Elecciones de octubre: la degradación de la política
Opinión

Elecciones de octubre: la degradación de la política

Desaparecen los partidos y cada candidato pertenece a todos los partidos, lo que interesa son puestos y contratos, en octubre se decidirá es quiénes se quedan con una tajada del poder

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julio 30, 2019
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Cuando los colombianos creíamos que ya la política había mostrado su peor cara, las preparaciones para las elecciones de mandatarios regionales en octubre próximo demuestran que toda situación es susceptible de empeorar. Basta con analizar rápidamente lo que está sucediendo desde hace algún tiempo y que se ha acelerado al cierre de las inscripciones para candidatos a cada una de estas posiciones públicas. Se llega entonces a una conclusión evidente: el panorama electoral para ciudades y departamentos es verdaderamente oscuro.

Para entender la dimensión del problema político que se está cocinando y ya va en el segundo hervor, es fundamental recordar un concepto elemental sobre qué es la política: es el escenario natural donde se resuelven pacíficamente las contradicciones propias de toda sociedad. Es decir, cada tendencia ideológica tiene su partido, de manera que todos los ciudadanos pueden expresar las ideas que más los identifican, y que en una contienda democrática se someten a votación y triunfan las mayorías. Los que no están de acuerdo tienen la opción de la oposición, elemento fundamental de la democracia y fuente de la necesaria renovación del poder.

Pero lo que se está viendo es que cada candidato pertenece a todos los partidos: derecha, izquierda y el medio; en otras palabras, no tienen por qué responderle a nadie sino a quienes los apoyaron, que lo único que les interesa son los puestos y los contratos. En términos coloquiales, lo que se decide en octubre es quiénes se quedan con una tajada del poder. Clientelismo y física corrupción, nada más. Los recursos del Estado son de todos los colombianos, no de sus respectivas clientelas. El problema es cuando la resolución de conflictos y sus diversos puntos de vista sobre cómo actuar sobre ellos pasa a un segundo plano. Precisamente eso es lo que se divisa en las candidaturas y las tempranas coaliciones para las elecciones de octubre: el manejo del poder por encima y a pesar de todo.

Para la muestra hay varios botones que visualizan el nivel de degradación al que ha llegado la política colombiana gracias a los Gaviria, Uribe, y todos los demás. Empecemos por la omnipotente gobernación del Atlántico. Parecería inconcebible —y asombrosamente similar a Venezuela— que por más de 20 años el poder siga prácticamente en las mismas manos, cambiando de nombre pero no de apellido. Y aunque Elsa Noguera sería la excepción a esta última regla, el cambio es nominal, no real. Aún así, cuando se podría pensar en una propuesta de cambio por parte de diversos actores políticos ocurre todo lo contrario: partidos políticos con ideologías tan dispares como el Liberal, Conservador, de la U, Cambio Radical e incluso Centro Democrático, alinean esfuerzos para impulsar a la candidata. Esto genera de paso varias preguntas: ¿para quién gobernará Noguera cuando gane? ¿A qué precio será para los colombianos —en particular para el departamento del Atlántico y para la Región Caribe— el apoyo de tantos partidos? Como una opción que parecería más una plataforma de fama y reconocimiento que una verdadera aspiración aparece Nicolás, el hijo de Gustavo Petro, quien difícilmente logrará imponerse en la tierra de los Char.

 

Hay varios botones que visualizan el nivel de degradación
al que ha llegado la política colombiana
gracias a los Gaviria, Uribe, y todos los demás

 

El caso de Cundinamarca es bien parecido. Con más fuerza que en su momento Jorge Rey, el actual gobernador, aparece Nicolás García con apoyo múltiple desde todos los frentes: Cambio Radical, La U, Liberales, Conservadores, ASÍ, el Movimiento indígena Maís y cierto coqueteo con el uribismo. Finalmente, para redondear estos malabares de poderes, está la carrera por Bogotá. Desde el Centro Democrático aparece una apuesta que ya le dio resultados con Duque: una carta de juventud y aparente frescura con Miguel Uribe Turbay, nieto del expresidente Julio César Turbay, quien a pesar de holgarse de tener varios años de experiencia en el Distrito y sus manejos, no puede ocultar su mocedad con solo 34 años y su condición de delfín.

Lo más vergonzoso es lo que acaba de hacer Gaviria, que ahora sí le dio la estocada final a lo que quedó del Liberalismo. Glorioso en su época y ahora una verdadera vergüenza gracias a quien se cree su dueño: César Gaviria. Este funesto personaje ha puesto como cabeza de lista al Concejo a la hija de los Rodriguez, dueños de un partido cristiano —quien también es joven e inexperta, como si esta figura no estuviera fracasando en Colombia—, y que ha expresado sin sonrojarse sus ideas en absoluta contravía de lo que significa ser liberal. Pero a Gaviria le importa un bledo porque lo que quiere es dominar los puestos y contratos de Bogotá.

La política en Colombia ha llegado de esta manera a la desaparición de los partidos, pieza fundamental de la democracia, y le está entregando a unos individuos sin ideales e inescrupulosos el manejo del Estado a nivel regional donde dominan los gamonales. Si esto no es la degradación total de la política colombiana, entonces ¿qué es? Actuemos votando por aquellos ingenuos que esperan ganarles a estos entuertos politiqueros llenos de intereses oscuros.

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