El triste final de Manuel, el limpiaparabrisas caleño

Así como él son muchos los jóvenes que recurren a este oficio para conseguir unas cuantas monedas para su sustento

Por: German Peña Cordoba
julio 03, 2020
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El triste final de Manuel, el limpiaparabrisas caleño
Foto: PxFuel

Hace aproximadamente quince años, cuando se llegaba al semáforo de la Calle 13 con Autopista Sur para dirigirse al centro de Cali, a los conductores los emboscaba un hombre de cuarenta años, hablantinoso, procaz, dicharachero, con ojos de loco, tez negra, alto y de cabello liso con ondulaciones. Era Manuel, el limpiaparabrisas.

En un acto violento el hombre procedía a levantar bruscamente las plumillas de los vehículos que por allí transitaban y sobre el parabrisas, atrevidamente y sin la debida autorización, vaciaba agua jabón mugrienta, que salía como un torrente del recipiente plástico de un litro. Manuel la tenía clara: si pedía permiso al conductor para intervenir la limpieza de su parabrisas, lo más seguro era que sería rechazado, por eso tenía que forzar el hecho. Además, los automóviles tienen su propio mecanismo de inyectar agua al parabrisas y limpiarlo, así que tenía que hacerse su lugar.

En fin, el hombre dominaba su oficio, pero la manera de abordar al conductor poco gustaba. El Negro Indio Manuel fue el primero en practicar este oficio que se generalizó en los semáforos de Colombia hasta convertirse en una ocupación informal de muchos jóvenes marginados y sin futuro (que últimamente es la labor de numerosos migrantes venezolanos). Este oficio nació por generación espontánea hace quince años en el semáforo de la Luna con Calle 13, Barrio Junín, de Santiago de Cali.

"Tranquilo, papito, déjese que esto no duele", decía Manuel al atemorizado conductor. En forma amenazante limpiaba el parabrisas de los carros con un elemento manual que se asemeja a una brocha metálica y que en su terminal tenía un trozo de suave esponja. De una, Manuel iba al grano, era diestro en el oficio: limpiaba rápidamente y con idoneidad el parabrisas delantero y trasero.

El agua color negruzco se chorreaba por el capó y lo ensuciaba, igual sucedía con los vidrios traseros, cosa que a los conductores un su mayoría irritaba. Después de su urticaria acción, reclamaba unas pocas monedas, que muchos conductores con desprecio y desdén le dispensaban. Paralelo a todo lo anterior, surgía un serio problema: en el afán de abordar el siguiente vehículo dejaba el oficio incompleto: a veces dejaba el capó sucio y la puerta trasera del baúl igualmente mugrienta, esto era generador de conflictos entre Manuel y el conductor.

Manuel bravió tanto a los conductores que se detenían en ese semáforo hasta que cayó en el natural abuso y dio con el que era: un conductor más bravero que él. Un día el "traqueto" amaneció de mal genio y posiblemente enguayabado cuando Manuel levantó las plumillas del lujoso automóvil. Este se bajó enfurecido de su carro de alta gama y lo acostó de tres certeros balazos, que enviaron a Manuel a gozar de las mieles del infinito azul: un tiro se lo pegó en la cara y dos en el pecho. Manuel rendido besó el pavimento, mientras convulsionaba fuertemente, se retorcía, botaba sangre por boca y nariz. Sin que nadie lo auxiliara, murió.

El río de sangre corría hacia el sumidero más cercano, mientras el conductor del vehículo de alta gama impávido siguió su marcha como si nada. Nadie vio nada. "Toma pa' que respetes, ois", dizque dijo. Acto seguido desenfundó su pistola nueve milímetros y la descargó sobre la humanidad del desventurado Manuel. Nadie lloró y nadie denunció. Había llegado la "manda a callar", había llegado la justicia arbitraria y callejera... habían asesinado a un Manuel y la desechable vida de los Manueles para muchos no vale nada...

Como mencioné, el hecho ocurrió precisamente en el semáforo de la Autopista Sur con la Luna, Barrio Junín, donde nació este oficio, que hoy un ejército de Manueles caleños y venezolanos sin ningún horizonte practican. Ellos recurren al invento de Manuel que no alcanzó a dejarlo patentado. Limpiar parabrisas de vehículos es la única opción que tienen muchos jóvenes para conseguir unas cuantas monedas para su sustento, es lo que queda del inclemente capitalismo voraz, insensible y frío como el tempano de hielo. Es la inequidad que se hace presente en un modelo injusto, obsoleto y degradante. Luego se preguntan el porqué tanta delincuencia, si los Manueles no gozan de oportunidades.

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