En un futuro que ojalá no sea lejano, en lo más alto del barrio San Fernando —el tugurio que algunos llamaron "Machu Picchu" por encaramarse en los cerros que custodian Santa Marta—, la casa de la señora Margarita Torrealba por fin dejará de ser testigo del silencio seco de los grifos.
Durante décadas, como casi todos los samarios, Margarita ha vivido la ausencia de agua potable como una herida abierta. Su rutina implacable consistió en subir y bajar el cerro, día tras día, cargando baldes desde un pozo lejano. Solo cuando sus hijos crecieron, la carga se alivió un poco, tomando ellos el relevo en esa peregrinación diaria que marca la vida en la periferia.
Llegará el día en que el acueducto de Santa Marta dejará de ser una promesa incumplida. El agua correrá por las tuberías sin interrupciones ni racionamientos eternos. Ni siquiera en las laderas más empinadas faltará el líquido vital un solo segundo. Ese día, doña Margarita abrirá la llave de la regadera y sentirá el chorro como un derecho conquistado, lavando platos sin calcular cada gota y dejando que la lavadora zumbe con normalidad.
Ella seguirá habitando su barrio en la "capital turística" del Caribe, pero algo esencial cambiará: recuperará la dignidad que la negligencia le arrebató. Ya no habrá que mendigar el agua ni medirla con miedo. En lo alto del cerro, el grifo fluirá trayendo el mensaje de que las revoluciones más profundas comienzan con algo tan sencillo y tan inmenso como un chorro constante de agua. Ojalá ese día sea el presente que Santa Marta merece.
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