El país vivió una tragedia con el accidente del avión Hércules C-130 de la Fuerza Aeroespacial Colombiana, en el que se transportaban 125 miembros de la Fuerza Pública en Puerto Leguízamo, Putumayo. El saldo fue devastador: 34 muertos y decenas de heridos, algunos en estado crítico. Sin embargo, en medio del dolor, los colombianos fuimos testigos —a través de imágenes difundidas en redes sociales— de la solidaridad espontánea de la ciudadanía, que se movilizó para socorrer a los sobrevivientes y trasladarlos en motocicletas hasta el hospital local.
No deja de ser contradictorio que se insista en llamar “Fuerza Aeroespacial Colombiana” a una institución que en los últimos años ha mostrado precariedad en sus equipos, con la caída recurrente de helicópteros y aviones. Aun así, los habitantes de Puerto Leguízamo mostraron la verdadera cara de esa Colombia que apuesta por la solidaridad en un país azotado por la violencia. No dudaron en auxiliar a quienes, al servicio de la nación, sufrieron el infortunio.
Mientras esto ocurría en Putumayo, ese mismo 23 de marzo de 2026 los principales medios registraban una asonada en Mercaderes, Cauca, contra el Ejército Nacional, que adelantaba operaciones ofensivas contra las disidencias de las FARC al mando de alias Iván Mordisco. Según las autoridades, los civiles que participaron en esta acción habrían sido instrumentalizados por los grupos armados ilegales, con el propósito de frenar el avance de la fuerza legítima.
Así se revela una Colombia dividida: de un lado, la solidaridad de ciudadanos que ponen su vida al servicio de otros; del otro, la ilegalidad de quienes se dejan manipular por estructuras criminales. Todo esto ocurre en un país polarizado por fuerzas políticas de izquierda y derecha, de cara a las elecciones presidenciales del próximo 31 de mayo. La paradoja es evidente: dos caras de una misma nación que reflejan la tensión entre esperanza y violencia.
No obstante, la inmensa mayoría de los colombianos se caracteriza por su amor al trabajo, el deseo de ver prosperar al país y el sacrificio de los miembros de la Fuerza Pública, que defienden los cimientos de la República con su entrega. Hoy, el Putumayo mostró la cara de la esperanza: la de quienes sueñan y confían en las instituciones, demostrando con sus acciones que aún es posible caminar en la dirección correcta.
Tras más de medio siglo de conflicto, Colombia ha aprendido —a través del sufrimiento— que la solidaridad entre compatriotas será la balanza que incline hacia el lado correcto. Nunca la ilegalidad debe decidir el rumbo de nuestra nación. Los hechos vividos en Puerto Leguízamo son prueba de que seguimos siendo un país capaz de identificarse con el dolor de quienes sirven a la patria, incluso cuando exponen su propia vida.
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