Elkin Ramírez, más que un músico, un educador

A dos años de su muerte, un fan le hace un tributo: “sus mensajes han tenido más influencia que varias instituciones escolares juntas. Eso ya es un acto educativo”

Por: Miguel Alfonso Peña
Febrero 07, 2019
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Elkin Ramírez, más que un músico, un educador
Foto: Facebook Elkin Ramirez

“Búsquenme, me encontrarán, como verdad en el tiempo, tengo pasado e identidad, de aquí soy y aquí pertenezco”.

Hace dos años, un 29 de enero, nos atravesó un gran dolor a quienes por elección vital, actitud estética y arraigo político nos juntamos en torno a las baterías, los riff de guitarras, la potencia de las voces y las resonadoras letras del rock, en cualquiera de sus tendencias. Ese día falleció un icono, un emblema, un sembrador de palabra, fuerza e identidad nacional: Elkin Ramírez, a quien me aventuro —a manera de homenaje— a postularle como educador (con el riesgo que esto entraña), porque bien merecido lo tiene.

Y es que signarle de este modo nos ayuda a discurrir tanto en sus composiciones, como en sus modos de actuar y comunicar mensajes ante enormes o pequeños auditorios.

En un contexto rigurosamente académico se define como pedagogo aquel que se dedica a la pedagogía, siendo esta un campo de saber que reflexiona sobre las acciones e intenciones educativas. Con escasos argumentos se podría contradecir mi afirmación. En efecto, Elkin no se dedicó ni a lo uno ni a lo otro, pero sus mensajes han tenido más influencia en varias generaciones que varias instituciones escolares juntas. Eso ya es un acto educativo.

Quienes seguimos a Kraken desde sus inicios, en 1984 —cuando apenas podíamos acceder a una que otra canción—, nos enamoramos de su música, de su voz de contratenor enarbolada por un país distinto, por la vindicación del amor, de la piel y el derecho a ser como elijamos; eso sí mientras nos aseguremos de contribuir en la extinción de la pesadilla en la que nos sumimos por cuenta de las condiciones sociales, económicas y culturales del país.

Las características de la contemporaneidad hacen que la educación esté fuera de las aulas. La socialización acontece -en el sentido derridiano, es decir paradójico y como evento que contiene sorpresa dado su carácter extraordinario- en los medios tecnológicos de comunicación, en las calles, los grupos sociales, las distintas expresiones artísticas o las prácticas sociales. Allí tiene cabida Elkin. En cada composición, “cada lírica” invitaba y afectaba niveles de representación de mundo que cristalizaron sentidos de nosotros mismos, del país, la ciudad, la música e incluso de nuestros comportamientos .

¡Sí! Elkin nos enseñó. Educó nuestra actitud con la sapiencia de quien se sabe líder, la paciencia del mayor, la contención desgranada y la militancia con la verdad. Nos enseñó a reconocernos, a apropiar nuestra tierra, sus valores y cosmogonías, donde caben aquellas que parecieran antagónicas a la estética rockera. Kraken IV, por ejemplo, prueba su interés por los temas precolombinos, ya que contiene temas en honor a culturas como Azteca, Maya e Inca.

Elkin acentúo una perspectiva demandada en la educación actual, el humanismo centrado en la libertad y el corazón. Nos invitaba, en cada alocución, a no permanecer inermes ante la injusticia, la impunidad o la miseria, a no caer en las tentaciones de la agresión que legitima la estupidez; a no ser débiles y, a cambio, desarrollar nuestra sensibilización por el otro, nuestra creatividad (que como diría un reconocido teórico teatral es sinceridad infinita), nuestra inteligencia relacional para afirmarnos como colombianos y rockeros, como forjadores de futuro. Dignidad que sólo un buen maestro siembra, incentiva y defiende y que debería emularse en todas las instituciones educativas.

Cada vez que se asiste a un concierto, con la intensidad del encuentro relacional que ello entraña, o se escucha un género contracultural (como fue llamado) recordamos a Nietzsche cuando al referirse al nacimiento de la tragedia situaba lo dionisíaco. Elkin, con su potente voz y sus entremezclados mensajes nos recordaba la particularidad del rock y su entrañable valor del ritual en la construcción de comunidades en las que el respeto, la convivencia y la búsqueda de transformación son los pilares de nuevas sociedades y, lo que le hacía más particular, la defensa radical de la vida.

Esta defensa la enunciaba a partir de la tolerancia. Quién lo creyera, se ha visto al rock como un género que promueve distancias, agresión o discordia. En Guadalajara, el dos de junio de 2013, decía Elkin que la convicción, la honestidad, la entrega, hablar bien del otro y la armonía son los fundamentos del rock nacional, al menos el que Kraken expresa y comunica en sus líricas y performancias. En efecto, este mensaje atravesaba la vida entera de Elkin, lo que sumado a su humildad, nos recuerda, encarna sería mejor decir, la visión de Thomas Mann (En La filosofía de Nietzsche a la luz de nuestra experiencia. Schopenhauer, Nietzsche, Freud, 2010) quien expresaba que por encima de la verdad está la sabiduría (…) que defiende el valor supremo de la vida contra el pesimismo de sus calumniadores.

Creo que Elkin se nos fue sin comprender la potencia de sus mensajes, el efecto que generó, mantuvo y consolidó en nuestra subjetividad. Sus mensajes calaron en nuestras vidas, los llevamos y sembramos en cada acción de nuestras profesiones, les seguimos dando forma para afirmarnos rockeros que promovemos el buen vivir.

 

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