¿El rey no es el traqueto?

La narcocultura parece seguir presente en el país, especialmente en cierto sector poblacional. Vale la pena reflexionar acerca del porqué

Por: Alejandro Nieto-Hernández
Junio 18, 2018
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¿El rey no es el traqueto?

El pasado sábado 16 de junio, un día antes de la segunda vuelta, Gustavo Petro escribió este tuit: “Mañana Colombia puede escoger si prefiere un traqueto como rey en la sociedad de cada municipio, o el profesor, la profesora, el médico o la médica”.

Dicho trino fue borrado un tiempo después por Petro, ya que suscitó innumerables críticas. No obstante, vale la pena preguntarnos si esa reflexión es verídica y si, en realidad, la elección de Duque representa una hegemonía cultural basada en una cultura mafiosa.

Hace un tiempo estuve en un municipio relativamente cerca de Bogotá que tiene la cualidad de albergar a casi ciento cincuenta mil habitantes. Yo soy joven, como la gran mayoría de los colombianos, y analizar a los jóvenes en los municipios, describir su modo de vida y de pensar puede resultar un ejercicio válido para responder si en realidad Petro fue desacertado en su reflexión.

Acá va la descripción del joven promedio de un municipio colombiano, que según lo visto no es más que un hombre o mujer entre 18 y 25 años, de clase media, que ostenta una cultura disímil a la de sus pares en ciudades como Bogotá.

Por su parte, los hombres se peinan en su mayoría igual con el llamado siete, que no es más que rasurarse con máquina de afeitar la parte lateral de la cabeza, lo que deja una especie de cresta de pelo en el medio. Además, utilizan expansiones en las orejas, eso sí, de no más de uno o tres milímetros. Visten igual, por lo general de joggers, gorra, camisetas modernas y coloridas. Tienen un delirio especial por el uso de cadenas, gafas, relojes de esclavas, pulseras plateadas, anillos grandes o delgados. Todos tienen las redes sociales de moda: Instagram y Snapchat. Salen en carros prestados y, ojalá, con la música a todo volumen, donde suenan los últimos “temas” de Ozuna, Bad Bunny y Arcángel. Las ventanas del carro siempre están abiertas, ellos quieren que los vean, desean con locura llamar la atención.

Las mujeres, por el contrario, hacen una transformación de su identidad, tienen el deseo ferviente de la aceptación masculina: se alisan el pelo lo más que pueden, a pesar de que la naturaleza les haya dado el cabello en ondas. Buscan vestirse con las prendas más ceñidas, mostrando solo lo suficiente. El maquillaje es una capa gruesa que no las deja respirar, el perfume no falta, además del bolso de colores, que si es brillante y pareciera de charol mejor, o si es posible la imitación de la cartera Louis Vuitton. Así mismo, usan pantalones blancos, camisas amarradas para mostrar el ombligo. Al final están en la búsqueda implacable de sobresalir entre ellas mismas.

Son las que se montan en los carros, las que van a fiestas y a discotecas, toman ron, van a cabalgatas con los hombres, tienen una aversión a que las luzcan, a ser objetos sin darse cuenta. Ellos, hombres y mujeres, tienen el privilegio de engrosar la clase media de sus municipios, creen que con lo que viven es suficiente, no miran más allá. No están bien educados, saben poco sobre la realidad política del país, sobre la economía o sobre la crisis de Hidroituango, por ejemplo. Son expertos en revisar el Instagram, de saber qué hace Kevin Roldán o Bad Bunny. Muchos se declaran “silvestristas”, les gusta el vallenato o las canciones de despecho. Los hombres están al tanto del fútbol, hablan, discuten, se saben los nombres de los jugadores extranjeros y los dicen con fluidez. Piensan en fiesta todo el tiempo, hablan de que estudian en la universidad (algunos) y que allá la marihuana se vende a buen precio, que las fiestas son “una chimba” o que las mujeres están “buenas”.

A hombres y mujeres les gusta las fiestas en piscina, las ferias de los pueblos y ojalá con su celular en mano, eso sí iPhone, así sea pagado a cuotas, no importa, eso representa su superioridad, su pequeño reinado en un pueblo donde las clases bajas son miserables y viven a fondo la desigualdad social. Los hombres tienen un interés especial por conseguir dinero fácil, las drogas están a la vuelta de la esquina, son consumidores de las nuevas: el popper, el LCD, el éxtasis. Si no utilizan carros, utilizan motos ruidosas, a veces rápidas, a veces no tanto, necesitan hacer ruido, quieren acaparar.

En general son así, o al menos, los que se hacen notar. Ellos representan una nueva generación de colombianos, los que disfrutan ver novelas como Sin tetas sí hay paraíso, se saben los personajes. Los que tienen actitudes machistas, clasistas, desprecian al “menos”, pero quieren ser como otros, no necesariamente como las élites de las ciudades, ellos quieren tener plata fácil y buscan la manera de mostrarla a como dé lugar, y admiran al que lo hace, al que gana en dólares al que tiene armas.

Ahora bien, señor lector, ¿usted considera que en los municipios la cultura mafiosa no es la reinante, al menos en los jóvenes? No es necesario mostrar evidencia de lo que aquí describí, de lo que aquí dije, usted lo puede ver en la ventana, puede ver a los jóvenes en las calles, puede pasarse a una discoteca un sábado. Y si, por el contrario, usted es joven y está leyendo esto, puede hacer una autoreflexión acerca de si en realidad nosotros, personas menores de 25 años, seremos capaces de hacer que el país avance, que las minorías tengan voz, que los que tienen menos puedan llegar a tener esa dignidad humana que nuestra Constitución promueve.

Ver bailar a Silvestre Dangond, un hombre que refleja una cultura de alcohol y de parrandas, por la victoria de Duque, o ver a un exsicario como Popeye también celebrando la victoria de nuestro presidente electo, puede dejar mucho para la reflexión. Independientemente de si Duque es o no mejor opción que Petro, un nobel de economía, de literatura, miles de académicos y de artistas apoyaron la candidatura de este último, muy contrario a los apoyos del primero. ¿En realidad no cree que se está prefiriendo esa cultura mafiosa y no la cultura del intelectual, la del científico, la del maestro? Ahora, que tenemos nuevo gobierno y que la disputa electoral pasó, ¿no vale la pena reflexionar acerca de lo que somos?

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