En Cartagena los negros le estorban a muchos

Se las da de cosmopolita y es la más racista

Por: Eva Duran
octubre 07, 2013
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En Cartagena los negros le estorban a muchos

Juan Marchena, profesor de humanidades de la Universidad de Andalucía, me contó la siguiente anécdota durante el reciente Seminario Internacional de Estudios del Caribe: Hace casi 25 años, cuando se gestionaba la creación de la facultad de humanidades de la Universidad de Cartagena, perteneciendo él al comité que impulsó la iniciativa, visitó a Eduardo Lemaitre Román a la sazón director de la Casa Museo Rafael Núñez, quién ponía reparos, al lado de otras personalidades de la ciudad, a la creación de dicha facultad. La razón que expuso el famoso historiador cartagenero dejó helados a los miembros de la comisión encabezada por Marchena.

“No podemos – dijo – permitir que esa facultad se concrete, porque entonces la universidad se nos va a llenar de negros”. Marchena se repuso rápidamente de la impresión y respondió: “Es que eso es exactamente lo que queremos”.

No debe extrañarnos. Recuerdo que cuando estaba en tercero de primaria, la profesora de sociales nos mostró unas laminas que hacían referencia al cruce de razas en América. La primera ilustración era una pirámide: en el extremo superior estaba la cabeza de un español vestido a la usanza colonial, en los dos extremos inferiores las razas sometidas, a la izquierda la cabeza de un negro, a la derecha la cabeza de una india. Así ha sido siempre, el blanco en la cúspide, los demás arrodillados y agradecidos.

Cartagena, quién extrañamente conserva, casi doscientos años después de la independencia su apellido colonial “de Indias” vive en perpetua
adoración y exaltación de la herencia hispana. ¿Pero alguien ha considerado el infierno que significó para las almas medianamente cultas y sensibles, el vivir en esta ciudad en el oscuro periodo que se vivió en los siglos XV al XIX?. En esa época Cartagena era una ciudad-fortaleza dominada por una elite de fanáticos católicos fundamentalistas, principal puerto negrero de América, vigilada severamente por el hacha psicopata asesina
de la Santa Inquisición, que de santa solo tenía el nombre.

¿Puede alguien imaginar lo que significaba vivir bajo el terror de que cualquiera podía acusarte de brujería o herejía, y condenarte a las más atroces torturas y a la muerte por hoguera, solo porque le caías mal o sencillamente te tenía envidia?

Luis_Badel_Fayuk___PALENQUERAS___USANo existe en Cartagena UNA SOLA PLACA, que recuerde que esos baluartes y murallas fueron construidas con la sangre, el dolor y el sufrimiento de decenas de miles de seres humanos condenados a la esclavitud y la perpetua humillación.

Por el contrario, todo cuanto hay son estatuas y reseñas en mármol que perpetúan la memoria de los “gloriosos” arquitectos e ingenieros españoles que diseñaron el trazado de los castillos y cordones de piedra, cuando lo más probable es que la mayoría de dichos señores no hayan hecho más que estar todo el tiempo sentados trabajando a la sombra, tomando jugo de coco y agarrándole el trasero (y otras cosas) a la esclava negra colocada a su servicio.

Las ONGs que están trabajando por erradicar la cada vez más creciente y escandalosa prostitución infantil y juvenil en Cartagena deberían asumir, para entenderlo, que el asunto esta enraizado en los cimientos mismos de la construcción histórico social de la ciudad, pues desde la esclavitud el cuerpo femenino era propiedad de los amos. “Numerosas quejas – asegura el historiador Alfonso Múnera en columna de opinión– fueron enviadas por los obispos de los siglos coloniales a la corona en Madrid contra la explotación sexual de las mujeres negras”. Nunca, que sepamos, hubo respuesta de la corona; nunca, que sepamos, autoridad alguna tomó medidas para protegerlas.

No existe en la plaza de Bolívar UNA SOLA PLACA, nada que recuerde a las nuevas generaciones que en ese lugar cientos de seres humanos inocentes fueron sometidos por la inquisición al escarnio público, la tortura, la horca, el fusilamiento, la hoguera, todos los tormentos imaginables. Al contrario, entra usted a dicho palacio y lee en una (a todas luces mentirosa) descripción, que solo hubo cinco muertes por hoguera en más de cien años, que los inquisidores eran unos santos varones.

No existe en la Plaza de los Coches, antigua Plaza del Esclavo, UNA SOLA PLACA, aunque sea chiquitica, nada que recuerde la tragedia innenarrable que se vivió en ese lugar durante más de trescientos años. Allí los negros que eran traídos de África eran separados de sus familias, vendidos, subastados, ejecutados, torturados, castigados con el cepo, mutilados. En la famosa Feria Negrera que se realizaba varias veces al año, los negros eran subidos a una tarima, los compradores les revisaban la calidad de la dentadura como a caballos, cada pieza dental que faltara restaba valor al precio del esclavo.

En dicha plaza por el contrario, se erigió la estatua de Pedro de Heredia, el primer esclavista, ladrón y asesino que conoció la ciudad. El primer gobernante corrupto de nuestra historia, que vendía los cargos públicos y las altas dignidades a quien tuviera el dinero para comprarlas. Cualquier parecido con la política actual es más que simple coincidencia.

Cartagena es una ciudad construida sobre el dolor de los indígenas que fueron desplazados, saqueados, esclavizados y masacrados como ratas por Heredia y sus secuaces. Es una ciudad construida sobre la sangre de los inocentes. Una ciudad que alaba y venera la memoria de los asesinos, los ladrones y los traidores.

Para ejemplo de perogrullo, la estatua erigida en honor a la India Catalina como premio a sus servicios como interprete de Pedro de Heredia, no importa que con su traición haya contribuido a la muerte, saqueo, desplazamiento, esclavitud y exterminio de sus hermanos de raza.

No existe en Cartagena UNA SOLA PLACA, nada que honre la memoria de las tribus valerosas que de los años 1501 a 1519 repelieron los sucesivos intentos de invasión y saqueo de Rodrigo de Bastidas, Juan De la Cosa, Diego de Nicuesa, Martín de Enciso, Vasco Núñez de Balboa. Hasta Francisco Pizarro, el conquistador que masacró al imperio Inca del Perú, pasó por acá y no consiguió desembarcar ante la increíble resistencia indígena. Solo la traición de Catalina permitió que estos pueblos fueran vencidos.

No existe en la ciudad ni en ninguno de sus pueblos circunvecinos nada que honre la memoria de Karex o de Canapote, los heroicos caciques que resistieron a los invasores. Prevaleció la versión del asesino.

Los tiempos de la esclavitud han sido borrados,¿Dónde están los cementerios de los esclavos? ¿Cuál fue su historia? ¿Sus intentos de rebelión? ¿Dónde la memoria de su ignominia? ¿Dónde sus cantos, el testimonio de su dolor, su alegría, su resignada desesperación?

En la calle de la Factoría vivía el más importante, prospero y tenebroso esclavista de la colonia, el tristemente celebre Marqués de Valdehoyos, en cuyo caserón, aún en pie, era almacenada la mercancía humana que seria luego comercializada por el nuevo mundo. Pero llega usted a conocer la casa y descubre con sorpresa que los guardias han sido aleccionados para despistar al turista con mentiras, diciéndole que el marques no era más que un honrado comerciante y que esa no era la sede de un esclavista sino una inocente factoría de granos y maíz.

Nada recuerda a las nuevas generaciones que donde queda actualmente el Colegio Mayor de Bolívar, justo al lado del palacio del marques, existía una gran jaula, un gran corral donde la mercancía humana aguardaba encadenada, desnuda y casi hambrienta, antes de ser distribuida a toda Suramérica.

Nadie recuerda en la ciudad, salvo el trabajo solitario de algunos historiadores, el olor a carne quemada que invadía a Cartagena cuando llegaba la hora de marcar a los “animales”, quiero decir, a los negros, con un hierro al rojo vivo, con el símbolo de la corona española. Se les hacia dos horribles
quemaduras: la primera en la parte superior derecha del pecho y la segunda en el extremo superior izquierdo de la nalga. Imagine usted la angustia, la
agonía de cinco mil negros: mujeres, hombres, niños, ancianos, bebés de pecho, siendo quemados a fuego, sin anestesia ni antibióticos. Imagine usted la agonía de los padres al ver a sus hijos sometidos a semejante tortura. ¿Tiene usted hijos? ¿Qué haría si a un hijo suyo, si a su madre, le hiciesen algo semejante?

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Narran los cronistas de la época que los herreros encargados de marcar a los negros, hundían casi medio centímetro el hierro en la piel de sus víctimas. Narran también que a falta de penicilina, los negros se curaban con saliva unos a otros, lamiéndose las heridas.

Si usted es negro y católico le interesará saber esto: Fue la iglesia católica la que pidió a la corona española que trajera a América negros esclavos de África, con la excusa de proteger a los indígenas. Estos eran poco resistentes a las enfermedades europeas y “flojos” para el trabajo. Miles de nativos americanos, ante la perspectiva de la eterna esclavitud, asesinaron a sus hijos y se suicidaron en masa. Los sacerdotes de la época enviaron sendas crónicas a la corona informando que los indios se suicidaban “por flojera”

Ningún esfuerzo de invisibilización del pasado negro o indígena ha sido descuidado. En los años cuarenta y cincuenta los esposos Reichel Dolmatof (arqueólogos europeos pioneros de la excavación científica en Colombia) descubrieron en lo que es ahora el barrio Crespo cementerios indígenas y rastros de una importante civilización. Sus investigaciones quedaron consignadas en un libro titulado: Crespo, reserva arqueológica de Colombia. Nadie prestó atención a estos descubrimientos. Cinco años después los hallazgos arqueológicos fueron sepultados por una moderna urbanización.

Igualmente, cuando se empezó la urbanización de Canapote (nombrado así en honor del mítico cacique), las familias pioneras que abrieron zanjas y canales para construir las bases de sus viviendas encontraron bajo la tierra vasijas, cadáveres, restos de una historia olvidada y segregada por la españolizante historiografía local. Estos hallazgos fueron, según los vecinos, arrojados al caño de Juan de Angola o a la basura.

Y la pregunta obvia ¿Quién fue el negro que le dio el nombre a dicho caño? ¿Fue ejecutado en sus orillas, como dicen algunos? ¿O escapó milagrosamente de la persecución de sus amos, escondiéndose en las boscosas orillas de ese cuerpo de agua?. Nada recoge la historia ¿A quien va a importarle la aventura de un simple negro?

Los gérmenes del racismo y de la segregación siguen vigentes en Cartagena, todavía las familias tradicionales de la ciudad conservan sus escudos de
armas, su nostálgica añoranza colonial. Y yo opino, que si la elite de la ciudad tiene (como aseguran) doscientos y trescientos años en el poder, eso quiere decir que ellos son los descendientes de los esclavistas. Pienso que nos deben, por lo menos, una disculpa.

Pero la segregación no es solo simbólica. En muchos edificios de Bocagrande, Pie de la Popa, Manga y Castillogrande (barrios burgueses por tradición) existen dos ascensores: uno para los residentes y otro para el personal de servicio. De vez en cuando ve usted a alguna señora elegante de la ciudad haciendo visita o haciendo cola en un consultorio médico mientras la muchacha del servicio le refresca obsequiosamente con un abanico manual.

Este tipo de personajes han perneado todas las esferas de la vida cartagenera. Hace poco asistí a un seminario de periodismo en el que participaron
representantes de los más importantes diarios de América, en la mesa principal estaba una señora cartagenera de largos apellidos, famosa por organizar eventos culturales. Cuando llegó la hora de las presentaciones, la dama en cuestión, muy elegante y adusta, muy maja y muy tesa, se puso de pie y se presentó a los asistentes como la representante de las señoras que leen los periódicos. Yo no sabía si echarme a reír o a llorar.

Para evitar que un problema se solucioné, lo más práctico, más fácil y efectivo es negar que existe. Cuando a finales del siglo XIX la emperatriz Victoria de Inglaterra sancionó una ley que condenaba a trabajos forzados las practicas homosexuales, las lesbianas fueron eximidas del castigo pues nadie pudo convencer a la emperatriz de que el lesbianismo existe. Lo mismo ocurre con el racismo en la ciudad: “No es que los negros tengan menos oportunidades de ascenso y progreso, no, para nada, eso es paranoia de ellos” – dicen los burgueses locales.

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Es ridículo pretender tapar el sol con las manos. Aquí el racismo se huele, hiede, hiere, afrenta los sentidos. Pero están sospechosamente empeñados en negarlo, en asumir que el asunto no es real, que es una fábula de resentidos y acomplejados que ven persecuciones donde no las hay. Es obvio que es una solapada estrategia de la élite cartagenera por conservar las cosas como están.

“Más orgulloso que negra parida de blanco”, “Está más creída que negra comida del amo”, son frases comunes en el argot popular caribeño. Hace años realicé una investigación sobre el Cabildo de Getsemani. Recordemos que esta fiesta rescatada hace quince años en la ciudad por los hermanos Nilda y Plutarco Melendez, tiene su origen en la esclavitud: una vez al año los amos daban permiso a los esclavos para bailar, cantar y emborracharse. Pero como los esclavos estaban casi todo el tiempo semidesnudos o en harapos, los amos les prestaban para ese día su propia ropa. Conversando con una cabildante, ella me decía que los negros al ponerse los trajes de sus amos se burlaban de ellos. Yo le respondí: “Quisiera saber quién se burlaba de quién, porque los amos siguen siendo los amos, y ustedes quinientos años después, siguen jodidos”.

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