Elogio del madrazo

Quien nunca haya usado una "mala palabra" que lance la primera piedra o el primer compendio de urbanidad de Carreño

Por: Jonathan Rincón Prieto
junio 25, 2019
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Elogio del madrazo

En días anteriores solicité vía Twitter una aclaración a la Real Academia de la lengua Española, con respecto al término “hijuepu..”. La RAE, atenta como siempre, validó el término afirmando que es una expresión coloquial americana, aunque, eso sí, recordó que la forma estándar debe ir dividida en tres palabras: hijo-de-p. De inmediato su respuesta fue comentada por muchos internautas y además se le vio como una de las clásicas salidas hilarantes de la academia. Incluso se politizó la respuesta, como siempre solemos hacerlo: los de los extremos le achacaron el remoquete a Uribe o a Petro. No obstante, sigo sin comprender el porqué de tal revuelo: quien no haya usado el término que lance la primera piedra, o el primer compendio de urbanidad de Carreño.

Si nos detenemos con análisis etimológico en la discutida palabra notaremos que quien la utiliza intenta decirle a su interlocutor que su señora madre es una meretriz; ofensa gravísima en una cultura de madre como la nuestra, en donde podemos oír mentiras del calibre de “el glifosato es tan tóxico como la longaniza” sin sonrojarnos, pero la ofensa a la dadora de vida es inaceptable. Empero, si se está haciendo referencia a lo poco loable o al estigma que pesa sobre el trabajo de la mamá, ¿por qué no es igualmente o más ofensivo decirle a alguien hijuepolítico? Ah, cierto, por nuestra mojigatería en términos sexuales que es, en suma, el origen del desprecio por el término en cuestión.

Y aquí abordamos el quid del asunto: la doble moral mojigata y camandulera de muchas personas que se sonrojan ante un buen madrazo pero se hacen los de oídos sordos ante el clamor de un país que se desangra y se deja manipular con las más inverosímiles mentiras. Columnistas argumentando mezclas químicas increíbles, el mandatario en otros países hablando maravillas de la implementación de los acuerdos de paz mientras en el país se dedica por todos los medios a hacer trizas tales acuerdos, periodistas que sin sonrojo se prestan a la más descarada manipulación mediática, padres de familia que permiten a sus hijos cualquier reguetón bien perreado pero les prohíben películas en donde el madrazo sea expresado a la colombiana (tomando aire, diciéndolo despacio y con énfasis en la tercera sílaba). Como si hubiera alguna diferencia entre el madrazo del zarco de la vendedora de rosas y el madrazo de Fernando Vallejo en el título de sus memorias. O acaso, ¿no es el culmen de La estrategia del caracol el momento en el que se afirma “ahí tienen su hp casa pintada"? ¿No tendría un sabor completamente distinto la frase sin el bienamado madrazo?

Es innegable que el término hace parte del argot popular al punto de que olvidamos su verdadero significado y lo juzgamos por puro moralismo barato. Podríamos ponernos técnicos y decir que no hay nada de malo en decirle a alguien que su progenitora es empleada del oficio más antiguo del mundo, pues la prostitución es el resultado de una sociedad que las ha creado y las mantiene a pesar del oscurantismo de su oficio, y no es culpa de una mujer carente de oportunidades en una economía como la nuestra tomar la decisión de vender sus atributos para poder llevar el sustento a su casa, y de ser así, entonces el vástago de la sacrificada mujer debería ver con orgullo el supremo sacrificio de la mamá. Pero insisto: la resistencia al término se deriva de nuestras prácticas morales selectivas a la hora de elegir nuestro vocabulario (aquí podríamos también ponernos técnicos y decir que moral viene del latín mores que significa costumbres. Y si ya nos acostumbramos a repartir madrazos a discreción sin violentar al interlocutor, entonces no hay nada de inmoral ahí). De hecho, cuando soy el receptor del madrazo, hay dos opciones: la primera es que quien habla haya logrado tal nivel de confianza que se decide a llamarme así, y por tanto no me afecta. La segunda: quien me habla me odia y ante la falta de argumentos decide insultar a mi progenitora. En tal caso tampoco me afecta; conozco a mi señora madre de sobra.

En síntesis, hay palabras que requieren más atención de nuestra parte que un buen madrazo. Que nuestros oídos estén realmente abiertos a lo importante. Si el escrito no fue de su agrado, bien puede proceder a aplicarme el remoquete validado por la RAE. En últimas, como dice el escritor Manuel Mejía Vallejo: fama es que le digan a uno hijueputa sin conocerlo.

 

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