El viaje suicida de Alexander Superstramp

Este joven de 18 años rechazó el éxito al que estaba destinado y se fue a caminar por Alaska en donde moriría de hambre y frío

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septiembre 05, 2015
El viaje suicida de Alexander Superstramp

«El domingo pasado se encontró en un lejano campamento del interior de Alaska el cadáver abandonado de un joven autoestopista que había sufrido un accidente […]. Por el momento se desconoce su identidad […]. En el lugar de los hechos fueron hallados un diario y dos notas que describen la estremecedora historia de sus desesperados e inútiles esfuerzos por sobrevivir […].

»La primera era una nota de socorro por si alguien se acercaba al campamento mientras el autoestopista se encontraba buscando comida en las inmediaciones. En la segunda, el joven se despide del mundo.

»La autopsia realizada por el laboratorio forense de Fairbanks ha revelado que murió de hambre…».

Anterior a este artículo, aparecido en The New York Times, una gran avalancha de los medios de comunicación de América del Norte habían hecho referencia a la muerte por inanición de un joven, sin identificar, en el interior de un autobús abandonado en los agrestes bosques de Alaska. La noticia corrió más rápido que la pólvora. Las extrañas circunstancias en las que fue encontrado el cadáver, su juventud, las notas y los libros que lo acompañaban en el momento de su muerte desataron un interés general por saber más acerca de lo ocurrido.

Wayne Westerberg regresaba a su pequeño pueblo de Dakota del Sur, Cartaghe, cuando escuchó por la radio que la policía de Alaska intentaba conocer la identidad de un joven que había muerto de hambre en los bosques de Alaska. Wayne Westerberg, apenado y sabiendo ya de quién se trataba, nada más llegar a Cartaghe telefoneó a la policía montada de Alaska; les dijo que creía conocer la identidad de aquel joven. Era así y como en algún tiempo había trabajado para él les facilitó su número de la Seguridad Social.

El 17 de septiembre de 1992, y gracias a los datos que les había facilitado Wayne Westerberg, pudieron localizar en Annandale (Virginia) a Sam, hermanastro del joven fallecido. Éste sería el encargado de comunicarle a su padre, Walt, a la actual mujer de éste, Billie, y a su hermana, Carine, la muerte de Chris McCandless, alias Alexander Supertramp. Una vez averiguada su identidad, el mundo enseguida se haría eco de esta trágica noticia.

En el año 1990, el joven Chris McCandless, perteneciente a una acomodada familia de Virginia, tras graduarse en la Universidad de Emory (en Atlanta) desapareció sin dejar rastro. Donó todo el dinero que le quedaba en su cuenta de ahorros a la ONG Oxfam América (un total de 24.000 dólares), regaló sus pertenencias, dejó su apartamento, cogió su viejo Datsun, y sin más se lanzó a una aventura sin rumbo fijo en dirección Oeste. Durante el camino decidió que se cambiaría de nombre, reinventaría su vida, tenía que dejar atrás un pasado doloroso, así que, sin misericordia, enterró a Chris McCandless y encarnó a Alexander Supertramp, un hombre que sería dueño de su propio destino.

Debido a una tormenta que provocó una fuerte riada en las inmediaciones del lago Med —situado en el río Colorado—, donde se encontraba acampado el día 6 de julio de 1990, su viejo Datsun se quedó estancando en la arena. En un afán desesperado por rescatarlo de entre el lodo, ahogó la batería de su coche. Tras meditar qué sería lo mejor, si avisar a los guardas forestales para que le ayudaran, en cuyo caso tendría que dar su verdadero nombre, o abandonar el vehículo, optó por esta última opción. Una tormenta le había aligerado su equipaje; sin coche, se sentía mucho más libre. Como ya no iba a necesitar dinero para gasolina, en un gesto épico de auténtica novela al más puro romanticismo, quemó los 123 dólares que llevaba encima y, satisfecho, se colgó su mochila alrededor del hombro: comenzaba su odisea en estado puro, desde cero, sin dinero, sin casa ni pertenencias. Su nueva vida daba comienzo sin ataduras materiales ni ligaduras emocionales, y él casi que por primera vez se sentía feliz. De hecho, da sobrada cuenta de ello en su diario personal.

Durante dos años vagó —haciendo autoestop, subiendo en canoa y yendo de polizón en los trenes— por las tierras de América del Norte mientras iba alimentándose de lo que la naturaleza le ofrecía, por otra parte, trabajaba cuando lo necesitaba y compartía su experiencia y su forma de vida con las personas que se iba encontrando —de alguno de ellos se hizo amigo—; eso sí, como Alexander Supertramp. Aunque en algunas ocasiones, y por puro despiste o inocente descuido, les daba su verdadero nombre. Lo que viene a demostrar que no llevaba ningún plan establecido ni seguía ningún patrón concreto en su andadura.

Para completar su periplo personal, de encuentro consigo mismo y con la libertad, decidió vivir durante una temporada en las tierras salvajes de Alaska, solo y alimentándose de lo que hubiera en el bosque.

Quería demostrarse que era capaz de sobrevivir en un medio extremo, en pleno contacto con la naturaleza, respirando libertad absoluta y sin necesitar ni dinero, ni coche, ni teléfono o medios de transporte; en definitiva, nada de lo que le ofrecía la civilización asfixiante y burguesa en la que se había criado y de la que, sin lugar a dudas, estaba huyendo. Necesitaba conocer su interior, y para él no existía mejor forma de hacerlo que ésta.

Cuatro meses después de haberse adentrado en los bosques situados al Norte del monte Mckinley, unos cazadores encontraron su cadáver en avanzado estado de descomposición dentro de un antiguo autobús abandonado de la línea 142 de Fairbanks. Daba entonces con esto comienzo la leyenda de Chris McCandless, alias Alexander Supertramp.

En el año 1993, la revista Outside, haciéndose eco de la enorme repercusión que había tenido la historia de este joven aventurero, le encargó a un conocido periodista especializado en temas de montañismo, Jon Krakauer (12 de abril de 1954, Brookline, Massachussets), un artículo sobre la vida de Chris McCandless y su trágico final. El reportaje quedó finalista del National Magazine Award, y fue el que más comentarios recibió por parte del público de todos los que se habían publicado hasta la fecha. Cientos de lectores, unos indignados, otros fascinados, mandaron dichos comentarios para poner de manifiesto lo que sentían ante la actitud de Chris McCandless. La mayoría eran críticas del que consideraban un comportamiento absurdo e irresponsable de un joven demasiado impetuoso, que cargado de ideales románticos, pero no de comida ni de herramientas, ropa o utensilios imprescindibles para poder salir airoso de una situación así se había adentrado en los bosques de Alaska con una mochila repleta de libros de sus autores preferidos, mas otros para simple entretenimiento, 5 kilos de arroz, un rifle de segunda mano, munición, una cámara de fotos… Pero, sin ningún mapa o brújula. Una mochila excesivamente ligera para intentar vivir durante meses en un medio desconocido y difícil, sin nadie a la vista en muchos kilómetros a la redonda.

Un lector de la revista se hacía estas preguntas en voz alta. Unas preguntas que quería compartir con los demás lectores. Una invitación a la reflexión de un país entero.

¿Por qué alguien que pensaba vivir de lo que encontrara en el monte durante meses olvidó la regla número uno de cualquier boyscout que es «ir bien preparado»?

¿O por qué un hijo tiene que causar un daño irreparable a sus padres y familiares?

Para otros, Chris era lo más parecido a un héroe, una persona valiente y generosa, un excelente ser humano que había intentado hacer realidad sus sueños dejándose llevar por un impulso innato al margen de una sociedad que continuamente estaba dictándole unas pautas de comportamiento con las que no se sentía ni cómodo ni a gusto. En esa sociedad burguesa y capitalista de la que Chris huía, sin dinero no eres nadie, en la que anhelaba Chris —Alexander Supertramp— el dinero era un obstáculo, un virus contagioso, y la naturaleza, la máxima belleza, un lugar donde poder ser uno mismo y experimentar la libertad absoluta.

Jon Krakauer se quedó enganchado por esta historia; de alguna manera se sentía identificado con este joven aventurero, con su forma de actuar, con su personalidad. Tan fascinado estaba por esta historia que durante un año enteró estuvo siguiendo e investigando todos sus pasos, sobre todo, los que dio desde que decidió, voluntariamente, abandonar su vida de acomodado universitario para ser a partir de ese momento un simple vagabundo.

Realizó un seguimiento minucioso que finalizó con la visita del escritor al desvencijado autobús, situado en medio de los bosques de Alaska, donde, finalmente, murió de hambre.

Tras profundizar en las motivaciones del drástico cambio que dio a su vida Chris McCandless, y siempre buscando entender los porqués de su comportamiento y de su muerte, todas estas cuestiones se vieron plasmadas en 1996 en un libro que tituló Hacia rutas salvajes, y que pronto se convertiría en un famoso best-seller.

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*Colaboración especial de la Revista Cronopio

Twitter: @RevistaCronopio

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