“El Tour de Francia va a salir de Colombia” y lo que Colombia debe aprender de Rigoberto Urán

"La hipocresía detrás de las buenas palabras que esconden monstruos con nombres bonitos debe ser superada por expresiones honestas que no escondan la doble moral"

Por: Witton Becerra Mayorga
noviembre 30, 2017
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“El Tour de Francia va a salir de Colombia” y lo que Colombia debe aprender de Rigoberto Urán
Foto: @Ride_Argyle

El reconocimiento público y la fama, y las situaciones derivadas de ello, que convierte a muchos personajes en representantes de la mentalidad de un pueblo ha sido un elemento común a todas las sociedades y culturas. Los símbolos de Ulises en la antigua Grecia, de Alejandro Magno, posteriormente. También, del soldado Filípides, a quien por su hazaña de recorrer 37 kilómetros desde la ciudad de Marathon hasta Atenas para anunciar la victoria griega sobre los persas, se le debe una de las competencias más importantes del deporte mundial. El Cid Campeador, Don Quijote, que se convierte en la paradoja de todos esos héroes valientes y destacados del resto de los demás.

Los deportistas reemplazaron el estereotipo del héroe de las guerras o los caballeros armados. El atleta japonés Kokichi Tsuburaya se convirtió en una celebridad en Japón que quería mostrar signos de recuperarse de la posguerra, sin embargo esto no fue suficiente para que se suicidara por no obtener el oro. Se dice que Karl Lewis humilló a Hitler ganando enfrente del racismo. Pambelé, que de hecho fue el primero que nos enseñó que se puede ganar, construyó la paradoja del triunfo y la derrota que bien ha dibujado Alberto Salcedo Ramos. De la selección de fútbol se espera algo como supuesto estereotipo de superación y a Nairo Quintana se le recrimina cuando no gana.

Algo de quijotesco empata con la personalidad de Rigoberto Urán, el ciclista colombiano que, además de competir en el pelotón internacional siendo uno de lo mejores, es su personalidad lo que invita a hacer una reflexión.

La semana pasada en medio de la visita de los ciclistas para la promoción de la primera carrera 2.1 en Colombia a la Casa de Nariño, el lugar por antonomasia de la “formalidad”, Urán en un momento inesperado se apropia de la palestra presidencial, rodeado por otros ciclistas, que hacen parte de la ya consolidada nueva generación de corredores colombianos, a quienes llama su equipo de trabajo, emite un breve discurso que de manera inteligente subvierte el estereotipo de a formalidad política, una formalidad detrás de la que se esconden monstruos que hacen cosas como aprovecharse de los programas de alimentación escolar de los niños, definir las políticas para los intereses de las multinacionales por encima de la necesidad de agua potable, disfrazar lo malo de bueno y convertir los aparatos de poder público en unas mafias más peligrosas y más aventajadas que las mismas mafias en sentido estricto.

Por eso, el breve discurso de Urán en la palestra presidencial muestra una visión particular en medio de la ironía de estar allí: “colombianos y colombianas, vamos a sacar la nueva colección de GoRigoGo y vamos a patrocinar la carrera más importante, el Tour de Francia va a salir de Colombia, vamos a tener las dos primeras etapas y luego mandamos a toda la gente en barco pa’ que sigan allá corriendo”.

Además de promocionar su marca de ropa deportiva, hace, de manera irónica, una promesa del tipo tradicional de las que hacen los políticos. De lo primero, habrá que decir que ha demostrado que un deportista, en vez de las extravagancias que se pueda dar, tiene alternativas como invertir en una empresa en vez de esperar solo los patrocinios, es decir, generar la dinámica en vez de la estática. De lo segundo, aunque muchos lo toman en broma, está, por un lado, ridiculizando la política mediante el ejemplo tradicional de las promesas nunca cumplidas y, por otro, expresando su espontaneidad, espontaneidad de la que debería aprender más Colombia.

Lo que Colombia debe aprender de Urán es que además de saber invertir su tiempo, de destacarse como uno de los mejores ciclistas del mundo, de generar una empresa que promueve desarrollo en un sector, también es posible, mediante la ironía, desarticular las formas tradicionales que en las aparentes formalidades esconden monstruos que destruyen lo bueno y lo noble.

Ahora bien, en varias ocasiones, Urán ha sido interrogado por la muerte de su padre quien fue asesinado por grupos paramilitares, a lo que él ha respondido categóricamente que tuvo que dejar el odio y no mirar para atrás, porque si mirara para atrás no estaría capacitado para caminar a donde ha alcanzado el camino.

Muchos se oponen a la paz en Colombia porque, desde la comodidad de las ciudades, sin sufrir los embates de la guerra, juzgan con el odio que le imponen otros, la imposibilidad de que haya una marcha hacia adelante. Lo que Colombia debe aprender de Rigoberto Urán es que los verdaderos dolientes de la guerra en Colombia quieren la paz, como lo demostró el fallado plebiscito del año pasado, que mientras quienes sufren la guerra quieren la paz y quienes la han vivido por los noticieros, llevados por el odio y la manipulación de los que les conviene la guerra reclaman más sangre.

Pero hay algo más que Colombia debe aprender de Rigoberto Urán y es que la hipocresía detrás de las buenas palabras que esconden monstruos con nombres bonitos debe ser superada por expresiones honestas que no escondan la doble moral del que se presume bueno por vestir de corbata y hablar bonito, o nombrar los delitos con nombres pomposos, sino de saber decir: “yo que voy a saber güevón”.

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