Opinión

El Whatsapp mató al amor

Miramos pantallas y con el frenesí de esta época, contestamos sin contestar

Por:
agosto 15, 2015
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“La verdadera grandeza de las manos reside en su paciencia”.
Masa y Poder
Elías Canetti

Posiblemente exagero. Sin duda me estoy poniendo viejo y empiezo a extrañar el antes. Como decía Cortázar, ya tengo la mirada en la nuca y solo puedo mirar hacía atrás. Pero lo mató. Mató al amor. Poco a poco. Cruelmente.

Lo mató, porque para mi el amor es principalmente comunicación. Es entonaciones y acentos. Es respiro y volver a empezar. Toma tiempo y precisión. Whatsapp es todo lo contrario. El lenguaje, por virtud y defecto, en la aplicación es reducción e instantaneidad. Es fácil y rápido. Es ligero y apresurado. Violento.

De antemano sé que por décadas, lingüistas y filósofos han indagado sobre la aptitud del lenguaje como herramienta efectiva y perfecta de comunicación y han concluido que dicha característica es a lo sumo, una fantasía. El lenguaje es un tirano precario. Limitado. Minusválido. Preferible el silencio. Dijeron.

No obstante, reitero, el amor requiere de un lenguaje más elevado que el corriente. El Whatsapp es dañino para el amor porque multiplica las carencias del lenguaje, lo vuelve más críptico, más confuso, más conflictivo. He sostenido discusiones enteras, tardes enteras, con resultados menos que enteros.  No sirve para querer. No sirve para hablar. Al menos no como lo merece el amor. Y no pienso negarlo, hablo por experiencia.

Hace poco leí algo maravilloso. El antecedente más lejano del lenguaje humano es el contacto físico entre los simios. Así es, esa función tan homínida y tan humana de pellizcar la piel del otro, acicalarlo, busca comunicar a partir del contacto. Contacto que crea formas con las manos y actúa como un detonante de memoria y recuerdo, de lo que Elías Canetti denominó —con justicia y acierto— “la mano paciente”, esa que también —afirmaba— trajo al mundo el trabajo manual, y por supuesto, las artes, como fueron concebidas. Como hoy las concebimos. Válida entonces la expresión común de que en determinado momento una obra “nos tocó”. Porque así fue. El gesto creador y sensible.

La velocidad de la mano. Su impaciencia es brutalidad. Hostilidad. Un remedo de golpear, de arrojar, decía Canetti. Basta vernos manipulando los teléfonos, en cualquier momento y lugar, para detectar la violencia y por efecto la imposibilidad del lenguaje, de la comunicación, que como mencionaba, requiere paciencia y delicadeza.

En su obra 1984, George Orwell, —magistral e irónicamente convertida en publicidad por Steve Jobs—, también relata como una de las estrategias de sometimiento intelectual de las personas sería la eliminación de ciertas palabras, la limitación —casi militar— del lenguaje impediría a las personas el ejercicio cabal de su libertad, de su inteligencia y por supuesto de la expresión de sus sentimientos.

Dejamos de comunicarnos. Ahora miramos pantallas y con el frenesí de esta época, contestamos sin contestar. Paradoja. La velocidad y tiempo de respuesta parecen una nueva estrategia de conversación. No la entiendo.No la quiero entender.

Me quedo con las tardes que yacen lentamente en contrastes de color. Espero la vida mientras el viento acaricia las hojas de los árboles, y les habla al oído. Persistiré y promoveré las largas conversaciones. Las citas. Creo en escoger las palabras. En separarlas, sacudirles el polvo e invitarlas a bailar. Tenerles paciencia. Quererlas y que me quieran. Sin afanes. Sin víctimas mortales.

@CamiloFidel

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