Texto escrito por: Angelina Paz Bustamante
A mediados de 2025, The New York Times publicó la noticia de Adam Raine, un adolescente de 16 años en California, que desarrolló una relación muy estrecha con ChatGPT. Adam, quien primero usaba para tareas escolares, convirtió esta herramienta en su principal confidente emocional, compartiendo con el chatbot sus pensamientos y planes suicidas durante meses. En abril de 2025, el joven se suicidó. A pesar de que en algunas ocasiones el sistema lo orientaba a acudir a un adulto, también le proporcionó información detallada sobre métodos de suicidio y, según la demanda de sus padres hacia la compañía OpenAI, contribuyó a reforzar sus ideas autolesivas, incluso ayudándole a redactar una nota de despedida.
Sin duda, el mayor logro de la sociedad capital, así como lo plantea Eva Illouz en La salvación del alma moderna: terapia, emociones y la cultura de la autoayuda, ha sido la implantación de una idea de realización personal, condicionada a la construcción del “yo” como piedra angular del éxito. Bajo esta doctrina terapéutica, el individuo toma un papel protagónico en busca de la autosuficiencia. Centra todo su esfuerzo en construir la mejor versión de sí mismo. Hace ejercicio, va al psicólogo, trabaja, medita, copa su rutina diaria de tareas que, casi de forma accidentada, interfiere con la posibilidad de nutrir otras redes de apoyo.
Hablamos de dispositivos de control social que operan bajo el rótulo de “wellness”, construyendo una sociedad desde la individualización y descuidando la formación del tejido comunitario. Los riesgos de esta fragmentación social residen en lo vulnerable que deja a los individuos al no tener redes de apoyo, además de lo expuestos que quedan ante a la implantación de ideales y políticas deshumanizantes.
Para una comunidad que se sostiene desde los espacios compartidos, que dispone de espacios de encuentro y debate, será más fácil elegir sabiamente y serle fiel a su soberanía; sin embargo, sin un ejercicio humano activo, la práctica de la gobernanza se enfría y, con ello, nuestra capacidad de elegir conscientemente.
Hoy, la situación se agrava con el uso indiscriminado de herramientas de inteligencia artificial para soporte emocional. A muestra de ello, el caso de Ayelén Sebastián, una joven zaragozana que le pidió a ChatGPT analizar sus conversaciones con su novio para tomar decisiones determinantes al respecto.
La joven afirma que recurrir a esa herramienta para aquellas consultas resulta más práctico que ir con un amigo, pues: “Está disponible cuando quieras y es un espacio de desahogo en el que sabes que no te van a juzgar”. Lo que demuestra una fehaciente crisis relacional en la que cada vez más personas prefieren ahorrarse la incomodidad de un vínculo donde serán confrontados. Un punto de partida clave para entender el auge de este fenómeno es la pandemia. El 2 de marzo de 2022, la OMS reportó un aumento del 27,6 % en casos de trastorno depresivo mayor y del 25,6 % en trastornos de ansiedad en 2020. Ese mismo año, el Centro Interdisciplinario de Ciencias de la Salud del Instituto Politécnico Nacional en México publicó un estudio sobre la app Jenny Mindful: entre febrero de 2020 y mayo de 2021, más de 30 000 personas la usaron como soporte para ansiedad, depresión, estrés, ideación suicida y duelo.
Si bien el confinamiento no es el responsable del origen de esta práctica, sí representa un aumento significativo en su adopción como respuesta al aislamiento. El tema es que, a día de hoy, los chatbots no funcionan como respuesta ante la crisis, operan como soporte inmediato a la vida diaria, y la gente no lee las letras pequeñas de este contrato.
La inteligencia artificial no es una aliada. Se alimenta diariamente de nuestras intimidades con fines económicos y políticos. A mayor volumen de datos, mayor control concedemos a las corporaciones. Un ejemplo evidente son las redadas del ICE en Estados Unidos, en las que se utilizó información proveniente de aplicaciones y redes sociales para localizar y deportar a migrantes mediante el rastreo de sus datos personales. Este espejismo de apoyo emocional se inserta en un negocio cuyo capital somos nosotros: vendemos nuestra soberanía, nuestra experiencia humana e incluso el derecho a permanecer en un país. Dejándonos expuestos ante las decisiones de empresas que determinan, incluso, nuestro deseo de permanecer en esta tierra.
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