En el Día del Idioma, ¿qué tan malhablados somos los colombianos?

En el Día del Idioma, ¿qué tan malhablados somos los colombianos?

Entrevista con el profesor Cléobulo Sabogal, consultor oficial de la Academia Colombiana de la Lengua

Por: Ricardo Rondón Chamorro
abril 23, 2021
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En el Día del Idioma, ¿qué tan malhablados somos los colombianos?
Foto: Ricardo Rondón Ch.

Cleóbulo de Lindos fue un poeta griego nacido en el siglo VI antes de Cristo, y unos de los Siete Sabios de Grecia. Cleóbulo Sabogal Cárdenas es un filósofo y lingüista tolimense, vigía de hace veintitrés años del buen uso del idioma, en su rol de consultor oficial de la Academia Colombiana de la Lengua, en Bogotá.

En la puerta de su oficina, a la que se llega luego de atravesar un largo, entapetado y melancólico vestíbulo, hay una inscripción que dice: Sala Rafael Maya. Oficina de información. Comisión de vocabulario técnico.

Íngrimo en ese amplio salón, el profesor Sabogal Cárdenas permanece rodeado de un arrume de diccionarios, alrededor de cincuenta, de época y actualizados, dispuestos en su vitrina personal y en su escritorio.

A vuelo de pájaro tomamos nota de algunos de las decenas de títulos que lo acompañan en su rutina, sin contar los que tiene en casa: el Diccionario del Español Actual. El Manuel de Estilo de la Lengua Española, de don Manuel Martínez de Sousa. El Nuevo Diccionario de Dudas y Dificultades de la Lengua Española. El Diccionario Panhispánico de Dudas. Los seis tomos del Atlas Lingüístico Etnográfico de Colombia. El Diccionario Manual e Ilustrado de la Lengua Española. El Diccionario de Gentilicios de Colombia. El Diccionario de Expresiones Extranjeras. El Diccionario de Bibliología y Ciencias Afines. El Diccionario para la Enseñanza de la Lengua Española (de la Universidad Alcalá de Henares). La quinta edición del Manual de Estilo de la Lengua Española. El Manual de Estilo Chicago Deusto. La Geografía Fantástica del Alfabeto Español (RAE). Y pare de contar.

Esa obsesión por los diccionarios se remite a su época de niño, en Cunday (Tolima), cuando llegó a sus manos el Pequeño Larousse que exigía la lista de útiles escolares, de un bachillerato repartido en tres etapas: los  primeros en su pueblo natal; 8° grado en un colegio privado de Ibagué, y 9°, 10° y 11° en el Seminario Menor de la capital tolimense.

Embebido por la belleza inalcanzable de las potestades celestiales y la quintaesencia de la fe, y aterrorizado ante los pecados del mundo y las trémulas debilidades de la carne, entre relicarios y devocionarios, cursos de latín y griego, y Las Confesiones, de San Agustín de Hipona, el buen Cleóbulo, con todos los ardores de la adolescencia, soñó lucir los ornamentos sacerdotales y cursó la carrera completa en el Seminario de Ibagué.

Si no se ordenó como lo instruye y legitima la Iglesia, fue porque cuando prestaba sus labores en la parroquia del municipio tolimense de Santa Isabel, se dio cuenta, con profunda nostalgia, de que la del sacerdocio no era su vocación. Así que claudicó en su intento.

A escasos meses de llegar a Bogotá, en 1998, tuvo la fortuna de emplearse como jefe de información y divulgación de la Academia Colombia de la Lengua (en su edificio de estilo neoclásico de la carrera 3°#17-34, en Bogotá) y para complementar estudios y conocimientos en aras de la responsabilidad de su nuevo cargo, concretó una licenciatura de Filosofía y Letras en la Universidad de la Salle.

De ese año, a la fecha, el profesor Cléobulo es el encargado de dilucidar y responder a cualquier tipo de dudas de profesionales de diferentes áreas: abogados, catedráticos, publicistas, correctores de estilo y, paradójicamente, que debería ser en sumo grado, uno que otro periodista.

Sabogal se duele de cómo se maltrata el idioma, sobre todo en los medios de comunicación y en las plataformas digitales. Dice que de las más de cien mil palabras que en promedio ostenta el castellano, un colombiano raso -que puede ser un cargaladrillos-, no alcanza a manejar cinco mil.

“Hay considerable descuido y negligencia en el uso de la palabra. Las alocuciones en radio y televisión, sobre todo en las secciones de entretenimiento y farándula,  están plagadas de yerros. Ni hablar de periódicos y otras publicaciones, la mayoría empedradas de errores”, añade el guardián del idioma.

Parte de ese descuido, aduce el filósofo y lingüista, tiene que ver con que no hay el mismo rigor de enseñanza de gramática y ortografía de otros tiempos: “Ya no se exige en los programas de enseñanza la Gramática de don Andrés Bello, o la Gramática Latina de Rufino José Cuervo y Miguel Antonio Caro. Menos el Tratado de Ortología y Ortografía, de José Manuel Marroquín. Ahora a la gente no le importa hablar bien, sino que se le entienda”, agrega Sabogal.

La preocupación del cronista en estos honrados aposentos es indagarle al maestro Sabogal sobre las nuevas jergas que impone la juventud y que tienen invadidas las redes sociales. Tomo aire para hacerle una reflexión sobre un terminacho que al ortógrafo en cuestión le podría incendiar las mejillas.

-¿Sabía usted, profesor que la muchachada ha tomado por abreviatura de gonorrea -con la que a diario se tratan- el barbarismo nea?

“No me extraña porque las jergas no son de ahora sino de siempre. Y los jóvenes se apropian de vocablos para comunicarse. Pero no es para asombrarse ni para sufrir por eso”.

¿Vamos de mal en peor en el maltrato del lenguaje?

“Eso es relativo y sucede en cualquier país, España, México, Argentina, Colombia. En todas partes se habla mal o se habla bien, ya que siempre habrá personas que se preocupan por hablar y escribir bien, y otras que no les interesa y se las arreglan para comunicarse como mejor les parezca”.

¿Sigue siendo Bogotá la ciudad donde mejor se habla el español, dicho por los mismos españoles?

“En realidad no hay un lugar en el que se pueda decir que se habla o se escribe el mejor idioma. Hace años lo dejó muy claro el Instituto Cervantes de España. Primero en una de sus obras: Las 500 Preguntas más Frecuentes del Español. Si a un madrileño le preguntan dónde hablan el mejor español, él seguramente no va a decir que en Buenos Aires, en Caracas, en Quito, Montevideo o Bogotá, sino en Valladolid. Pero no se puede desconocer que Colombia fue cuna de grandes filólogos y maestros de la oratoria, como Rufino José Cuervo”.

¿Son más notorias hoy en día las faltas de ortografía que antes?

“Sí, porque no hay una preocupación constante al respecto, ni de los educadores ni de los educandos. En épocas pasadas, era de rigor en el pensum incentivar en la claridad del lenguaje, en la precisión de sus normas gramaticales, de ortografía y de sintaxis. Eso se ha perdido considerablemente. Por ejemplo, un libro que se publicó hace cuarenta y siete años, Ortografía y Ciencia del Lenguaje, del profesor español José Polo, que se aplicaba en los primeros años de estudio, desapareció como por encanto”.

¿Qué libros de interés general recomienda para no cometer esas faltas tan frecuentes de ortografía?

“Recomiendo tres libros: El Buen uso del español, de la Real Academia de la Lengua. El Libro de estilo, también de la RAE, y Las 100 dudas más frecuentes del español, del Instituto Cervantes”.

De todos los diccionarios que maneja a diario, ¿qué nuevas adquisiciones ha hecho?

“El Diccionario histórico de la morfología del español”.

En tiempos de pandemia, Sabogal Cárdenas recibe un promedio de cuarenta consultas telefónicas y por correo electrónico, no más de veinte. No lee otro asunto que no tenga que ver con el lenguaje en todos sus niveles. Para él no hay palabras bonitas o feas. “Para mí las palabras son significativas, dicientes, pero no más. Sí tengo que reconocer que me disgustan las palabrotas, es decir, las groserías”.

Aunque no tiene un jefe inmediato y cumple a un horario de empelado público, a Sabogal le desconsuela que, con todos los estudios realizados y las pestañas chamuscadas de tanto consultar y devorar diccionarios, el sueldo que gana no sea el más coherente: “La Academia Colombia de la Lengua depende del Ministerio de Educación, y bien se sabe que el presupuesto es escaso”, aclara.

Para redondear ganancias, el profesor Cléobulo dicta clases particulares a estudiantes y profesionales, asesora contenidos y recibe una paga por la columna mensual que escribe en el informativo de Copidrogas. De un año a la fecha, publica recomendaciones idiomáticas en su web De lengua en lengua.

Esto para ahorrar e invertir en lo que ha sido su pasión y entrega de toda la vida: diccionarios y manuales de lenguaje que, en su caso, es lo que más le demanda dinero desde su condición de soltero feliz a sus cuarenta y cinco años, porque no fuma, no bebe, no trasnocha, y los domingos y fiestas de guardar los divide entre lecturas eucarísticas en templos como el de la Sagrada Eucaristía, de Pablo VI, y el del Corpus Christi, en Nicolás de Federmán, amén de almuerzos y onces con tías adorables que lo miman, o en la casa de su mejor amiga, la editora Clara Lucía Delgado, quien fue discípula suya en la Universidad Javeriana.

Antes de la pandemia y para estas fechas del Día Internacional del Idioma, Sabogal atendía a estudiantes duchos en ortografía y gramática de diferentes colegios, o a personas particulares. Les compartía un tour por los aposentos de la Academia, en especial la biblioteca y el archivo, y les hablaba de la historia de la institución y de las funciones que cumple.

Son las cinco de la tarde y el profesor Cléobulo Sabogal Cárdenas se despoja de sus cubre mangas de cajero de banco porque es hora de partir. Se pone el saco y ajusta con parsimonia el nudo Windsor de su corbata. De la solapa pende una medalla del Espíritu Santo.

- ¿Siempre la lleva ahí?

- Sí, ¿por qué?

- ¿Por agüero?

- Por agüero, no. Porque es la tercera persona, y es fuente de conocimiento y sabiduría.

Cruzamos el largo vestíbulo alfombrado que conecta con las escaleras que conducen al primer piso donde está el paraninfo.

En el antepecho de la Academia Colombiana de la Lengua, justo al borde de la estatua de don Miguel Antonio Caro, cruza unas palabras con don Ananías, su hombre de confianza, el funcionario que tiene a cargo las llaves y la custodia del recinto sagrado del idioma.

De salida, aprovecho para tomarle una última fotografía al lado de la estatua de don Miguel Antonio Caro.

- ¿Usted por qué me toma tantas fotografías?, ¿es que va a hacer un álbum conmigo?-, me espeta como mirando a un bicho raro.

-Maestro, usted es todo un personaje. Mis respetos-, concluyo.

Del tintero y otras tintillas

¿Cómo han sido las relaciones con sus padres a partir del nombre con que lo bautizaron?

“Fue una relación de gratitud la que tuve con mis padres, porque los dos fallecieron. Sin embargo, agradezco a mi padre el haber escogido este nombre griego, Cleóbulo, por Cleóbulo de Lindos, que tiene un gran significado y que, al decir de muchos, hago honor a él”.

¿Por ese nombre fue que decidió en su juventud seguir los caminos del sacerdocio?

“No, el nombre no tuvo nada que ver con mi carrera sacerdotal”.

¿Qué lo motivó entonces?

“La vocación que desde niño sentí y por la que estuve diez años interno en el Seminario de Ibagué”.

¿Tiene un diario donde cuenta esta vida y la otra al servicio de Dios?

“Nunca he llevado diarios”.

Pero con diez años de encierro monástico debe tener muchas cosas que contar...

“Hay un conjunto de anécdotas, tristezas, alegrías y satisfacciones, pero tampoco como para publicar un libro”.

Cuando se observa al espejo, ¿no le da la leve impresión de que está tomando la sospechosa curvatura de una interrogación?

“Me doy cuenta de que estoy tomando la forma de un signo de exclamación, porque cada vez me admiro más de lo que desconozco”.

¿En instantes neuróticos lo asaltan tempestades de tildes, apóstrofos y comas?

“No, las tempestades que me asaltan tienen que ver con problemas sintácticos”.

¿Es usted un obsesionado de la letra H?

“Sí lo soy, porque muchas veces me quedo como una h, es decir, mudo, ante tanto conocimiento inabarcable de nuestro idioma”.

Es cierto que está avanzando en un complejo ensayo de mil páginas alrededor de la ‘muda’?

“No es cierto, y esa pregunta me deja mudo”.

¿Cuál es para usted la letra más sensual del abecedario?

“Podríamos retomar la h, puesto que con ella se escriben muchas interjecciones como hum, huy y hey. Esta última dio nombre a una de las célebres canciones de Julio Iglesias”.

¿Tiene alguna aversión contra la ñ?

“En absoluto, porque esta letra es indispensable en nuestro idioma”.

¿Por cuál signo de puntuación siente más simpatía?

“Por la coma, porque es el signo que más usos tiene y el que más se presta a discusión”.

¿Es verdad que es difícil ingresar a su domicilio por la cantidad de diccionarios y libros de gramática que existen?

“No es verdad, puesto que soy una persona muy organizada y casi todos mis libros están en el estudio de mi apartamento”.

¿Sigue consultando a María Moliner?

“Sí señor, porque es uno de los diccionarios más importantes de nuestra lengua y la editorial Gredos se ha encargado de actualizarlo”.

¿Cree que los correctores de estilo están en vías de extinción?

“Para nada. Sin embargo, muchos de ellos sí están condenados a desaparecer por su mala preparación y por su desconocimiento del idioma, que es la herramienta esencial de su trabajo”.

¿Los colombianos, definitivamente, somos unos malhablados?

“Más que malhablados diría que hay mucho desconocimiento de nuestro idioma y que lo maltratamos a menudo”.

¿Tiene por afición cazar gazapos como en su momento lo hizo Roberto Cadavid Misas, el recordado Argos?

“No tengo esa afición, pero los detecto fácilmente cuando estoy leyendo”.

¿Cuál es la palabra más extraña que conoce?

“Calipedia, una palabra de origen griego que designa el arte quimérica de procrear hijos hermosos”.

¿Cuál es el verbo que más conjuga?

“Leer”.

¿Y del que más rehúye?

“Emperezar, es decir, dejarse dominar por la pereza”.

¿Es usted un artículo de fe?

“No lo soy, porque los artículos de fe solo pueden ser propuestos por la Iglesia”.

¿Lo conmueven las diéresis?

“No me conmueve su presencia, sino su ausencia, ya que muchos creen que este signo diacrítico ya no se emplea”.

¿A qué sabe una lengua muerta?

“A nostalgia, porque es un sistema de comunicación ya perdido”.

Está mal decir ‘mala ortografía’, ¿verdad?

“La ortografía es por definición escritura correcta; luego, ‘mala ortografía’, es una contradicción y ‘buena ortografía’ es un pleonasmo o redundancia”.

¿Entonces cómo se dice, profesor?

“Se dice cacografía, es decir, la escritura contra las normas de la ortografía”.

¿Y usted es el verdugo implacable de los cacógrafos?

“Si me dan la oportunidad, me convierto en un censor, más que un verdugo”.

¿Cuál es el antónimo de cacógrafo?

“Ortógrafo, y ese soy yo”.

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