El primer atentado con carro bomba en Colombia no fue en Medellín, sino en Santa Marta

Se cumplieron cuarenta y un años del estallido que pretendió atentar contra los Cárdenas, una familia de La Guajira. Esta es la historia

Por: Álvaro Cotes Córdoba
marzo 15, 2021
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El primer atentado con carro bomba en Colombia no fue en Medellín, sino en Santa Marta
Así registraron el atentado con el primer carro bomba del país a los Cárdenas.

Los registros periodísticos todavía dan como el primer atentado con un carro bomba en Colombia el ocurrido el 13 de enero de 1988 en el edificio Mónaco de Medellín contra el extinto narcotraficante Pablo Escobar y su familia, pero no es así, por cuanto el primer carro bomba usado en el país estalló en Santa Marta en el año 1981 y fue utilizado para atentar contra los Cárdenas, una familia oriunda del departamento de La Guajira que para la época sostenía una guerra a muerte contra otra del mismo lugar de procedencia en la ciudad histórica de la Costa Atlántica de Colombia, Santa Marta. Se registró exactamente el 03 de febrero del año 1981, es decir, siete años antes del carro bomba que le pusieron a Pablo Escobar en su edificio Mónaco de Medellín.

Eran entre las 9:30 y 10:00 de la mañana de ese día 03 de febrero de 1981. En ese entonces, yo tenía 20 años de edad y vivía a una cuadra y media del sitio exacto donde se produjo el suceso. Dos horas antes, a las 7:00 de la mañana, había salido de mi casa para llevar al colegio a una sobrina de 8 años de edad. Hicimos el recorrido de todos los días: Caminamos derecho por la calle 20, desde la carrera novena, hasta la carrera cuarta, donde quedaba el plantel educativo privado. Como siempre, en el recorrido por esa calle 20, tuvimos que pasar por el frente de la casa de los Cárdenas, la cual se había mudado por ese sector siete años atrás. En el momento en que pasábamos por allíí, solo vimos a la señora Digna Ducat, madre de los Cárdenas, parada debajo del dintel de la puerta principal de la casa y llevándose a la boca una tasa con café caliente y humeante.

— Buen día, señora Digna — la saludé y ella me correspondió:

— Buen día, primo — y sonrió, mostrándome una calza de platino que poseía en uno de sus dientes delanteros.

La señora Digna llevaba de segundo mi primer apellido y aunque ella era de La Guajira, más exactamente del municipio de Dibulla y mi familia de Manaure, Cesar —aparentemente no éramos nada—, insistía en llamarnos primos, porque decía que los Cotes eran una sola familia en todo el mundo.

Unos quince minutos más tarde, después de dejar a mi sobrina en el centro educativo de primaria, regresaba a mi casa y cuando volví a pasar por la vivienda de los Cárdenas, ya la señora Digna se había resguardado en su hogar, tal vez para seguir con los quehaceres del mismo, como siempre solía hacerlo. No obstante, noté que se habían levantado los más pequeños de la familia, entre ellos los hijos de Ulises y Roberto Cárdenas, al igual que el último de los varones, Alcibiades, quien para el entonces tenía ya 13 años de edad. También vi a Albenis Cárdenas, el quinto hijo de la pareja conformada por Alcibiades Cárdenas Meriño y Digna Ducat Cotes y el cual estaba sentado en el piso de la terraza de una de las casas del frente y sin camisa, que tenía asida en una de sus manos y con la que se echaba fresco.

— Tiene calor tan temprano Albénis— le pregunté.

— No es eso— me respondió. —Es que estoy sudando, porque estoy alzando pesas— me explicó después.

En casa, me volví a acostar con la intención de seguir durmiendo, pero no fue posible y por eso me puse a leer un libro de Juan Rulfo, para ver si así me daba sueño, pero tampoco pude, porque la historia que leía era tan interesante, de un libro de cuentos llamado El Llano en Llamas, que me cautivó de inmediato y en lugar de hacerme fundir me quitó las ganas de dormir. Desde que empecé a leerlo no paré un segundo y entre más lo hacía más me concentraba en la historia o me substraía del mundo exterior.

Fue por eso que, transcurridas unas dos horas y media, cuando me aprestaba a terminar de leer El llano en Llamas, el estruendoso sonido del primer carro bomba que explotaba en el país, me sacó abruptamente de la placentera lectura. Al principio ni siquiera me imaginé que podía ser un carro bomba. Creo que nadie que sintió la tremenda explosión en Santa Marta esa mañana de febrero se lo imaginó.

Animado por la curiosidad, me levanté de la cama y salí de la casa de nuevo, pero esa vez fue para ver qué había producido semejante estruendo. Corrí hasta la esquina de la cuadra y con mucha cautela me asomé para mirar hacia la residencia de los Cárdenas, pues el ruido de la explosión se había sentido venir de ese lado y preciso, vi desde donde me encontraba asomado en esos instantes, a una distancia de unos 200 metros, cómo salían de sus casas el resto de vecinos y corrían hacia el frente de la vivienda de los Cárdenas, en donde se alcanzaba a ver humo y mucha basura cayendo del cielo. Además de personas llorando aterrorizadas.

Lo anterior alimentó más mi curiosidad y también corrí hasta el frente del hogar de los Cárdenas y cuando lo hice, lo primero que vi fue a Albénis, quien seguía sentado en el mismo lugar donde lo había visto dos horas antes, pero en esa ocasión lo noté como distraído, pues le pregunté qué había ocurrido y él ni siquiera me miró, se quedó como lelo. Además me di cuenta de que tenía la cara roja, pero no le volví a preguntar más nada, porque los gritos aterrorizados de los vecinos que seguían llegando al sitio y descubrían lo que había sucedido, me llamó más la atención.

Fue espeluznante lo que yo también descubrí en el momento en que comencé a comprender lo que realmente había sucedido. Se hablaba de un carro bomba, pero yo no veía allí ningún carro ni siquiera destrozado. También de que en el interior del automotor estallado iban dos hombres, pero tampoco se veía por ninguna parte del pavimento algún cuerpo humano o cadáver. En la medida que tratábamos de averiguar, en medio de los llantos de mujeres en pánico, vislumbramos la magnitud de la tragedia cuando nos percatamos que una señora salía de una de las casas más afectada por la explosión y en la cual se le había caído una pared, con un niño en sus brazos y el cual tenía una herida abierta en su estómago.

Continué observando a los alrededores, como hacía el resto de los curiosos y de pronto alguien gritó: ¡Allá arriba está uno! Adónde, preguntó otro. ¡Allá en los alambres! Y señaló hacia el cableado eléctrico que atravesaba la calle de un poste a otro, a una altura de unos veinte metros. En efecto, había colgado sobre los cables eléctricos, un brazo. ¡Aquí hay un pie!, gritó otro a mi espalda y volteé y vi un pie pequeño pálido.

—¡Aquí está otro!— dijo alguien desde el techo de la vivienda más afectada y de donde hacía unos segundos había emergido la señora con un bebé gravemente herido.

Por una ventana me subí para ver al que estaba en el techo y lo que observé, 41 años después, todavía es la hora y no se me ha borrado de la memoria. Al principio pensé que el hombre había quedado en el intento de subirse al techo, pero después, cuando me monté por completo al tejado y me acerqué para contemplarlo mejor, vi que era solo medio cuerpo de un ser humano. Aquella víctima de la explosión había sido partida en dos. La otra parte, es decir, de la cadera para abajo, nunca se supo adonde fue a parar. De la otra persona que decían había venido en el carro que estalló, solamente le encontraron el brazo colgado en el cableado y el pie hallado en el pavimento.

En cuanto a las partes del automotor, se descubrieron después pedazos en un radio de 800 metros, la mayoría de un tamaño que imposibilitaba distinguirlas o ubicarlas, para saber a qué área del auto correspondía. Una semana más tarde siguieron encontrándose más pedazos del vehículo y poco a poco se fue aclarando, en la medida en que se fueron conociendo las identidades de los dos hombres que murieron en el acto, por qué y contra quién exactamente iba dirigido aquel atentado con el primer carro bomba que hasta la actualidad ningún registro periodístico ni siquiera lo había tenido en cuenta en la lista larga ya de los atentados con carros bomba en Colombia.

Algunos otros atentados con carros bomba que siguieron

En Bogotá, el 21 de enero de 1993, explotaron dos carros bomba. El primero en la calle 72 con carrera 7a., y el segundo, en la calle l00 con carrera 33. El ataque dejó veinte heridos.

El 30 de enero de 1993: un carrobomba con 100 kilos de dinamita explotó en la carrera 9a. entre las calles 15 y l6, en pleno centro de Bogotá.

El 15 de abril de 1993: explotó un carro bomba con 150 kilos de dinamita frente al centro de la 93, en la calle 93 con carrera 15. El ataque dejó 8 muertos y 242 heridos y contusos. Destrozó unos 100 almacenes y dejó pérdidas cercanas a los 1.500 millones de pesos.

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