Opinión

El trifásico: maquinaria, clientela y trashumancia

Más de millón y medio de inscripciones anuladas demuestran que los viejos vicios electorales dormían en el Jurassic Park de la politiquería

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octubre 08, 2015
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Lo que hemos presenciado en las campañas para gobernadores, diputados, alcaldes, concejales y ediles no nos permitirá levantarnos el lunes siguiente (26) orgullosos de la política ni de los políticos. Ni de montones de compatriotas que le ponen precio a un derecho invaluable de la democracia, el de elegir y ser elegidos.

El gran bazar de avales —incluso a personas inhabilitadas para participar en política—, de candidatos inscritos por partidos a los que no pertenecen, de feroces opositores respaldados por las mismas banderas, de abandonos y espaldarazos de última hora, de chismes rodados, de propaganda contaminante, de encuestas contradictorias, de imposiciones partidistas desde la capital, de declaraciones altisonantes, de cédulas  trashumantes…, nos llevan a cuestionar los verdaderos motivos que subyacen en la mayoría de los afanes, mal disimulados, por triunfar en las urnas.

Lo que ha sucedido en Bogotá lo conocemos, es de interés nacional. Pero hay otras ciudades en Colombia que también escenifican su propia opereta. Si hablamos de Medellín, por ejemplo, surgen —me surgen— dos interrogantes básicos: ¿Es la ciudad, su gente, su presente y su futuro lo que en realidad empuja a los candidatos al berenjenal de promesas y amores de ocasión? ¿Es el pulso vanidoso que libran entre sí, ellos y las colectividades o movimientos o alianzas que los soportan, para marcar territorio y fungir de machos alfa de la manada de constituyentes primates, digo, primarios? (Lo de manada es porque hay quienes ejercen de idiotas útiles de la democracia, dejándose llevar de la ternilla a inmolar la “X” en el tarjetón. Para después hacer alarde de su inconsciencia.)

Me voy por la segunda. Las ansias de poder, antes que la vocación de servir, son las que acostumbran marcar derroteros. El poder —cuotas, clientelas, puestos, pagos de favores, intereses…— ejercido donde sea y como sea.

Ser alcalde de aquí o de allá, lo mismo da. Para eso hay votantes a quienes lo mismo da votar aquí o allá. De ahí que los resultados de las encuestas no siempre se compadecen con el mayor o menor conocimiento de la ciudad que demuestran tener los aspirantes. (Además, claro, de lo fundamental: decencia, coherencia, solvencia intelectual.)

La maquinaria hace muy bien la tarea, qué incipiente es nuestra cultura política. Y qué estrecha: comienza y termina con las elecciones y su parafernalia. Y qué falaz cuando se suma al que va ganando con el argumento peregrino de que no se puede botar el voto. (Un voto pensado, jamás será un voto botado; da consistencia a una opción y contribuye a crear hechos políticos válidos, valiosos.)

A los partidos, en general, lo que les importa es que la suma de gobernadores, alcaldes, diputados, etcétera, se incline a su favor. Con o sin corrupción, que esta no sólo se hace presente en serruchos y comisiones; también en el constreñimiento al elector, aunque este se deje constreñir voluntariamente. (Cómplices los hay por montones).

El Consejo Nacional Electoral anunció esta semana la anulación de más de millón y medio de cédulas inscritas en distintas ciudades del país, por riesgo de trashumancia electoral. Y semejante evidencia de que los viejos vicios electorales no se habían extinguido con la Constitución del 91 —dormían en el Jurassic Park de la politiquería—, ha obtenido el eco mínimo en los medios, tal vez porque la avalancha del 25 de octubre que se avecina los tiene inmersos en la alharaca coyuntural.

Lo que está en riesgo no es que Fulanito gane o pierda, es que la democracia, su estructura, se está agrietando. (Y ya vieron lo que pasó con Space).

No obstante hay que anotar que, en el momento de decisión, de algo habrán de servir algunos esfuerzos periodísticos que se vienen haciendo para divulgar las propuestas de los candidatos, sobre todo a las alcaldías, con temas sensibles para las ciudades y sus habitantes. Habría que leerlas y discutirlas. Y ojalá controvertirlas o complementarlas. (Si asistieran a los foros…). Sería lo ideal, nos esperan cuatro años bajo la batuta del elegido. Un tiempo muy largo para hipotecarlo por un trifásico.

ETCÉTERA: Soy alérgica a los columnistas que en vísperas de elecciones convierten sus espacios en panfletos, cada quien es libre de votar por quienes a bien tenga. Pero me preocupa que Medellín y Antioquia vuelvan a ser fortines de las maquinarias. Por eso, con su permiso, le cuento que entre Alonso Salazar y Federico Gutiérrez tengo “el corazón partío”, como diría Alejandro Sanz. Con la alianza que nunca fue, perdimos una gran oportunidad de aunar esfuerzos por la ciudad que queremos y a la que han apuntado las recientes administraciones. (Pilas, señores, el tiempo apremia, pero aún se puede). Y para completar el tándem ganador, Federico Restrepo debería llamarse el próximo gobernador.

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