El silencio de Pablo Catatumbo

"Ya en los tiempos de 'paz' las batallas son más íntimas, se tramitan en los recuerdos y en el claroscuro de la nostalgia"

Por: Fredy Alexánder Chaverra Colorado
enero 13, 2021
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El silencio de Pablo Catatumbo
Foto: Karsami12 - CC BY-SA 4.0

A principios de 2013, el comandante del Bloque Occidental de las extintas Farc-Ep, Pablo Catatumbo, llegó a la mesa de negociaciones de La Habana. Su arribo al centro del proceso de paz se interpretó como un movimiento estratégico para dinamizar la negociación dada su condición de ideólogo y su experiencia como negociador en el fallido proceso de paz de Tlaxcala en 1992. Aunque en el proceso del Caguán asumió un bajo perfil (al igual que Alfonso Cano), sobre Catatumbo siempre se resaltó su carácter conciliador y los analistas del conflicto nunca lo ubicaron en la condición de tropero de primera línea.

Su papel durante el proceso de paz no se limitó a integrar la mesa de La Habana; su aporte resultó más determinante porque fue a través de su intermediación que se continuaron con los acercamientos exploratorios que se venían dando desde el gobierno Uribe y lo más importante, promovió la continuidad del mismo tras el bombardeo a Alfonso Cano el 4 de noviembre de 2011.

Seguro fue una decisión difícil (para Santos fue la “decisión más difícil” según su libro) porque entre Cano y Catatumbo se forjó una amistad muy fuerte. En el teatro de la confrontación ambos operaron en el sur del país y en los años 90 lograron convertir la región del Cañón de las Hermosas en un fortín militar de las Farc; sin embargo, también los unía la visión de darle una salida negociada al conflicto y llegar a acuerdos en torno a resolver las causas estructurales de la confrontación armada.

Aunque el proceso exploratorio continuo con un intercambio de cartas y un año después del bombardeo a Cano se inició la fase pública, Pablo Catatumbo no volvería a ser el mismo, ya que algo se rompió en su interior tras la muerte de su amigo. Con quien militó en las juventudes comunistas en los años 70; asumió la responsabilidad del proceso de Tlaxcala y la dirección de la guerrilla en el secretariado (al cual ingresó en 2008 tras la muerte de Manuel Marulanda). Con su llegada a La Habana ratificó su compromiso por la salida negociada y el legado de Cano al que considera como el “arquitecto de la paz”.

Tras la conversión de las Farc-Ep en partido político (conservando la sigla) Catatumbo pasó a integrar la dirección política del nuevo partido, en el congreso fundacional obtuvo la segunda mayor votación (detrás de Iván Márquez) y garantizó un escaño en el Senado. En medio de un congreso tensionante donde ya se empezaban a vislumbrar las dos líneas que pasarían a disputarse el poder, la línea de Timochenko y la de Márquez; Catatumbo se percibía como un dirigente con ascendencia en la antigua tropa y de una posición más conciliadora.

Ya como candidato al Senado, el excomandante del Bloque Occidental Alfonso Cano se recorrió los caseríos y comunidades en los cuales impuso su autoridad a lo largo de dos décadas. La primera bocanada de realidad llegaría el 11 de marzo de 2018 con los resultados de la lista fariana al Senado, tan solo 52.583 votos equivalentes al 0,34% de la votación total. Una auténtica debacle electoral muy alejada del millón de votos con el que soñaba Márquez o Pastor Alape. En los departamentos de influencia del Bloque comandado por Catatumbo se llegó a poco más de 10 mil votos.

En virtud del acuerdo Catatumbo pudo asumir la curul y muchos pensamos que despuntaría como uno de los senadores más destacados del Partido de la Rosa. Pasó a integrar la Comisión Quinta de asuntos agropecuarios y formar parte el bloque pro-paz y opositor; sin embargo, su desempeño ha sido regular. El antiguo ideólogo no ha destacado por encarar grandes debates, proponer proyectos de ley “revolucionarios” o sintonizados con una nueva forma de hacer política, tampoco ha asumido un papel destacado en la opinión pública o siquiera en las discusiones que han fragmentado su partido. Se percibe invisible y desmotivado.

Con la agravante de que debe compartir comisión con Carlos Felipe Mejía, un “perro rabioso” del uribismo que no escatima oportunidad para atacarlo, denigrar del proceso de paz o cuestionar la legitimidad de las curules de las Farc. Un personaje con un tufillo laureanista y de precaria inteligencia que no comprende la templanza, moderación y mesura que caracteriza a un hombre curtido en las lides de la guerra y realmente comprometido con la paz.

Del antiguo comandante del Bloque Occidental se comenta que se percibe cansado y silencioso. Gran parte de su vida la vivió en medio de la guerra y en el ocaso de su existencia libra una última batalla por sacar adelante la implementación del acuerdo de paz; responder a la JEP y conciliar las luchas intestinas que amenazan con convertir al partido heredero del alzamiento guerrillero en un cascarón vacío.

A pesar de todo eso, su aporte a la historia del país también es silencioso y determinante, gracias a su firme convicción la negociación pudo ser una realidad. Ya en los tiempos de “paz” las batallas son más íntimas, se tramitan en los recuerdos y en el claroscuro de la nostalgia; en el silencio del comandante. Un silencio que me recuerda una frase de Varlam Shalámov, “fui parte de una gran batalla perdida en favor de una genuina renovación de la existencia”.

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