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“Ellos están aquí” o la miseria-metafísica a la colombiana

“Entre tanta precariedad surge con luz propia el programa de RCN […] una mezcla de los cazafantasmas con dispositivos de captación de ánimas”

Por: Juan Camilo Cuéllar Mantilla
Noviembre 17, 2017
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“Ellos están aquí” o la miseria-metafísica a la colombiana

Debemos empezar por recordar que la televisión nacional ha tenido tanto fiascos como cumbres incuestionables e hitos que han servido como fuente para nuestra cultura e idiosincrasia. Hemos contado con guionistas y directores geniales como Jorge Alí Triana o Pepe Sánchez, pasando por monstruos de la actuación de la talla de Carlos Muñoz, Consuelo Luzardo o Judy Henríquez, solo para mencionar algunos, haciendo la grave omisión de muchos programas y contenidos que retaron la imaginación de generaciones de colombianos. Dicho esto, con el advenimiento de los canales privados y una lógica corporativa más severa, es indudable la cantidad de producciones chabacanas y de pobre calidad sedientas de rating, siendo emblemáticos los reality shows y otros formatos que no llaman sino a bostezar o perder paulatinamente puntos de coeficiente intelectual.

Ahondar sobre este tema sería inacabable y pertenece a la órbita de críticos y expertos, pero aún entre tanta precariedad surge con luz propia el programa de RCN Ellos están aquí: una mezcla de los cazafantasmas con dispositivos de captación de ánimas, aderezado con algo de reality, dada la concurrencia de invitados (ojalá modelos y actrices), rematado todo por el marcado acento español de Rafa Taibo quien narra sus aventuras con el tono cursi y zalamero de un tabloide sensacionalista.

Los expertos acompañantes merecen no un capítulo sino un compendio aparte. Ayda Valencia, por ejemplo, afirmó que desde niña ve entidades y presencias que nadie más observa; infortunadamente el diagnóstico por percibir cosas que no están allí y hablar con ellas suele ser esquizofrenia. Ni que hablar de Camilo Piedrahita, el sacerdote luterano independiente teólogo, demonólogo y exorcista, quien en el pasado episodio manifestó toda clase de problemas psicosomáticos en sus incursiones metafísicas (por el Bronx), sin embargo, no sabemos si se trató de un trance o una simple dispepsia. Por último, para contrarrestar un demonólogo (ya sabemos que lo de RCN siempre ha sido el equilibrio), es menester una angeóloga, en este caso la carismática Isabel Goyeneche, la cual hace de experta tecnológica con la nada despreciable tarea de demostrar —según el perfil en línea— que los fenómenos paranormales sí existen, meta comparable con revolucionar el paradigma científico.

Obviamente, debemos volver al líder, a Rafa Taibo, un “empírico” entusiasta de lo paranormal, pero con más de 30 años de experiencia en televisión. Como director es el que monta todo este sainete (palabra que de seguro le ha de gustar), para entretener a su gigante teleaudiencia con base en supuestos, especulaciones y mentiras, lo cual de seguro entre sus coterráneos debe causar mucha gracia. No puedo dejar de imaginármelo volviendo a su amada península, comentando entre risas cómo estos sudacas, estos pobres indios que todavía son seducidos por espejos y alhajas, son tan ingenuos como para financiar tan redomada estupidez. Lo veo recreando sus finales de Hollywood, con las manos en la cintura retando fantasmas a voz en cuello, en una de las calles más sórdidas y profundamente tristes que ha conocido Bogotá. Desde luego se le olvidará que mucha gente pereció allí torturada o consumida por el vicio, pero no interesa, igual siempre hay espacio para la ganancia con la miseria ajena.

Para finalizar, ya sé que es mucho pedir, más me gustaría recordarle una noción epistemológica básica: y es que la carga de la prueba recae sobre el que afirma que algo existe, ya sean espectros, ectoplasmas, psicofonías o lo que sea, son ellos (el programa y el canal por extensión) los que deben corroborar siquiera mínimamente la veracidad de los contenidos que transmiten. Pero eso poco o nada afecta a las cadenas privadas que noche a noche presentan psíquicos y tarots como una fuente de certezas, en un país donde lo que verdaderamente espanta son los pobres niveles de lectura y los retos mayúsculos que afronta la cada vez más desfinanciada actividad científica.

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