En defensa de la pedagogía de Carolina Sanín

A propósito de la última controversia en la que se vio envuelta la escritora, un alegato a su favor, no pensado para el guarda de seguridad involucrado, sino para el país

Por: Andrés Óliver Ucrós y Licht
agosto 24, 2019
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En defensa de la pedagogía de Carolina Sanín

Un texto surgido tras leer el artículo ¿Carolina Sanín detesta a los pobres?

Me resulta molesto, superlativamente, que cada vez que salgo de un hípermercado, ingreso o salgo de oficinas del Estado, el guarda de seguridad me tiene que abrir mi mochila de espalda, mi carnier o lo que lleve a mano… No he tenido el mismo problema de Carolina con su perra, pero lo primero que describo, me ha obligado a usar ropa con bolsillos grandes para llevar todo ceñido a mí y evitar así esas oprobiosas situaciones.

¿En qué casa tiene uno que abrir el maletín al despedirse y enseñar que no se ha robado nada? Este es un hábito nefasto que resulta indignante y debemos desterrarlo de nuestra sociedad.

Sería bueno que las escuelas de vigilancia, las oficinas públicas y los hípermercados, llevaran una estadística de cuántos asaltos son frustrados a diario, o cuántos objetos robados son recuperados con esta práctica contraria a las normas sociales y desprovista de toda empatía; y en el caso de Carolina, ¿cuántos daños o pérdidas son ocasionados por mascotas a las que se les permite el ingreso a un mercado u oficina?

También entiendo la molestia de algunos, ante la manera del cuestionamiento filosófico al guarda de seguridad. Yo quiero en esta columna, hoy plantear, otras maneras más eficaces de hacerlo. Empiezo por formular algunas, que evitan la contradicción a través de la hilaridad.

En una oficina del Estado:

—Señora, ¿me colabora con el bolso?

Sugiero llevar dos pistolas de juguete distintas: de agua, mojando al guardia; y de las que disparan un mensaje, del tipo:

—Después de tantas noches viendo el amanecer juntos, dime al fin, qué venimos siendo tú y yo?

—Pues vigilantes, marica.

Les aseguro que nadie está preparado para una situación de estas. Podemos ponerle al final del chiste una nota que diga: “Campaña contra las requisas innecesarias y desprovistas de empatía”.

En el hípermercado 1:

—Señora, ¿me colabora con el bolso?

Uno les dice con cierta hilaridad, empoderado, a voz en cuello:

—¡Pero no me saque lo que me robé por favor!

Cuando uno denota que no se siente subyugado o amedrentado por esa relación de poder, desarma la estulticia y arranca de la formación de ellos esa nefasta costumbre.

En el hípermercado 2:

—Señora, ¿me colabora con el bolso?

Recomiendo llevar un bolso barato y ¡regalárselo!

En la tienda 1:

—Señorita, colabóreme con el canino.

—Señor, no soy odontóloga, soy filósofa.

En la tienda 2:

—Señorita, colabóreme con el canino.

—¿Es que lo va a montar? Degenerado…

Reírse al final de cada respuesta es una manera de no generar contradicción, sino un aprendizaje jocoso y significativo.

Jiddu Krishnamurti decía en Educando al educador: “Es obvio que la crisis actual es el resultado de los falsos valores; de los falsos valores en la relación del hombre con la propiedad, con sus semejantes y con las ideas (…) Si la relación del individuo con los demás es impropia, la estructura de la sociedad tiene por fuerza que desplomarse”. Pasados 51 años desde la publicación de “Educando al Educador”, podemos colegir con la situación de Carolina, que sigue en vigencia.

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