El temor se ha evaporado y el pueblo está decidido a lo que sea

La estratagema de la crisis es el programa preelectoral de las fuerzas políticas que representan la guerra y la muerte, ¿lograrán su cometido?

Por: César Augusto Patiño Trujillo
septiembre 15, 2020
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El temor se ha evaporado y el pueblo está decidido a lo que sea
Foto: Las2orillas

Quienes en redes apoyan o disminuyen los actos demenciales de la fuerza pública contra la población deben estar realmente viviendo en un mundo falto de toda lógica y de toda humanidad o son sus cómplices. Encontramos desde el frío, irreal y antidemocrático discurso del presidente Duque, a quien se le ha puesto una venda en los ojos (convirtiéndolo en un iluso negacionista), pasando por las irresponsables palabras del ministro Trujillo y el apoyo insufrible del Centro Democrático y todas sus huestes, responsables directos de la sangría que esta semana vivió la nación.

Desde el inicio de la guerra a muerte que declaró la Policía a los jóvenes de Colombia, las autoridades han pretendido que la población colombiana acepte como aislada y circunstancial la represión y ha querido lavar la conciencia manchada de una institución que hace muchos años perdió su horizonte.

La Policía Nacional como institución, no la falaz teoría de las manzanas podridas, es responsable directa del caos que se vive en este momento, por lo que es impajaritable hacer un pare, un alto en el camino y rehacerse desde su médula. El que se haya decidido a desoír las órdenes de la máxima autoridad distrital, que es la alcaldesa Claudia López, genera no solo confusión sino ira y desprecio en la ciudadanía que ha quedado entre la buena de Dios y las armas de la república manipuladas por dementes uniformados. El temor se ha evaporado y el pueblo está decidido a lo que sea con tal de no seguir permitiendo la masacre policial que es tan vergonzosa y luctuosa como las que han venido ocurriendo tiempo atrás en el territorio colombiano.

No puede seguir el gobierno y sus lacayos defendiendo lo de las manzanas podridas porque las evidencias les hace quedar muy mal, o, para ser más directos, los convierten en responsables de la masacre que en 48 horas dejaba 11 víctimas mortales en Soacha y Bogotá.

La muerte de Javier Ordóñez, seamos claros, tan solo fue la gota que derramó la copa. Toda una serie de acontecimientos durante el duro aislamiento fueron acabando no solo con los recursos económicos de la población más vulnerable, e incluso con buena parte de la clase media, sino con la paciencia. Las masacres en diversos sitios de la nación, el acto anticonstitucional de dejar entrar a Colombia las detestadas tropas del ejército yanqui sin la autorización del Senado de la República, el asesinato inmisericorde de líderes sociales y reinsertados de las Farc, los intentos de no permitir la extradición de Salvatore Mancuso (quien tiene mucho que decir ante la justicia colombiana en contra de los principales líderes políticos del paramilitarismo), el secuestro del ejecutivo de la Fiscalía, la Contraloría, la Defensoría del Pueblo y la Procuraduría de la nación con la bendición del uribismo y los mal autoproclamados partidos en independencia (santismo para ser más claros), el préstamo indecente e inmoral que el gobierno de Colombia iba a hacer a Avianca con argumentos que juegan con la inteligencia de los colombianos, la persecución y soborno de la policía en las calles contra la gente que sale a conseguir el pan para la familia, entre otros, han llevado a las ciudadanías a reventar contra todo lo que represente el statu quo.

Además, a lo anterior hay que sumarle que el gobierno no haya salido de inmediato a neutralizar a los uniformados mercenarios a sueldo del Estado y no haya ofrecido de manera sincera el perdón a la nación, los ataques desmedidos a la oposición con el intento constante de desacreditarlos, el constreñimiento de las libertades individuales, la heroización de la fuerza pública que les justifica y empodera para seguir disparando a mansalva contra la población civil. Y hay más todavía, que el gobierno haya enviado mayor cantidad de fuerzas policiales a la call, deja en el ambiente dos situaciones muy peligrosas para la salud de la ya maltrecha democracia colombiana: una declaratoria de guerra a muerte del gobierno a las clases populares y un tizón de violencia en las calles que seguirá flameando si esa declaratoria de guerra produce más víctimas.

Mientras todos estos ingredientes funestos crean una especie de sopa venenosa, desde su incómoda cárcel, El Ubérrimo, el sindicado expresidente Uribe Vélez lanza un tizón a distancia invitando (dando una orden) al gobierno de militarizar a la nación, trino que envía a pesar de estar privado de la libertad mientras las autoridades correspondientes se mean de miedo con el susodicho personaje y no le prohíben el uso de redes como debiera ser y que en otra persona privada de la libertad hubiese sido imposible utilizar.

La acusación grosera y vergonzosa, pero sobre todo infame, mezquina y cobarde, contra el senador Gustavo Petro Urrego de ser el atizador de la violencia y el incendiario es un indicio claro de la necesidad que tiene el gobierno de Iván Duque y sus potestades de buscar un responsable por fuera de sus toldas, un enemigo interno de La nación , la vieja estratagema que vuelve a jugar para desviar la atención de algunos ciudadanos sumisos y poco críticos que aún le prenden velas a la política de la muerte. Necesidad de un enemigo, negacionismo y evasión de la responsabilidad son actos de mala fe de parte de la Casa de Nariño y el partido de gobierno.

Hay hipótesis tan descabelladas como la de la “influencer” Erika Laverde que asegura que los policías asesinos no son realmente policías, sino infiltrados pagados por las Farc, y que el hecho de utilizar el uniforme no asegura que sean policías reales. Una serie de teorías de la conspiración tan burdas que terminan uniéndose a toda esa manifestación promotora de barahundas que aceleran exitosamente el estado de confusión en un país que tiene el derecho a esclarecer en toda su dimensión la verdad de la represión y la masacre que cubre de luto y sangre a Colombia. Laverde ayuda a la generación de confusión que el uribismo necesita para 2022.

Como Laverde, hay otros “influencers” como Milton López, José Julián Orozco, Miguel Polo Polo y otros cercanos a las políticas fascistas del gobierno que seguirán disparando sandeces a nombre de la libre opinión, pero su objetivo es ese oscuro aniquilamiento de la verdad, una verdad que por más que quieran no la van a poder borrar de la memoria de las ciudadanías libres. Mientras ellos, esclavos de su lengua, pontifican sobre la muerte y la violencia, quienes están decididos a descubrir esa verdad tan necesaria para construir paz, siguen trabajando juiciosamente.

“Influencers” que se convierten en mercenarios de la palabra en redes y que tienen como objetivo desviar y engañar a la ciudadanía, o si no, revisar los audios de las supuestas vecinas del señor Ordóñez, donde le difaman. Ya se supo que son montajes para trapear la memoria de una víctima que ya no se puede defender, objetivo. Justificar su asesinato y lavar el nombre de sus asesinos, que, aunque a Laverde no le guste y tenga que crear cuentos terroríficos en su cabecita para lavar la costra de su amada institución, son agentes activos directos de la Policía y no insurgentes infiltrados, como asegura desde lo que ella dice es “su opinión”.

Buscan culpables los victimarios en la otra orilla. La idea es mover de nuevo el sentir de los colombianos en el inicio de una época preelectoral y es urgente crear un ambiente que deteriore aún más las fuerzas progresistas que en octubre de 2019 comenzaron a solidificarse y a cambiar la política y administración de buena parte del territorio nacional.

Quieren buscar la pérdida de investidura de alcaldes como Daniel Quintero de Medellín y Carlos Mario Marín Correa en Manizales; se comienza a lanzar voces que desean sacar a la alcaldesa Claudia López a patadas del Palacio Liévano, han querido despachar al gobernador del Magdalena Carlos Caicedo… en fin… una estrategia muy bien montada de parte de los más retardatarios y violentos partidos políticos que han devastado a la nación históricamente.

El señor Iván Duque ha vuelto a la guerra. No queda duda que para la extrema derecha trumpista que gobierna a Colombia, este es un momento clave antes de entrar en el proceso electoral de 2022. La táctica es conocida: exacerbar las emociones más negativas de los seguidores del uribismo y sacar de nuevo, como siempre ha ocurrido, a votar a la gente con sus sentimientos de ira y deseos de venganza a votar; para ellos, los argumentos valen pepino, y saben que este momento es preciso para mantener el poder. Nada es al azar.

Finalmente, si las fuerzas que representan a las ciudadanías libres no se organizan y ni están a la altura de las circunstancias, volveremos a vivir una nueva tragedia en los próximos comicios. Las calles no le pertenecen en este momento a ningún líder político, los jóvenes no-futuro salen porque tienen rabia, porque les ha tocado crecer y vivir en un país descuadernado que nada bueno les ofrece para su futuro. Ellos, si son igualmente inteligentes, en 2022 tendrán el futuro de Colombia en sus manos.

Destruyeron la posibilidad de construir la paz. La guerra del establishment, el inicio de un gobierno tiránico y déspota, ni siquiera el COVID-19, una causa menor de muerte ante el poder de las armas usadas contra el pueblo, no bastarán para callar ni volver a recluir a los ciudadanos y mucho menos a las juventudes decididas a lo que sea con tal de poner un pare definitivo a este gobierno atrabiliario y constante violador de los derechos humanos.

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