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Opinión

El último sainete

El ‘encuentro’ de los expresidentes Pastrana y Uribe con el señor Trump en Mar-a-Lago donde él estaba preparando su declaración de renta

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Abril 21, 2017
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El último sainete

No queda duda, el último sainete fue el ‘encuentro’ de los expresidentes Pastrana y Uribe con el señor Trump. Era el momento para que Andrés Pastrana demostrara, además de su cordialidad habitual, que tiene sentido del humor y que es capaz de armar una escena digna de Aristófanes. Y su escapada en la Semana Santa sirvió para que un saludo rápido de expresidente a presidente fuera motivo, en un pasillo con baldosas brillantes, de un tuit que revolviera el cotarro político en una nación aún conmovida por la tragedia de Mocoa, la muerte de Martín Elías Díaz y la resurrección de Alas Equipo Colombia.

Uribe quiso demostrar, a su vez, que no solo es bueno para el drama y la tragedia que representa cada día de Dios en cada rabieta contra Santos, sino también para el sainete, y acogió, por consiguiente, el juego sugerido por su colega conservador. Para tal fin, dejó acá a sus dos muchachitos trabajando de sol a sol, con el compromiso de corroborar con hechos lo que él explicó en aquel comunicado que leyó en defensa de ellos, no fuera que repitieran, sin la piel muy quemada, la hazaña de la Zona Franca de Occidente, de la cual no se enteró el progenitor por tener al antiguo DAS chuzando a la Corte Suprema, a varios periodistas y a muchos políticos opositores.

 

Tan pronto se conocieron los ciento cuarenta caracteres
tecleados por Pastrana
los solemnes miembros del gobierno empezaron a sentenciar

 

Tan pronto se conocieron los ciento cuarenta caracteres tecleados por Pastrana, los solemnes miembros del gobierno empezaron a sentenciar: traición a la patria, suplantación de las potestades del presidente como titular de las relaciones internacionales, salida en falso de dos campeones del rencor político de nuestros días, falta de respeto a un gobierno que se desvela por darnos paz. La cara de estreno del nuevo secretario general de la Presidencia denotó, al hablar como vocero del Gobierno, que el hombre tomó en serio su llegada al empleo.

Como fue cierto que Pastrana y Uribe coincidieron en Miami (lo ratificó la Casa Blanca), los comentarios entre ellos debieron estar remojados con risotadas de burla a Santos, a Juan Fernando Cristo, a Luis Carlos Villegas, a Óscar Naranjo y, claro, a Gabriel Silva Luján. Mejor lo hizo Roy Barreras mostrando a Pastrana con Donald (El pato), el único con quien, según él, podía juntarse Andrés en su paseo por el estado de la Florida con el objeto de hablarle del peligro que representaría para la seguridad del Tío Sam la venezolanización de Colombia.

Que en la agenda del portavoz de la Casa Blanca no apareció la cita con los dos expresidentes, que Ashley Parker no supo de ningún diálogo de Trump con los dos exmandatarios, que Marco Rubio si intrigó para que los dos colombianos reaccionarios hablaran con el cavernario gringo, eran referencias de descontrolados. Por eso suscitó risa el titular de El Tiempo que anunciaba que el Gobierno, después de 48 horas de ira contenida, le restó importancia a la cumbre de los tres grandes.

La verdad monda y lironda fue que Trump estuvo en Mar-a-Lago con su contador, porque el lunes 17 de abril se le vencía el plazo para presentar su declaración de impuestos, y salió de una del asedio del opita y del paisa para intercambiar unas palabritas y olvidarse del duelo verbal del vice Pence el loco de Corea del Norte y de la guerra termonuclear que éste bárbaro pretende propiciar. De gruñido en gruñido y de amenaza en amenaza se acordaron de que China cuenta en la pelea.

Yo, por mi parte, les aconsejaría a Santos, sus ministros y los partidos de su coalición, que no le teman tanto al binomio Andrés-Álvaro, por más que representen dos ases juntitas, de unas pataletas anteriores al plebiscito y de la mamadera de gallo de ahora. No son, como Álvaro Gómez y Jorge Leyva, un binomio siniestro. Son un binomio sin estro. De poetas no tienen nada, salvo que a Uribe le sople uno que otro verso propio Paloma Valencia y a Pastrana una que otra décima, con música de champeta, la Chica Morales.

 

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