Opinión

El pasado es un cuchillo afilado

Por:
noviembre 29, 2013
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Un retorno a los orígenes suele ser doloroso y alegre al mismo tiempo. El dolor lo infringen los recuerdos y con ellos, la carga de miedos y angustias que el tiempo sembró en su momento. La alegría por su parte, viene con el saberse vivo para evocar los recuerdos y festejar la victoria contra el terror y la impotencia que ronda a los indefensos ante los violentos.

Volver a los Montes de María en el Caribe colombiano, sea Sucre o Bolívar, es una conquista agradecida que en su momento reconoce el avance de la seguridad (democrática o no) y de la prosperidad (ficticia o no). Vaya uno a saber si toda la vida viviremos en esta sociedad agradeciendo al Estado y a sus gobiernos cuando hacen las cosas bien; lo común debería ser que simplemente cumplan con su deber y nosotros entrar en el juego democrático de la libre elección.

Los rostros marcados por la guerra se transforman en caras de cosecha de vida en los Montes de María. Las fiestas alrededor de lo divino y lo pagano vuelven a emanciparnos con la verdad y espantan al miedo. Los ruegos a Santa Catalina de Alejandría, a San Cristóbal y las plegarias invisibles de las iglesias de Lutero que pululan por el territorio, persisten en un sincretismo delicioso que se ameniza con bandas de viento y gaitas o chuanas inmortales. Ante el temor de los recuerdos y su afilado cuchillo, la carne del presente se transforma en una coraza impenetrable como la de los armadillos que proliferan más allá de los montes de “María la Alta”.

“No queremos que el pasado retorne con sus afilados cuchillos” se escucha a gritos en los Montes de María. Razón tienen los que defienden la paz en el horizonte cercano y alejan las conspiraciones contra los indefensos. Este pedazo de territorio del Caribe no quiere volver a las huidas por los patios a media noche para esconderse de los violentos; que los perros vuelvan a ladrar pero no para advertir sobre la llegada de forasteros sin alma; que los miedos no se vayan nuevamente por los intestinos y nos delaten con nuestra frágil presencia.

El libreto macabro de la violencia que se escribió en Montes de María pudo ser el mismo o el parecido al que fue escrito en otros lugares de este país, un mismo “grupo de guionistas” armados de la mejor trama posible para capturar la inocencia y convertirla en rehén de sus pesadillas por largas noches. Lo único distinto eran los nombres de los actores victimizados: Yasmin, Yanidis, Eliana, Rafael, José de la Cruz, Pepe, Asdrúbal, Robinson, Carlos, Dimas y un muro extenso de más dolor y lágrimas. Detrás de cada muerte individual, morían en vida el resto de las familias, los amigos y vecinos como una metástasis social que vulneró a la sociedad rural y la dispersó por lugares inimaginables.

Ahora que la horrible noche cesó en apariencias, los recuerdos vuelven como pesadillas o entre risas de victoria frente a la irracionalidad de una época que se negaba a dejar crecer la primavera esquiva. La apuesta de hoy es otra: cada vez que se festeja un nuevo día, cada vez que se regresa a sacudir el polvo y el olvido de los ranchos humildes en donde antes sobraba vida; cada vez que se recibe al forastero sin el recelo y la desconfianza y a cambio, se maltrata con un abrazo de conquista y de autoafirmación sobre la misma tierra que cargan para un lado y otro a pesar del desarraigo.

Retornar por instantes o retornar para siempre es un dilema que se sortea en los Montes de María con artificios azarosos y que dependen en últimas,  de qué tanto los afilados cuchillos del pasado sigan su acoso incesante sobre las heridas de la guerra. Nadie promete certezas. Nadie cierra por completo el par de ojos. Nadie respira acompasado en el mar de la tranquilidad. En muchas mesas sobran platos que jamás volverán a servirse de humeantes viandas. En muchas alcobas habrá un espacio vacío reclamando presencia.

La calma de estos días se festeja con la esperanza de sembrar y recoger cosecha de vida. Hay unos vasos comunicantes por los que fluye una savia que se resiste a devolverse en su curso. Pasar la página macabra. Perdonar sin olvidar. Cubrir de pasos las esquinas. Limpiar la casa de malezas. Cultivar flores nativas. Dormir con la firme convicción que el descanso repondrá fuerzas para seguir despierto. No hay otra.

Coda: agradezco este nuevo y generoso espacio para que la provincia en el Caribe distante, sea lo más cercano al centro de nuestros afectos como país que siente y sueña.

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