que la comida desaparecerá, igual que el uso del baño en vuelos menores de 3 horas. Las revistas y los dispositivos multimedia desaparecen por lo menos por un buen tiempo. El tapabocas será de uso obligatorio durante todo el vuelo y las personas tendrán que desinfectar su silla tanto al abordar como antes de bajarse.

Uno de los grandes retos que vienen es el de establecer cuál será la capacidad de los aviones de ahora en adelante para garantizar la salubridad de los pasajeros pero al mismo tiempo para hacer rentable el negocio. Es muy fácil pensar que la solución es dejar las sillas del medio sin ocupar pero esto llevaría a la quiebra a la gran mayoría de aerolíneas, en especial las de bajo costo. Según la Asociación Internacional de Transporte Aéreo (IATA por sus siglas en inglés) los aviones deben tener un mínimo de 77% de su capacidad ocupada para igualar los gastos. Con la silla del medio vacía, que equivaldría a llevar un 62% de la totalidad de la ocupación de un avión, se operaría a pérdida. Sin duda inviable en el largo plazo, a menos que se incremente el valor de los pasajes de manera considerable.

Y ni qué decir del inconveniente que será establecer qué país permite o no el ingreso de visitantes o permite el tránsito de personas de determinado país por su territorio. Los requisitos serán distintos por cada uno de los destinos, algunos solicitando certificados de salud traducidos a su lenguaje nativo y otros obligando a los visitantes a hacer una cuarentena de 14 días obligatoria a su llegada.

Es un hecho que viajar por vía aérea será por los próximos años un martirio. Estas medidas, sumadas al miedo a un posible contagio, harán que un alto porcentaje de personas prefiera vacacionar cerca de su lugar de residencia o simplemente esperar a que todo pase. El problema viene cuando reputados epidemiólogos insisten en que el coronavirus estará con nosotros por mucho tiempo, así que será mejor hacer de tripas corazón y llegar 5 horas antes con toda la paciencia del mundo al aeropuerto.

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