El último zarpazo al emporio del poderoso paramilitar Carlos Castaño

Kenia Gómez, su viuda, conservaba un gran apartamento en El Poblado, y una finca de 400 hectáreas en Córdoba. La Fiscalía acaba de quitársela, irá para las víctimas

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julio 26, 2018
El último zarpazo al emporio del poderoso paramilitar Carlos Castaño
Fotos: Google maps / Libro "Mi confesión"

Dos días después de que el paramilitar alias Monoleche asesinara con doce tiros al líder de las AUC Carlos Castaño, su esposa Kenia Gómez se esfumó. Se fue con la pequeña Rosa María, la hija de la pareja. Era la tragedia familiar. A la niña la aquejaba una extraña enfermedad congénita, llamada el síndrome del maullido (Cri Du Chat), que es un acelerado proceso degenerativo.

Sin presagiar su muerte, ocurrida el 16 de abril del 2004, Castaño centró su atención durante los últimos dos años de vida en buscar la cura a su hija. La angustia lo consumía tal como se lo expresó a su amigo Carlos Mauricio García, alias Rodrigo 00, comandante del bloque Metro de las AUC, el 26 de noviembre del 2002: “podrá desarrollar todos su sentidos mentales y físicos en un ochenta por cierto; dan algunas esperanzas de mejorar este patrón, para lo que tendremos que trabajar por alcanzarlo. Solo el inmenso amor que profesamos por ella nos mantiene felices; es así amigo, así pasó, esto sin explicación científica del porqué (sic). Kenia ha sido fuerte y unidos en familia estamos superando el dolor que esto causa en medio de la alegría que nunca desaparece”.

Su ambición de unificar las fuerzas paramilitares para ser alternativa de poder hasta conseguir la presidencia quedó marchitada por este dolor que lo llevó a buscar poder entrar, como fuera, a los Estados Unidos, para salvar a la pequeña Rosa María. Además, allí vivían Lina y Carlos, sus dos hijos del primer matrimonio. Entonces, la DEA tenía la llave.

Por otro lado, los paramilitares de los demás bloque descifraron su plan. Castaño había pasado de líder a objetivo criminal. Así se lo hizo saber su verdugo Monoleche que ejecutó la orden proveniente de su hermano Vicente cuando lo encontró en su refugio de madera en una caleta de Rancho al Hombro en las montañas entre Córdoba y Urabá: " lo vamos a matar porque usted es un torcido que está con la DEA".

Desde 1999, tres años antes de su asesinato, había empezado a trazar el camino detrás de una negociación con los Estados Unidos. La mayoría de los comandantes no lo solo no lo acompañaban sino que prendieron las alarmas. Incluso se filtró una carta en la que se ofrecía como intermediario para una negociación con narcotraficantes y paramilitares pesados. Para ello reunió en Cartago a jefes como Cuco Vanoy, Macaco o Don Diego, uno de los narcos más duros del Cartel del Norte del Valle en Cartago. Su propuesta cayó en el vacío. Marcaron distancia.

El especialista que le daba esperanza a Castaño y a Kenia estaba en Memphis. Llegaron a soñar incluso con una nueva vida de familia en Estados Unidos. La fuerza de su decisión lo llevó a marginarse de la organización a la que le había entregado la vida. Previsivo quiso dejar a su esposa, una exmodelo de Monteria, proveniente de una familia acomodada, que se casó con él a los 19 años, un futuro económicamente seguro. Le escrituró varias propiedades: Las Margaritas, Puertorriqueño, Nueva ilusión y Los Claveles, 200 hectáreas de tierra fértil en Urabá.

En el 2001 unificó los predios en una gran hacienda a nombre de Kenia Gómez Toro y Rosa María Castaño. Le escrituró también un apartamento de 241 metros en el barrio El Poblado de Medellín. De hecho, en el testamento que dejó el exjefe paramilitar se lee: “es (sic) de propiedad sagrada de mi esposa Kenia y mi hija las fincas Campanos, Martabana, la Rula, la Solita, la mitad de la finca Araguay y, obviamente, el apartamento en Montería”.

Tras la muerte de Castaño, Kenia, una viuda joven y rica, logró que por razones humanitarias Estados Unidos la recibiera en octubre del 2004. Allí viven desde entonces de una manera discreta con los recursos provenientes de la renta de sus propiedades.

Sin embargo, hace poco la Sala de Justicia y Paz de la Fiscalía se reunió y no le bastaron muchas horas para determinar que las propiedades que usufructuaba Kenia Gómez y la pequeña Rosa María tenían un origen ilegal, eran producto de las acciones del comandante de las autodefensas en la década de los noventa: narcotráfico, extorsión y compra de tierras a precios ínfimos con el chantaje de un fusil cargado y un camuflado con la insignia de las AUC.

Ahora, buena parte de la emblemática finca Los Campanos en Córdoba quedará en manos del Fondo de Reparación de Víctimas, además del apartamento en el edificio Balcones de La Calera en el barrio El Poblado. Y aunque la salud de Rosa María y el rastro devastador de la enfermedad se desconocen, así como la vida de Kenia en los Estados Unidos, con la última decisión de la Fiscalía ha quedado enterrado cualquier vínculo con el pasado en Colombia del comandante de las Autodefensas Unidas de Colombia: Carlos Castaño.

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