¡El vallenato y sus juglares se respetan!

Quienes afirman que este género es corroncho y está sobrevalorado olvidan lo que hay detrás. Además, no por nada fue declarado patrimonio de la humanidad

Por: María Alejandra Villamizar Sarmiento
marzo 20, 2019
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¡El vallenato y sus juglares se respetan!
Foto: Twitter @TutoUhiaAlcalde

Quienes desmeritan a la música vallenata y la catalogan como un género “corroncho” ponen en evidencia su odio y desagrado por la misma, a tal punto de no tolerar ninguno de sus cantares.

No es un secreto que en los últimos tres años la ciudad de Valledupar se ha visto adornada de esculturas como la del ya fallecido cantante Diomedes Díaz y la de su hijo Martín Elías. Además, otras representaciones de este tipo se encuentran en distintos puntos de la capital del Cesar y sus alrededores. Allí se destacan a intérpretes, compositores y acordeoneros del género como Leandro Díaz, Lorenzo Morales, Rafael Escalona y Emiliano Zuleta, encargados de inmortalizar la música de acordeones. Cabe decir que a esos monumentos no se les rinde homenaje, nunca he visto izar bandera, ni mucho menos interpretar el himno nacional, forma propia de homenajear a los “héroes patrios”.

Ahora bien, es innegable que desde que estas imágenes fueron instaladas en el tan visitado Parque de los Juglares resultan un atractivo turístico para los foráneos, quienes llegan a Valledupar con el firme propósito de conservar una fotografía con la imagen de sus ídolos que les ayude a evidenciar y recordar que estuvieron en esta tierra de personajes míticos que con su canto mostraron la forma de ver y sentir la vida de los habitantes de esta región. Y es que hasta diplomáticos se han sentado en la popular silla del cacique, tal es el caso de Peter Tibber, embajador de Reino Unido, quien luego de quedarse con una memoria del lugar, dijo: “es una foto necesaria, es para mí una foto importante de mi colección personal”.

Seguramente si Gabriel García Márquez aún no hubiese pasado a mejor vida, ya tendría su fotografía en la Glorieta los Juglares y por supuesto una selfie en la moneda de su gran amigo Rafael Escalona, con quien en el año 1966 realizó una fiesta de acordeones en Aracataca, lo que precedería a la creación oficial del Festival de la Leyenda Vallenata.

Para un ilustrado de las letras como Gabo, el vallenato fue un género que lo acompañó aun en sus más grandes glorias, siendo la inspiración de su magistral obra Cien años de soledad. “¿Qué es Cien años de soledad? Pues, no es más que un vallenato de 450 páginas, realmente eso”, dijo hace ya algunos años.

Representaciones de este tipo son vistas a lo largo y ancho del orbe planetario con situaciones similares. Es así, por ejemplo, que el complejo recreativo puertorriqueño la Guancha, en Ponce, acoge desde el 1 de junio del 2014 una estatua dedicada al fallecido salsero Héctor Lavoe, oriundo de esa localidad; la ciudad de Corpus Christi, en Texas, honra a su artista Selena con una estatua, ubicada en un sitio conocido como el mirador de la flor; y aun sin exagerar, de John Lennon, hay cientos de esculturas levantadas alrededor del mundo.

Esto no es una moda, mucho menos un capricho pasajero a fin de llamar la atención. También en Colombia el admirado futbolista samario Carlos, El Pibe, Valderrama tiene su propia escultura en Santa Marta y las tantas gorditas del reconocido pintor antioqueño Fernando Botero también tienen cabida dentro y fuera de Colombia.

¿Por qué entonces habría que decir que lo que hay en Valledupar son solo “adefesios metálicos que en lugar de adornar, generan contaminación visual en la ciudad”? El resentimiento de unos pocos no tiene por qué degradar la música vallenata que con tanto esfuerzo ha logrado posicionarse y que recorre el mundo con sus cuatro aires musicales al ritmo de caja, guacharaca y acordeón, lo que lo hace un género completo, diverso y de preferencia frente a otros.

Bastante mérito y respeto merece el género vallenato, incluido oficialmente en la lista de la Unesco como Patrimonio Cultural e Inmaterial de la Humanidad con necesidad urgente de salvaguarda. En consecuencia, resulta absurdo y ofensivo hacer este tipo de críticas, y aún más decir que este género está sobrevalorado cuando hay quienes hemos crecido escuchando y disfrutando de la tradición oral con poemas convertidos en canciones. El vallenato es una forma de preservar y recordar a las nuevas generaciones historias y personajes que hoy no están pero que aún con los años siguen siendo admirados por su ejemplar legado musical.

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